/ El establo de Pegaso: Julián Herbert

viernes, 3 de abril de 2009

Julián Herbert



Franciscano

A mi manera, Francesco,
también me desnudé en una plaza.
Yo también con papá, en Atlixco. Estaba amaneciendo
y los chanates masticaban maldición
desde los árboles, en su lengua de esfinges.
La plaza un gran estante de artesanías de esfinge
negra, y el cielo su mercado:
un piso de alquitrán al que señoras
estaban arrojando cubetas de jabón.
Papá me abrazó y dijo, citando a Malcolm Lowry:
“Hijo mío, bebimos
esta noche hasta la sobriedad”.
Quise matarlo, quise
darle un beso en la boca.
Edipo ante la esfinge: ¿cuál es el animal,
el animal que dice “no durará la pena”?
No durará la pena de su cuello en mis manos,
del sabor de su boca bajándome hasta el pecho,
del sabor a milagro del vacío,
[yo sería sin él ese milagro:
ese beso que nunca me di;]
no durará, no durará la pena,
así sea porque el mal se parece (también) (tanto) a los
sueños,
y el ahorcado rara vez sobrevive a su dolor
[y es ahí donde reside su milagro.],
y quien narra el milagro llama luego
a la soga por su nombre –yo te llamo papá,
yo te advierto que este amor es para siempre–,
y por eso, aterrado, Edipo ante la esfinge
preguntando de nuevo: ¿cuál es el animal?...
Quise matarlo, quise
darle un beso en la boca. Pero
no durará, por eso no valía
la pena.
A mi manera, Francesco, tengo nada:
tengo en el brazo un tatuaje carmesí.
A veces digo que es una salamandra,
a veces que una iguana;
hoy un camaleón.
A mi manera, Francesco, deseo todo.
Es así como pude renunciar.

Julián Herbert (Acapulco, 1971)