/ El establo de Pegaso

lunes, 3 de agosto de 2020

La tabla periódica de David Jou

La tabla periódica


Miradlos: a la derecha, los gases nobles -en rojo, como los domingos, como los días de descanso, porque rehúsan combinarse y son tranquilos y ociosos-;

arriba de todo, como dos torres aisladas, el hidrógeno y el helio, los grandes dominadores del contenido del Universo -quizás fuera más lógico ponerlos como raíces que como cúpulas, puesto que son: origen, cimiento, raíz celeste-;

debajo de ellos, seis pisos más y, como dos sótanos, los lantánidos y los actínidos;

en el sexto piso, las oficinas de la vida -el carbono, el nitrógeno y el oxígeno, tan fecundos: bosques y atmósferas, energías enterradas-;

en el quinto -seguimos bajando- toda la arena de las playas y los desiertos -el silicio- y la sal de todos los mares -el cloro, el sodio y el magnesio-;

en el cuarto piso, el calcio y el potasio -que con el sodio del quinto fluyen en los nervios como los sueños- y también, como una puerta infranqueable, el hierro.

A partir de él, todo se ha formado con violencia, en grandes explosiones de supernovas: el cobre del cuarto piso, la plata del tercero y, en el segundo, el oro y el mercurio -fascinantes- y el plomo y el bario, tan densos.

En el primer piso, la brasa todavía quema: el radio -y el uranio en su sótano-, radiactivos, como sí quisieran recordarnos el tumulto atronador de su origen.

En el último sótano predomina el artificio: los átomos son muy breves, un juego de ingenio que dura el tiempo de ganar un nombre y que se deshace -ya no hacen ninguna falta: son una fatiga que el mundo no sabe muy bien como soportar.

Miradlos: aquí, los ladrillos del mundo, puestos en fila en pisos, en estantes, repitiendo regularmente propiedades, delatando una estructura más profunda,
ya no son materia eterna e inmutable, sino historia en las estrellas, rastros de tanteos, edificios de niveles y subniveles, nubes de incertidumbres, flores combinatorias.
Venimos de más allá de estas piezas, vamos no sabemos dónde, pero qué gozo, haber podido comprender detrás de ellas la belleza de una lógica del mundo!

David Jou de su poemario Las escrituras del universo escrito en catalán.


La taula periòdica

Mireu-los: a la dreta, els gasos nobles -en vermell, com els diumenges, com els dies de descans, perquè refusen combinar-se i són tranquils i desvagats-;
dalt de tot, com dues torres isolades, l’hidrogen i l’heli, els grans dominadors del contingut de l’Univers -potser fóra més lògic posar-los com a arrels que com a cùpules, ja que són això: origen, fonament, arrel celest-;
sota d’ells, sis pisos més i, com dos sòtans, els lantànids i els actínids;
al sisè pis, les oficines de la vida -el carboni, el nitrogen i l’oxigen, tan fecunds: boscos i atmosferes, energies enterrades-;
al cinquè -seguim baixant- tota la sorra de les platges i els deserts -el silici- i la sal de tots els mars -el clor, el sodi i el magnesi-;
al quart pis, el calci i el potassi -que amb el sodi del cinquè flueixen en els nervis com els somnis- i també, com una porta infranquejable, el ferro.
A partir d’ell, tot s’ha format amb violència, en grans explosions de supernoves: el coure del quart pis, la plata del tercer i, en el segon, l’or i el mercuri -fascinants- i el plom i el bari, tan densos.
Al primer pis, la brasa encara crema: el radi -i l’urani en el seu sòtan-, radioactius, com si volguessin recordar-nos el tumult eixordador del seu origen.
Al darrer sòtan predomina l’artifici: els àtoms són molt breus, un joc d’enginy que dura el temps de guanyar un nom i que es desfà -ja no fan cap falta: són una fatiga que el món no sap ben bé com suportar.
Mireu-los: aquí, els maons del món, arrenglerats en pisos, en prestatges, repetint regularment propietats, delatant una estructura més profunda, ja no pas matèria eterna i immutable, sinó història en els estels, rastres de tempteigs, edificis de nivells i subnivells, núvols d’incerteses, flors combinatòries.
Venim de més enllà d’aquestes peces, anem no sabem on, però quin goig, haver pogut comprendre rere d’elles la bellesa d’una lògica del món!
David Jou Les Escriptures de l’univers: The scriptures of the universe


The Periodic Table

Look at them: at the right, the noble gases – in red, like Sundays, like
holidays, because they refuse to combine and they are calm and idle–;

at the very top, like two isolated towers, hydrogen and helium, the two dominators
of the content of the Universe – maybe it would be more logical to put them as roots than as cupolas since that is what they are: origin, foundation, celestial roots–;

under them, beneath six more floors, the lanthanides and the actinides are like two basements;

on the sixth floor, the offices of life – carbon, nitrogen and oxygen, so
bountiful: woods and atmospheres, buried energy–;

on the fifth – as we continue down– under the sand of the beaches and deserts – silicon– and the salt of all seas -chlorine, sodium and magnesium–;

on the fourth floor, calcium and potassium – that with the sodium on the fifth, flow in every nerve like dreams– and also, as insurmountable as a door, iron.

Starting there, everything began to take shape violently, with great explosions of
supernovas: the copper from the fourth floor, the silver from the third and, on the second, gold and mercury – so fascinating– and lead and barium, so dense.

On the first floor, the embers still burn: radium -and uranium in its basement-,
radioactive, as if they wanted to remind us of the deafening tumult of their origin.

In the next to last basement artifice dominates: the atoms are brief, with a beguiling ingenuity that lasts just long enough to get a name and then to disintegrate – since they are no longer necessary: they are a burden the world does not really know how to handle–.

Look at them: here, these building blocks of the world, aligned in floors, shelves,
regularly repeating properties, insinuating a deeper structure,
no longer eternal and immutable material, but history in the stars, traces of
temptations, buildings with levels and sub-levels, clouds of uncertainties,
combinatorial flowers.
We come from beyond these pieces, where we are going we do not know, but what joy
that through them we have been able to understand the beauty of a logic to the world!
Traducción Elisenda Vila

domingo, 2 de agosto de 2020

Arrendajo azul de invierno

Arrendajo azul (Blue Jay) Cyanocitta cristata. WIKIPEDIA

Arrendajo azul de invierno 


NITIDAMENTE susurró la nieve brillante
crujiendo bajo nuestros pies;
tras nosotros, mientras caminábamos por la avenida,
nuestras sombras bailaban
formas fantásticas de azul intenso.
Al otro lado del lago los patinadores
volaban de acá para allá
con giros bruscos tejiendo
una frágil red invisible.
En éxtasis la tierra
bebía la luz plateada del sol;
En éxtasis los patinadores
bebían el vino de la velocidad;
En éxtasis nos reíamos
bebiendo el vino del amor.
¿No había alcanzado la música de nuestra alegría
su nota más alta?
Pues no,
porque de repente, con los ojos levantados dijiste:
"¡Oh mira!"
Allí, en la rama negra de un arce manchado de nieve,
sin miedo y alegre como nuestro amor,
¡Un arrendajo azul ladeó su cresta!
¿Quién puede conocer el nivel del gozo
o establecer los límites de la belleza?

Rivers to the Sea by Sara Teasdale (1915)


A Winter Bluejay

CRISPLY the bright snow whispered,
Crunching beneath our feet;
Behind us as we walked along the parkway,
Our shadows danced,
Fantastic shapes in vivid blue.
Across the lake the skaters
Flew to and fro,
With sharp turns weaving
A frail invisible net.
In ecstasy the earth
Drank the silver sunlight;
In ecstasy the skaters
Drank the wine of speed;
In ecstasy we laughed
Drinking the wine of love.
Had not the music of our joy
Sounded its highest note?
But no,
For suddenly, with lifted eyes you said,
"Oh look!"
There, on the black bough of a snow flecked maple,
Fearless and gay as our love,
A bluejay cocked his crest!
Oh who can tell the range of joy
Or set the bounds of beauty?

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Luvina de Juan Rulfo


De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.

Juan Rulfo leyendo su cuento Luvina



San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que ahí sopla no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo..
«¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye, Camilo, mándanos ahora unos mezcales! »
«Pues sí, como le estaba yo diciendo…»
Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.
Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.



El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.
Luvina, cuento incluido en el libro de relatos El llano en llamas (1953)
Aqui se puede leer el texto completo.


lunes, 2 de diciembre de 2019

Babas de ángel

Por su longevidad, el tejo es un árbol que desde la antigüedad se ha relacionado con la eternidad. Sus hojas, madera, corteza y semillas son tóxicos, solo el arilo (envoltura roja que rodea la semilla) es comestible. A estas falsas bayas, en algunos lugares se las conoce como ‘babas de ángel’.


 Babas de ángel


Al final del camino, junto a la ermita,
se alza el Tejo del Paraíso,
el Edén sombrío creado por la materia amorosa de los hongos.
Quien prueba su fruto adquiere la ciencia de la tierra sabia
y por un instante intercambia su saliva con los ángeles
comulgando con la fracción de vida de la muerte
porque sus semillas esconden el misterio del retorno.
Quien come de sus bayas quiebra la fugacidad de toda huella
porque su pisada arraiga
y se convierte en vestigio
alcanzando la vida de tres cuervos, tres lobos, tres serpientes,
y desciende
tres ciervos, tres caballos, tres toros,
y desciende tres generaciones atrás
hasta llegar a las trece eras desde la creación.

Elena Soto, poema de Invierno sin corazón (Kernlose winter)

The Yew Fortingall (Taxus baccata) es un tejo milenario en el cementerio de la pequeña localidad de Fortingall en Perthshire (Escocia).


martes, 11 de junio de 2019

La paradoja de Teseo


Jinete de hipocampos

¿Cuánto puedes cambiar antes de perder la identidad?


Es fácil ser jinete de hipocampos
cabalgando en la paradoja de Teseo,
pero si llegas a la isla de los comedores de loto
la memoria se deshojará como una margarita,
“me quiere, no me quiere”,
y más tarde
olvidarás si te quiere o no te quiere.
Y aunque los sabios digan
que nunca se pisa dos veces el mismo polvo,
ni se atraviesa el mismo cauce,
cuando escucho de nuevo
‘Primera nevada en Kokomo’
talón y piel se ajustan a la huella.
La voz de Aretha hilvana átomos errantes.
Quizás, flotando, alguno de nuestro corazón
se embarcó rumbo a Indiana.
Así que te equivocas, amor,
en parte sigo siendo la misma de antes.
Esta versión de mí
mantiene todavía las escamas,
restos del sudario de aquel año
en el que los esqueletos de los árboles
se cubrieron con plumas de niebla helada
y las pajaritas de las nieves endomingaron los prados.
Cabalgábamos en la paradoja de Teseo,
guiados por el cuarto menguante de la uña,
los postes nos recibían con las alas abiertas,
le robé el sombrero a un muñeco de nieve,
el color iba bien con tus ojos.

Este poema fue publicado en el número 4 de la revista FAKE, dedicado al tema “Vínculos”.

Según una leyenda griega recogida por Plutarco:
“El barco en el cual volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía 30 remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era.”
Esto se puede traducir en la siguiente pregunta: ¿estaríamos en presencia del mismo barco si se hubieran reemplazado cada una de las partes del barco una a una?
Existe además una pregunta adicional: si las partes reemplazadas se almacenasen, y luego se usasen para reconstruir el barco ¿cuál de ellos, si lo es alguno, sería el barco original de Teseo?

jueves, 25 de abril de 2019

Ursula K. Le Guin, poemas


Un palíndromo que no quiero escribir

El triste palindromedario,
simétrico y arbitrario,
no puede abandonar el desierto, no puede vagar,
Pisadas de ida y vuelta, pero nunca llega a casa.
El boustrofedon mental da miedo.
No quiero escribir un palíndromo.



Cuervos

Los cuervos son el color de la anarquía
y cuando los miras de cerca dan un poco de miedo.
Un ojo más brillante que cualquier cosa.
Tener un cuervo de mascota sería
como tener Voltaire encadenado.

Crows

Crows are the color of anarchy
and close up they’re a little scary.
An eye as bright as anything.
Having a pet crow would be
like having Voltaire on a string.


Desde la tienda de campaña en el volcán: julio de 2005



(Este poema fue escrito en Ryan Lake Camp en Mount St Helens, donde me hospedaba con una maravillosa “incursión” organizada por el Proyecto Spring Creek de la Universidad Estatal de Oregon. Había estado en la montaña un año después de la erupción de 1980 y pasé un día muy duro por la inmensa devastación, que parecía irreparable. Fue increíble regresar 25 años después a los mismos lugares y encontrarlos completamente cambiados, la montaña se recuperó a su manera y a su ritmo, no solo el magma de su cráter, también en todas las grandes y pequeñas vidas de sus laderas)

La niebla se levanta del pequeño lago allí abajo,
Muy abajo, a través de un abismo de aire brillante.
La canción espiral ascendente del tordo de Swainson,
La aguja de la corona blanca en el silencio:
Hay tal canto en la mañana, donde
Era solo silencio, polvo gris y ceniza.
“Somos sus hijos, estamos a su cuidado,
Nuestro amable destructor “, canta el tordo de la montaña.

From the Tent on the Volcano: July 2005

(This poem was written at Ryan Lake Camp on Mount St Helens, where I was staying with a wonderful “foray” organised by the Spring Creek Project of Oregon State University. I had been on the mountain the year after the 1980 eruption and spent a long, hard day in the immense devastation, which seemed irreparable. It was amazing to come back 25 years later to the same places and find them utterly changed, the mountain remaking herself in her own way and time, not only with the upwelling magma in her crater, but in all the great and small lives on her slopes.)

The mist lifts off the little lake down there,
Way down, across a gulf of shining air.
The upward spiral song of Swainson’s thrush,
The white-crown’s teedle-eedle in the hush:
There is such singing in the morning, where
Was only silence, and grey dust, and ash.
“We are her children, we are in her care,
Our kind destroyer,” sings the mountain thrush.

Poetry by Ursula K. Le Guin

Ursula K Le Guin 21 de octubre de 1929 – 22 de enero 2018

jueves, 6 de diciembre de 2018

Ciencia y belleza


Science and the Sense of Wonder, escrito por Isaac Asimov el 12 de agosto de 1979, en The Washington Post.
A proposito del poema el astrónomo de Walt Whitman, Asimov escribe sobre la belleza y el asombro de la ciencia.

“Cuando escuché al astrónomo erudito;
cuando las pruebas, las figuras, se alinearon ante mi;
cuando me mostraron los mapas celestes y las
tablas para sumarlos; dividirlos y medirlos;
cuando, sentado, escuché al astrónomo
que hablaba entre aplausos en la sala de conferencias,
de repente, sin motivo, me sentí cansado y hastiado;
hasta que me levanté y salí, para vagar solo,
en el húmedo y místico aire nocturno,
y de vez en cuando,
levantaba la vista en silencio hacia las estrellas”.

Me imagino que muchas personas, al leer los versos de uno de los poemas más famosos de Walt Whitman se dirán a sí mismas, con entusiasmo: “¡Qué gran verdad! ¡La ciencia le quita toda la belleza, reduciéndola a números y tablas y medidas! ¿Para qué molestarse en saber todo eso cuando puedo salir y mirar las estrellas?
Ese es un punto de vista muy conveniente, ya que no solo convierte el conocimiento en innecesario, sino en estéticamente equivocado al hecho de tratar de comprender esas ‘cosas difíciles de ciencia’. En su lugar, se puede echar un vistazo al cielo nocturno, obtener una impresión de su belleza e irse de fiesta a un club.
El problema es que Whitman hablaba de lo que no sabía, pero el pobre no conocía nada mejor.
No niego que el cielo nocturno es hermoso, yo también me he tumbado en una ladera durante horas contemplando las estrellas y quedándome impresionado por su belleza (recibiendo picaduras de insectos y con marcas que tardaron semanas en desaparecer).
Pero lo que veo con mis ojos, esos puntos de luz parpadeantes y silenciosos, no es toda la belleza que existe. ¿Debo mirar ensimismado una sola hoja e ignorar todo el bosque? ¿Debería conformarme con ver el sol brillar en un solo grano de arena y despreciar el conocimiento de toda la playa?
Esos puntos brillantes en el cielo que llamamos planetas, en realidad, son mundos.
Hay mundos con atmósferas densas de dióxido de carbono y ácido sulfúrico; mundos de líquido candente con huracanes que podrían tragar toda la Tierra; Mundos muertos con marcas silenciosas de cráteres; mundos con volcanes arrojando penachos de polvo hacia el cielo sin aire; mundos con desiertos rosados y desolados, cada uno con una belleza extraña y sobrenatural que se reduce a una simple mota de luz si solo miramos el cielo nocturno.
Algunos de una incomparable grandeza, cada uno de ellos resplandeciendo con la luz de mil soles como el nuestro; hay mundos con atmósferas densas de dióxido de carbono y ácido sulfúrico; mundos con huracanes rojos de líquido candente que podrían tragarse toda la Tierra; mundos muertos con pacíficas marcas de cráteres; mundos con volcanes que crean penachos gigantes de polvo debido a la ausencia de viento; mundos con desiertos rosados y desolados —cada uno de esos mundos tiene una belleza extraña y sobrenatural que se reduce a simples manchas de luz si solamente miramos el cielo nocturno.
Esos otros puntos brillantes, que son estrellas en lugar de planetas, son en realidad soles. Algunos de ellos de incomparable grandeza, cada uno resplandeciendo con la luz de mil soles como el nuestro; algunos no son más que brasas que entregan su energía de manera mezquina. Otros son cuerpos compactos tan masivos como el Sol, pero con toda su masa comprimida en una bola más pequeña que la Tierra. Algunos son aun más compactos, con la masa del Sol comprimida en el volumen de un pequeño asteroide. Y los hay que todavía son aún más compactos, con su masa reducida a un volumen de cero, cuyo emplazamiento está marcado por un campo gravitatorio tan intenso que lo engulle todo y no devuelve nada; con la materia cayendo en espiral en ese pozo sin fondo y lanzando un agónico grito salvaje en forma de rayos X.
Hay estrellas que pulsan infinitamente en una gran respiración cósmica; y otras que, tras haber consumido su combustible, se expanden y enrojecen hasta que engullen a sus planetas, si es que tienen alguno (algún día, dentro de miles de millones de años, nuestro Sol se expandirá y la Tierra se quemará y se evaporará hasta convertirse en un gas de hierro y roca, sin dejar rastro de la vida que alguna vez tuvo). Y algunas estrellas explotan en un vasto cataclismo cuya feroz ráfaga de rayos cósmicos se desplaza hacia casi a la velocidad de la luz, y atraviesa miles de años luz hasta llegar a la Tierra y suministra parte de la fuerza motriz de la evolución a través de mutaciones.
A esa ínfima cantidad de estrellas que vemos al mirar hacia arriba en perfecta calma (no llegan a las 2.500, incluso en las noches más oscuras y despejadas) se le suma una vasta horda que no vemos, hasta trescientos mil millones – 300,000,000,000 – Para formar una gran espiral en el espacio. Esa espiral, la Galaxia de la Vía Láctea, se extiende tanto que a la luz, moviéndose a 300.000 kilómetros por segundo, le lleva cien mil años para atravesarla de un extremo al otro; y al tiempo rota alrededor de su centro en un giro amplio y majestuoso que tarda 200 millones de años en completarse, y el Sol, la Tierra y nosotros también hacemos ese giro.
Más allá de nuestra Vía Láctea hay más, una veintena de galaxias unidas a la nuestra en un cúmulo; la mayoría son pequeñas, con no más de unos pocos miles de millones de estrellas en cada una; pero al menos una, la galaxia de Andrómeda, es el doble de grande que la nuestra.
Más allá de nuestro propio cúmulo, existen otras galaxias y otros cúmulos; Algunos formados por miles de galaxias. Se extienden hacia el exterior tan lejos donde nuestros mejores telescopios pueden ver, sin signos visibles de un final, tal vez cien mil millones de ellos en total.
Y cada vez más estamos encontrando que en el centro de esas galaxias existe una intensa violencia cósmica, grandes explosiones y emanaciones de radiación, señalando, tal vez, la muerte de millones de estrellas. Incluso en el centro de nuestra propia galaxia existe una gran violencia, oculta de nuestro sistema solar y sus alrededores por enormes nubes de polvo y gas que se encuentran entre nosotros y el centro agitado.
Algunos centros galácticos son tan brillantes que pueden verse desde distancias de miles de millones de años luz; distancias desde las que las galaxias mismas no pueden divisarse, de modo que solo los centros brillantes y voraces de energía se dejan ver en forma de quásares. Algunos de estos se han detectado a más de 10 mil millones de años luz de distancia.
Todas estas galaxias se alejan unas de otras, en una vasta expansión universal que comenzó hace 15 mil millones de años cuando toda la materia en el universo estaba en concentrada en una pequeña esfera que explotó en la expansión más grande que se pueda concebir para formar las galaxias.
El universo puede expandirse eternamente o puede llegar el día en que la expansión se ralentice y se invierta en una contracción que vuelva a formar una pequeña esfera y comenzar el juego de nuevo, de manera que todo el universo estaría exhalando e inhalando alientos que quizás, tarden un billón de años en completarse.
Y toda esta visión, que sobrepasa la escala de la imaginación humana, fue posible gracias a los trabajos de cientos de astrónomos éruditos’. Todo esto se descubrió después de la muerte de Whitman, en 1892, y la mayoría en los últimos 25 años, de modo que el pobre poeta nunca supo qué belleza tan insignificante y limitada observó cuando miraba en silencio a las estrellas.
Tampoco nosotros podemos saber o imaginar ahora la belleza ilimitada que la ciencia nos revelará en el futuro.




Science and the Sense of Wonder by Isaac Asimov, August 12, 1979.
When I heard the learn’d astronomer,
When the proofs, the figures, were ranged in columns before me,
When I was shown the charts and diagrams, to add, divide, and measure them,
When I sitting heard the astronomer where he lectured with much applause in the lectureroom,
How soon unaccountable I became tired and sick,
Till rising and gliding out I wander’d off by myself,
In the mystical moist night-air, and from time to time,
Look’d up in perfect silence at the stars.

I imagine that many people reading these lines from one of Walt Whitman’s best-known poems tell themselves, exultantly, “How true! Science just sucks all the beauty out of everything, reducing it all to numbers and tables and measurements! Why bother learning all that junk when I can just go out and look at the stars?”
That is a very convenient point of view since it makes it not only unnecessary, but downright esthetically wrong, to try to follow all that hard stuff in science. Instead, you can just take a look at the night sky, get a quick beauty-fix, and go off to a nightclub.
The trouble is Whitman is talking through his hat, but the poor soul didn’t know any better.
I don’t deny that the night sky is beautiful and I have in my time spread out on a hillside for hours looking at the stars and being awed by their beauty (and receiving bug-bites whose marks took weeks to go away).
But what I see with my eye – those quiet, twinkling points of light – is not all the beauty there is. Should I stare livingly at a single leaf and willingly remain ignorant of the forest? Should I be satisfied to watch the sun glinting off a single pebble and scorn any knowledge of a beach?
Those bright spots in the sky that we call planets are worlds. There are worlds with thick atmospheres of carbon dioxide and sulfuric acid; worlds of red-hot liquid with hurricanes that could gulp down the whole Earth; dead worlds with quiet pockmarks of craters; worlds with volcanoes puffing plumes of dust into airlessness; worlds with pink and desolate deserts – each with a weird and unearthly beauty that boils down to mere specks of light if we just gaze at the night sky.
Those other bright spots, that are stars rather than planets, are actually suns. Some of them are of incomparable grandeur, each glowing with the light of a thousand suns like ours; some of them are merely red-hot coals doling out their energy stingily. Some of them are compact bodies as massive as the Sun, but with all that mass squeezed into a ball smaller than the Earth. Some are more compact still, with the mass of the Sun squeezed down into the volume of a small asteriod. And some are more compact still, with their mass shrinking down to a volume of zero, the site of which is marked by an intense gravitational field that swallows up everything and gives back nothing; with matter spiraling into that bottomless hole and giving out a wild death-scream of X-rays.
There are stars that pulsate endlessly in a great cosmic breathing; and others that, having consumed their fuel, expand and redden until they swallow up their planets if they have any (and some day, billions of years from now, our Sun will expand and Earth will crisp and sere and vaporize into a gas of iron and rock with no sign of the life it once bore). And some stars explode in a vast cataclysm whose ferocious blast of cosmic rays, harrying outward at nearly the speed of light, reaching across thousands of light years to touch the Earth and supply some of the driving force of evolution through mutations.
Those paltry few stars we see as we look up in perfect slience (some 2,500, no more, on even the darkest and clearest night) are joined by a vast horde we don’t see, up to as many as three hundred billion – 300,000,000,000 – to form an enormous pinwheel in space. This pinwheel, the Milky Way Galaxy, stretches so wide that it takes light, moving at 186,282 miles each second, a hundred thousand years to cross it from end to end; and it rotates about its center in a vast and stately turn that takes 200 million years to complete – and the Sun and Earth and we ourselves all make that turn.
Beyond our Milky Way Galaxy are others, a score or so of them bound to our own in a cluster of galaxies; most of them small, with no more than a few billion stars in each; but with one at least, the Andromeda Galaxy, twice as large as our own.
Beyond our own cluster, other galaxies and other clusters exist; some clusters made up of thousands of galaxies. They stretch outward and outward as far as our best telescopes can see, with no visible sign of an end – perhaps a hundred billion of them in all.
And in more and more of those galaxies, we are becoming award of violence at the center – of great explosions and outpourings of radiation, marking the death of millions of stars, perhaps. Even at the center of our own galaxy there is incredible violence, masked from our own solar system far in the outskirts by enormous clouds of dust and gas that lie between us and the heaving center.
Some galactic centers are so bright that they can be seen from distances of billions of light years; distances from which the galaxies themselves cannot be seen so that only the bright starlike centers of ravening energy show up – as quasars. Some of these have been detected from over 10 billion light-years away.
All these galaxies are hurrying outward from each other in a vast universal expansion that began 15 billion years ago when all the matter in the universe was in a tiny sphere that exploded in the hugest conceivable shatter to form the galaxies.
The universe may expand forever or the day may come when the expansion slows and turns back into a contraction to re-form the tiny sphere and begin the game all over again so that the whole universe is exhaling and inhaling in breaths that are a trillion years long perhaps.
And all of this vision – far beyond the scale of human imaginings – was made possible by the works of hundreds of learn’d astronomers. All of it; all of it was discovered after the death of Whitman in 1892 and most of it in the last 25 years, so that the poor poet never knew what a stultifed and limited beauty he observed when he look’d up in perfect silence at the stars.
Nor can we know or imagine now the limitless beauty yet to be revealed in the future – by science.