/ El establo de Pegaso

sábado, 19 de julio de 2014

El hombre polilla de Elizabeth Bishop




Aquí, arriba,
las grietas de los edificios se rellenan con pulpa de luz luna machacada.
Toda la sombra del hombre no es mayor que la de su sombrero.
Yace a sus pies como un pedestal circular para una muñeca,
Y él es un alfiler invertido con la punta magnetizada hacia la luna.
No ve la luna; solo observa sus vastas propiedades,
siente su extraña luz sobre las manos, ni caliente ni fría,
de una temperatura imposible de registrar en los termómetros.

Pero cuando el Hombre Polilla
hace sus raras aunque ocasionales visitas a la superficie,
la luna le parece muy distinta. Él emerge
desde una rendija bajo el borde de una de las aceras
y nervioso comienza a escalar las fachadas de los edificios.
Cree que la luna es un pequeño hueco en lo alto del cielo,
lo que corrobora que el cielo como protección
resulta inútil.
Tiembla, pero debe descubrir hasta dónde puede escalar.


Por las fachadas,
arrastrando tras él su sombra como el paño de un fotógrafo
escala con miedo, pensando que esta vez sí logrará
introducir por completo su pequeña cabeza en el hueco redondo
y atravesarlo, arrastrado a través de un tubo de volutas negras en la luz.
(El hombre, inmóvil debajo de él, no se hace demasiadas ilusiones.)
Pero el Hombre Polilla debe hacer lo que más teme, aunque
fracase, por supuesto, y caiga de nuevo asustado sin apenas lastimarse.

Después vuelve
a los pálidos subterráneos de cemento a los que llama
casa. Revolotea,
aletea, y no sube en los trenes silenciosos
con la rapidez que debería. Las puertas se cierran
deprisa.
El Hombre Polilla se sienta siempre en sentido contrario
y el tren arranca inmediatamente, a toda velocidad,
sin cambiar de marchas ni moverse poco a poco.
No puede calcular la velocidad a la que viaja hacia atrás.

Cada noche debe
viajar de túneles artificiales y tener sueños recurrentes.
como las traviesas se repiten bajo el tren, éstos se repiten por debajo
de su mente agitada. No se atreve a mirar por la ventana,
porque el tercer raíl, la intacta corriente de veneno,
pasa a su lado. La mira como a una enfermedad
cuya propensión ha heredado. Debe que llevar
las manos en los bolsillos, como otros deben llevar bufandas.

Si lo alcanzas,
acércale una linterna a los ojos. Sólo son pupila negra,
una noche en sí mismos, cuyo horizonte de vetas se contrae
cuando devuelve la mirada y cierra los ojos.Luego, de los párpados
se desliza una lágrima, su única posesión, como aguijón de abeja. .
Furtivamente la atrapa, y cuando no prestas atención
se la traga. Pero si miras, la entregará,
fresca como surgida de los manantiales subterráneos y tan pura
como para ser bebida.

Elizabeth Bishop “The Man-Moth” from The Complete Poems 1926-1979.

The Man-Moth

The Man Moth from Michael Hyland on Vimeo.

Vídeo basado en el poema "El hombre polilla" dirigido por Sonny Malhotra


Here, above,
cracks in the buildings are filled with battered moonlight.
The whole shadow of Man is only as big as his hat.
It lies at his feet like a circle for a doll to stand on,
and he makes an inverted pin, the point magnetized to the moon.
He does not see the moon; he observes only her vast properties,
feeling the queer light on his hands, neither warm nor cold,
of a temperature impossible to record in thermometers.

But when the Man-Moth
pays his rare, although occasional, visits to the surface,
the moon looks rather different to him. He emerges
from an opening under the edge of one of the sidewalks
and nervously begins to scale the faces of the buildings.
He thinks the moon is a small hole at the top of the sky,
proving the sky quite useless for protection.
He trembles, but must investigate as high as he can climb.

Up the façades,
his shadow dragging like a photographer’s cloth behind him
he climbs fearfully, thinking that this time he will manage
to push his small head through that round clean opening
and be forced through, as from a tube, in black scrolls on the light.
(Man, standing below him, has no such illusions.)
But what the Man-Moth fears most he must do, although
he fails, of course, and falls back scared but quite unhurt.

Then he returns
to the pale subways of cement he calls his home. He flits,
he flutters, and cannot get aboard the silent trains
fast enough to suit him. The doors close swiftly.
The Man-Moth always seats himself facing the wrong way
and the train starts at once at its full, terrible speed,
without a shift in gears or a gradation of any sort.
He cannot tell the rate at which he travels backwards.

Each night he must
be carried through artificial tunnels and dream recurrent dreams.
Just as the ties recur beneath his train, these underlie
his rushing brain. He does not dare look out the window,
for the third rail, the unbroken draught of poison,
runs there beside him. He regards it as a disease
he has inherited the susceptibility to. He has to keep
his hands in his pockets, as others must wear mufflers.

If you catch him,
hold up a flashlight to his eye. It’s all dark pupil,
an entire night itself, whose haired horizon tightens
as he stares back, and closes up the eye. Then from the lids
one tear, his only possession, like the bee’s sting, slips.
Slyly he palms it, and if you’re not paying attention
he’ll swallow it. However, if you watch, he’ll hand it over,
cool as from underground springs and pure enough to drink.


Elizabeth Bishop, “The Man-Moth” from The Complete Poems 1926-1979.

'Man-Moth Merz' from phil archer on Vimeo.


Animation by Suzie Hanna, soundtrack by Phil Archer. Based on a poem by Elizabeth Bishop,

sábado, 24 de mayo de 2014

Muerte de un naturalista de Seamus Heaney

Muerte de un naturalista


Durante todo el año la laguna de lino supuraba en el corazón
del pueblo; verde y de flor pesada
el lino se pudrió allí, lastrado por enormes terrones.
se abrasaba cada día bajo un sol de justicia.
Gorjeo delicado de burbujas, moscardones azules
tejían una sólida gasa de sonido entorno al olor.
Había libélulas, mariposas moteadas,
pero lo mejor de todo era esa baba tibia y densa
de las huevas de rana que crecían como agua coagulada
a la sombra de las orillas. Aquí cada primavera
me gustaba llenar tarros de mermelada con los gelatinosos
granos y los alineaba en los alféizares de casa,
y en la escuela sobre las repisas, y esperaba y miraba
hasta que aquellos puntos crecían y estallaban en ágiles
renacuajos nadadores. La señorita Walls nos contaba
que a papá rana se le llamaba rana toro
cómo croaba, y como mamá rana
depositaba cientos de pequeños huevecillos que eran las
huevas de rana. También se podía predecir el tiempo por las ranas,
pues eran de color amarillo con el sol y marrones
con la lluvia.
Pero un día abrasador cuando los campos apestaban
por el estiércol de vaca en la hierba, las ranas enfadadas
invadieron la laguna del lino; atravesé agazapado entre los matorrales
y al son de un áspero croar que no había oído
antes.
El aire comenzó a espesarse con el coro de bajos.
Justo al pie de la charca las ranas panzudas estaban
alerta
sobre la hierba; sus cuellos flojos se hinchaban como velas.
Algunas saltaban; los chapoteos eran obscenas amenazas.
Otras estaban quietas
inmóviles como granadas de lodo, sus cabezas chatas pedorreaban.
Enfermo de asco, me di la vuelta y corrí. Los grandes reyes del limo
se habían reunido para vengarse y sabía
que si metía la mano las huevas la agarrarían.



Death of a Naturalist

All year the flax-dam festered in the heart
Of the townland; green and heavy headed
Flax had rotted there, weighted down by huge sods.
Daily it sweltered in the punishing sun.
Bubbles gargled delicately, bluebottles
Wove a strong gauze of sound around the smell.
There were dragon-flies, spotted butterflies,
But best of all was the warm thick slobber
Of frogspawn that grew like clotted water
In the shade of the banks. Here, every spring
I would fill jampotfuls of the jellied
Specks to range on window-sills at home,
On shelves at school, and wait and watch until
The fattening dots burst into nimble-
Swimming tadpoles. Miss Walls would tell us how
The daddy frog was called a bullfrog
And how he croaked and how the mammy frog
Laid hundreds of little eggs and this was
Frogspawn. You could tell the weather by frogs too
For they were yellow in the sun and brown
In rain.
Then one hot day when fields were rank
With cowdung in the grass the angry frogs
Invaded the flax-dam; I ducked through hedges
To a coarse croaking that I had not heard
Before. The air was thick with a bass chorus.
Right down the dam gross-bellied frogs were cocked
On sods; their loose necks pulsed like sails. Some hopped:
The slap and plop were obscene threats. Some sat
Poised like mud grenades, their blunt heads farting.
I sickened, turned, and ran. The great slime kings
Were gathered there for vengeance and I knew
That if I dipped my hand the spawn would clutch it.


Personal helicón

Cuando era niño no podían apartarme de los pozos
y de las viejas bombas de agua con canjilones y poleas.
Amaba el vacío oscuro, el cielo atrapado, los olores
a maleza, a hongos, a musgo húmedo.

Había uno en una fábrica de ladrillos con un tablero de madera podrida.
Me gustaba el choque sonoro cuando un cubo
caía en picado hasta el final de la cuerda,
tan hondo que no se veía ningún reflejo.

Había otro, poco profundo, cubierto con una piedra,
que florecía como un acuario.
Si arrancabas las largas raíces del lodo blando,
Una cara blanca se movía sobre el fondo.

Otros tenían eco, te devolvían tu propia voz,
con una nueva música más clara. Y había uno
que me asustaba, porque allí, saliendo de los helechos
y las altas hierbas gigantescas, una rata abofeteó mi reflejo.

Ahora ya, escarbar en las raíces, manosear el lodo
y mirarse asombrado, como Narciso, en una fuente,
no es propio de un adulto. Escribo poesías
para verme a mí mismo, para que la oscuridad me responda con el eco.


Personal Helicon
As a child, they could not keep me from wells
And old pumps with buckets and windlasses.
I loved the dark drop, the trapped sky, the smells
Of waterweed, fungus and dank moss.

One, in a brickyard, with a rotted board top.
I savoured the rich crash when a bucket
Plummeted down at the end of a rope.
So deep you saw no reflection in it.

A shallow one under a dry stone ditch
Fructified like any aquarium.
When you dragged out long roots from the soft mulch
A white face hovered over the bottom.

Others had echoes, gave back your own call
With a clean new music in it. And one
Was scaresome, for there, out of ferns and tall
Foxgloves, a rat slapped across my reflection.

Now, to pry into roots, to finger slime,
To stare, big-eyed Narcissus, into some spring
Is beneath all adult dignity. I rhyme
To see myself, to set the darkness echoing.

"Personal Helicon" Seamus Heaney, de Death of a Naturalist, 1966.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Página de escritura, poema de Jacques Prévert


Dos y dos cuatro
cuatro y cuatro ocho
ocho y ocho son dieciséis…
¡Repitan! dice el maestro
Dos y dos cuatro
cuatro y cuatro ocho
ocho y ocho son dieciséis.
Pero ahí está el ave lira
que pasa por el cielo
el niño lo ve
el niño le oye
el niño le llama:
¡Sálvame
Juega
conmigo pájaro!
Entonces el pájaro baja
y juega con el niño
Dos y dos cuatro…
¡Repitan! dice el maestro
y el niño juega
y el pájaro con él…
Cuatro y cuatro ocho
ocho y ocho son dieciséis
¿Y dieciséis y dieciséis cuántas son?
No son nada dieciséis y dieciséis
y mucho menos treinta y dos
de ningún modo
y se marchan.
Y el niño ha escondido el pájaro
en su pupitre
y todos los niños
oyen la música
y ocho y ocho a su vez marchan
y cuatro y cuatro y dos y dos
a su vez se largan
y uno y uno no son ni uno ni dos
uno a uno marchan igualmente.
Y el ave lira toca
y el niño canta
y el profesor grita:
¡Cuándo dejaréis de hacer el tonto!
Pero los demás niños
escuchan la música
y las paredes de clase
se desploman tranquilamente.

Y los cristales vuelven a ser arena
la tinta vuelve a ser agua
los pupitres vuelven a ser árboles
la tiza vuelve a ser acantilado
el portaplumas vuelve a ser pájaro.


Page d’Escriture, poema de Jacques Prévert, interpretado por Yves Montand

Page d'écriture
Deux et deux quatre
quatre et quatre huit
huit et huit seize...
Répétez ! dit le maître
Deux et deux quatre
quatre et quatre huit
huit et huit font seize
Mais voilà l'oiseau-lyre
qui passe dans le ciel
l'enfant le voit
l'enfant l'entend
l'enfant l'appelle :
Sauve-moi
joue avec moi
oiseau !
Alors l'oiseau descend
et joue avec l'enfant
Deux et deux quatre...
Répétez ! dit le maître
et l'enfant joue
l'oiseau joue avec lui...
Quatre et quatre huit
huit et huit font seize
et seize et seize qu'est-ce qu'ils font ?
Ils ne font rien seize et seize
et surtout pas trente-deux
de toute façon
et ils s'en vont.
Et l'enfant a caché l'oiseau
dans son pupitre
et tous les enfants
entendent sa chanson
et tous les enfants
entendent la musique
et huit et huit à leur tour s'en vont
et quatre et quatre et deux et deux
à leur tour fichent le camp
et un et un ne font ni une ni deux
un à un s'en vont également.
Et l'oiseau-lyre joue
et l'enfant chante
et le professeur crie :
Quand vous aurez fini de faire le pitre !
Mais tous les autres enfants
écoutent la musique
et les murs de la classe
s'écroulent tranquilement.
Et les vitres redeviennent sable
l'encre redevient eau
les pupitres redeviennent arbres
la craie redevient falaise
le porte-plume redevient oiseau.

Jacques Prévert (Neuilly-sur-Seine, 1900 – París, 1977)

sábado, 10 de mayo de 2014

Galileo de Claire Pelletier



La cantante canadiense Claire Pelletier homenajea al astrónomo Galileo Galilei



Galileo

Ce soir le ciel est au plus doux
Tu vas mesurer les étoiles
Hors de ta chambre de Padoue
La science neuve fera scandale

Voici la Terre, elle prend le large
Elle bouge et tourne dans les nuages
Voici la Terre, astre mobile
Qui danse et quitte son domicile

Et si d´abord étaient les choses
Avant que l´on y mette un nom
Et si d´abord les faits s´imposent
Nos yeux, peut-être, sont trahison

Galileo Galileï
Ce vaste monde est si petit
Galileo Galileï
Ce petit monde est infini
Galileo

Message céleste dans ta lentille
La Lune est noire et la Terre brille
Le ciel te livre ses secrets
Il n´y a plus de corps parfaits

Que bouge la tête de nos savants
Les vérités théologiques
De nos corbeaux académiques
S´en vont se perdre dans le temps

Galileo Galileï
Ce vaste monde est si petit
Galileo Galileï
Ce petit monde est infini
Ce petit monde est infini
Galileo Galileo

La Terre tourne et moi je tombe
Galileo
La Terre tourne et moi je tombe
Galileo
C´est pour un temps seulement
Galileo.

Galileo, disco del año 2000 de la cantante francófona Claire Pelletier.

martes, 29 de abril de 2014

La Antártida de los Pelo Pantones


Los mapas también son velas.

Los Pelo Pantones (El Resi y Anita Boni) me han regalado este maravilloso mapa de la Antártida para el establo. Pegaso ya ha estado sobrevolando el mar de Ross, el macizo Vinson, el lago Vostok y está de vuelta en el volcán Erebus.

Pertenece al Atlas ilustrado por Aleksandra Mizielinska y Daniel Mizielinski

Me encanta cumplir años con estos regalos.

viernes, 25 de abril de 2014

El establo de Pegaso cumple seis años

El 25 de abril de 2008 comencé con el establo de Pegaso. La Antártida, en diferentes versiones, ha sido durante mucho tiempo su imagen de cabecera, en especial la isla de Ross. Por tanto usarla, creo que se merece un poema.

Ilustración de Susana Velasco sobre el nacimiento de Pegaso


A la isla de Ross en la distancia

I

A más de mil millas del Egeo
está el mar de Ross, la cordillera de Edsel,
Cabo Coleck.

Dardanelos y Mac Murdo
y las islas de Naxos y la isla de Coulman
a millones de nudos de distancia.

Laberintos de luz, filamentos de hielo,
tan lejos del mar Jónico,
de Samos de Leucade
en las grutas perdidas de isla Sturge.

Estrechos, cabos, islas, bahías y volcanes
me recuerdan tu cuerpo y la distancia,
que es amor para mí como la Antártida
tan fríamente bella.

II

Y la isla de Ross, espejismo de hielo
entre las aguas,
y las aguas del mar de Ross, espejismos de tierra
en el océano,
y el glaciar de Beardmore, espejismo de lava
austral en las planicies,
y el volcán Erebus y el cabo Evans,
y la isla de Coulman y Mac Murdo.

Y tus piernas en las calas de Ross
y tus labios en la isla de Ross con fuerte viento,
y los surcos trazados en tus manos
en el glaciar de Beardmore
y en el Erebo.

Y la distancia tan cruel que nos separa
en valles silenciosos tras cristales de nieve
cegadores.
Y nos quiebran la voz marmóreos arrecifes,
hirientes angosturas y parajes
de nieves arenosas.

Y la bruma que me oculta
el indicio atrapado entre las rocas,
el rastro casi glaciar de tus cabellos,
la serena huella de tus pasos
que me habla aquí de tu presencia en la isla de Ross,
en las costas del Sur, en cabo Evans.

Un indicio de ti que me haga creer
después de tanto silencio en sortilegios.

Es tan triste cobijarse en la noche polar en las cavernas
tan blancas y profundas
y pensar en el día aquél en que fuimos sin fin
en otros mares
en algas que no llegaron jamás a estas banquisas.

¿Qué quedó amor del oráculo de Delfos
en estas aristas, simas, precipicios sin fin,
en el silencio inquietante de estas calas?

¿A qué Dios ofrendar el petrel de las ventiscas?
¿A qué divinidad sacrificar
las entrañas sagradas del albatros?

A quién aullar si los gemidos se deslizan
remotos en glaciares,
a muchas millas de distancia de la costa,
muriendo finalmente con las focas,
con los lobos de mar, con los rorcuales.

Sin embargo tus piernas continúan en las calas
de Ross, en cabo Evans,
en el cráter activo del Erebo.

¡Qué Ítaca tan inhóspita el Erebo,
que me priva de Circe y de tus brazos,
de las islas del Sol y los hechizos!

Pero aquí, amor, desde Mac Murdo
en bahías brumosas, resguardadas,
en ciudades de hálito de hielo,
tu cuerpo y la mar tan hostil
y la isla de Coulman me acompañan.

III

El nuestro es tan sólo un amor de encrucijadas
consumido, amada, en lugares donde los caminos
se bifurcan
donde las sendas se destrozan y desgarran.

Y ha de ser así, mujer enclave
que encalles en mi cuerpo,
mientras la oscuridad a golpes se desliza.

Y ha de ser así como te acerques
sigilosa a mis calas
como una nave cargada de amaranto
que ansiosa llegara desde Anafi
oscura como el vino, incierta en sus vaivenes
como el nácar.

Estas son algunas de las cabeceras que ha tenido el blog a lo largo de estos seis años.


miércoles, 23 de abril de 2014

Día Internacional del Libro recordando la destrucción de la antigua Biblioteca de Alejandría

Arden los alfabetos




“Pero el mundo al que vuelvo ya no es el de antes. Yo soy un extranjero, como los muertos sin sepultura cuando suben del Aqueronte, y aunque estuviera en mi isla natal, en los jardines de mi infancia, que mi padre me encierra, ¡ay!, aun en ese caso sería un extranjero en la tierra, y ya no hay ningún dios que pueda ligarme al pasado.”

Friedrich Hölderlin “ HIPERIÓN

I
El resplandor del fuego brilla sobre el mástil de las naves fenicias,
la sabiduría se resiste a morir
cae en pavesas sobre las ánforas cargadas de vino y púrpura
filtrándose en la mirra con que ungirán su cuerpo las doncellas.
Hipérbolas y elipses
trazan volutas de humo sobre el cielo de Alejandría
mientras el aroma dulzón del pergamino se extiende por las calles.
Los triángulos de Euclides y el universo de Tolomeo
se aferran a las sandalias de los mercaderes del Sahara.

Arden los alfabetos
y el olor a verbo quemado se mezcla
con el sudor acre de los soldados macedonios,
sazonado con las especias de los mercaderes de Oriente.
Una brisa suave arrastra las deltas hasta el delta del río,
varando a las taus hasta anclarlas en los espigones del puerto.
Arden las palabras y con ellas el Cosmos
su brillo oscurece en la noche los destellos del Faro.
El resplandor del fuego mece con las olas
los paños, las esencias, los mapas de otros mares,
rompe las constelaciones calcinadas junto al cabo de Loquias.
Todo el conocimiento se disuelve en las aguas,
y las cenizas se mezclan con las conchas
en la arena de la isla de Pharos.
Arde Alejandría mientras miro la noche,
mis pupilas reflejan los rescoldos
y
se alejan en las naves que abandonan el puerto.
Todo lo que he visto viaja a la otra orilla,
en ésta sólo quedan los restos de la sombra,
solitarias sigmas perdidas entre el grano.
Bebo cerveza en las tabernas de la antigua Racotis
para olvidar que he perdido los ojos.

II
Cuando humea el corazón después de la catástrofe,
y los recuerdos se exilian
y sabemos que serán enterrados en una tierra extraña
o mecidos por las aguas que nunca han azotado nuestra carne,
sentimos que no hay alfabeto que pueda combinarse
para contar con verdad lo que sabemos.
Guardamos nuestro frágil corazón en la región donde moran
los frágiles corazones de los hombres.
Aguardamos con dicha el toque de trompeta
que despierte las imágenes perdidas,
aguardamos con las cuencas vacías
a que nos sean devueltas las visiones,
mientras llega ese día
bebemos vino dulce y perdemos el sentido con cerveza,
desgarrando nuestro cuerpo con las conchas afiladas de la playa.
Esperando que olvido y cicatrices
nos recuerden que habitamos la tierra.