domingo 19 de julio de 2009

Caminando sobre la luna 40 años después


De astronautas, sacerdotisas, poetas y otros seres lunares. De la cara visible a la oculta





El 16 de julio de 1969 el ´Apolo 11´ partía hacia la Luna desde Cabo Cañaveral. La nave llegó cuatro días después, tras un viaje de cuatrocientos mil kilómetros. Luego vino la huella de Armstrong y su célebre frase: "Es un pequeño paso para el hombre, un salto gigante para la Humanidad". Pero antes hubo mitos, leyendas, poemas... y el viaje cinematográfico de Georges Méliès. Vamos a caminar sobre la luna recorriendo lugares con nombres tan evocadores como el Mar de la Tranquilidad, de la Serpiente, de la Fertilidad o de la Crisis, el Lago de la Soledad y de los Sueños, la Bahía de la Aspereza y del Rocio, por los Montes de Arquimedes...

Walking on the moon (Caminando sobre la luna) de Police.



@O@O@O@O@O@O

El muerto y la luna
Cuento sandé

Un anciano ve un muerto sobre el que caía la claridad de la luna. Reúne gran número de animales y les dice: ¿Cuál de vosotros, valientes, quiere encargarse de pasar el muerto o la luna a la otra orilla del río? Dos tortugas se presentan: la primera, que tiene las patas largas, carga con la luna y llega sana y salva con ella a la orilla opuesta; la otra, que tiene las patas cortas, carga con el muerto y se ahoga.
Por eso la luna muerta reaparece todos los días, y el hombre que muere no vuelve nunca.

Blaise Cendrars (1887-1961) Antología negra, volumen de relatos de la tradición oral africana.

El origen de la muerte
Cuento hotentote

Una vez la Luna llamó a un insecto y le dijo:
- Anda donde los hombres y diles que así como yo muero y después de morir vuelvo a vivir, así también ustedes morirán y después volverán a vivir.
El insecto partió llevando el mensaje, pero en su trayecto, fue alcanzado por una liebre que le preguntó:
- ¿Qué cosa te han encomendado?
El insecto le respondió:
- La Luna me ha mandado a decirles a los hombres que así como ella muere y después vuelve a vivir, así ellos también morirán y volverán a vivir.
La liebre le dijo:
- Como tú eres un pésimo corredor, déjame cumplir esa misión a mí.
Con esas palabras la liebre se fue corriendo y cuando llegó donde los hombres les dijo:
- Fui enviado por la Luna para decirles lo siguiente: Así como yo muero y nunca más vivo, del mismo modo ustedes morirán y perecerán.
La liebre en su regreso se dirigió hacia la Luna y le dijo el mensaje que había transmitido a los hombres. La Luna la reprochó muy encolerizada.
- ¿Cómo te has atrevido a decirle a la gente algo que yo no he dicho nunca?
Con esas palabras la Luna agarró un palo y le golpeó la nariz a la Liebre. Desde ese día la nariz de las liebres ha estado cortada y los hombres creen en lo que les dijo la liebre.

Selección y traducción de Diego Martínez Lora

El origen de las diferencias entre el Sol y la luna
Cuento de Senegal

Hace mucho tiempo sucedió que estaban bañándose desnudas las madres de la Luna y el Sol con ambas luminarias. Mientras el Sol mantuvo una actitud pudorosa, y no dirigió su mirada ni un instante hacia la desnudez de su progenitura, la Luna, en cambio, no tuvo reparos en observar la desnudez de su madre. Después de salir del baño, le fue dicho al Sol: "Hijo mío, siempre me has respetado y deseo que la única, y poderosa deidad, te bendiga por ello. Tus ojos se apartaron de mí mientras me bañaba desnuda y, por ello, quiero que desde ahora, ningún ser vivo pueda mirarte a ti sin que su vista quede dañada".
Y a la Luna le fue dicho: "Hija mía, tú no me has respetado mientras me bañaba. Me has mirado fijamente, como si fuera un objeto brillante y, por ello, yo quiero que, a partir de ahora, todos los seres te miren sin reparos.

Tomado de Cuentos Africanos

@O@O@O@O@O@O



Piedra luna


Fragmento de la ópera Norma de Bellini interpretado por Maria Callas

En el año 50 a. C. con la Galia ocupada por el Imperio Romano. Por la noche, los druidas se reunen en el bosque sagrado, la sacerdotisa Norma invoca a la Diosa lunar.


Norma: Casta Diva, che inargenti / queste sacre antiche piante, / a noi volgi il bel sembiante / senza nube e senza vel.
Coro: Casta Diva, che inargenti / queste sacre antiche piante, / a noi volgi il bel sembiante / senza nube e senza vel!
Norma: Tempra, o Diva, / tempra tu de’ cori ardenti, / tempra ancora lo zelo audace. / Spargi in terra quella pace / che regnar tu fai nel ciel.
Coro: Diva, spargi in terra / quella pace che regnar / tu fai nel ciel.

Castellano:

Norma: Casta Diosa, que plateas / estas antiguas plantas sagradas, / vuelve a nosotros tu hermoso rostro / sin nubes ni velos.
Coro: Casta Diosa, que plateas / estas antiguas plantas sagradas, / vuelve a nosotros tu hermoso rostro / sin nubes ni velos.
Norma: Templa, oh Diosa, / templa tú los corazones ardientes, / templa aún el celo audaz. / Derrama sobre la tierra aquella paz / que haces reinar en el cielo.
Coro: Diosa, derrama sobre la tierra / aquella paz que haces / reinar en el cielo.





La Luna
poema de jaime Sabines

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.

Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.

Jaime Sabines

@O@O@O@O@O@O


The Great Gig in the Sky (El Gran Concierto en el Cielo), quinto tema del álbum The Dark Side of the Moon, (La cara oculta de la Luna) de Pink Floyd.



@O@O@O@O@O@O



En 1902 Georges Méliès rodó Viaje a la luna, una película de 14 minutos que narra la aventura de un grupo de científicos que viaja hasta este satélite en una nave propulsada desde un cañon y que termina incrustada en uno de sus ojos. Durante la travesía van viendo todo tipo de seres imaginarios, y cuando alunizan se encuentran con selenitas , que le acompañan en su viaje de regreso. Es el comienzo de la historia del cine.




Deja tu huella


Seguiremos caminando...

@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@

PRIMERA HUELLA
Lua, dibujo y poema de Nicolau Saião



Há palavras que toda a gente conhece
que são quase comuns a todas as pessoas
Palavras propagadas através da gelada
superfície dos números e dos tempos
que nos cercam com o seu peso imaginário
de coisas construídas.


Por vezes um cadáver entre as pontes
justifica a grande evidência.


Pensemos na palavra Lua por exemplo.
Não há ninguém que não saiba o que é a Lua.
Por presença constante em todos os espaços
paralela ao ser dos seres e dos signos
de aqui até ao infinito
a olhamos de verbo a verbo.
Mas meditemos


no que efectivamente significa
- ela e o seu rumor transposto
ela e o silêncio multiplicado
da sua imagem mortal.


No fundo nada significa
A não ser pelo oculto existir do sensível
plano da luz e da penumbra
no mundo das cidades.


Está no alto é verdade emitindo ruídos
tão nítidos e negros tão débeis na distância
que houve que edificar um espectrómetro sonoro
a fim de lhe captar os arquejos
de animal pré-histórico. Está algures


num deserto da Austrália
esperando pacientemente algo de novo e vital
e o seu rosto escarlate de serpente
não é um objecto mais para o tempo da pedra
e do metal incompletos. Da sua carne
brota um falo por vezes é uma antena
para as plantas e os lagartos perpétuos.


Quantas vezes
o gélido e inquietante murmúrio das areias
se confundiu na sua brancura devastada?
Ei-lo no descampado: uma sombra uma ausência
proibida e sábia
longo e espiralado como um nervo do crâneo
como um rápido sulco fotográfico
no peito em ruínas.


Há rostos ao longe memória de hecatombes.


Não é que a Lua seja inconfessável abismo
embora tenha um corpo projectado e essencial
de vida e morte. Não falemos sequer
nos seus enquadramentos diversos
nas suas presenças repentinas, nos seus credos
ou no fugaz tecido laminar da sua
franja de esquecimento. Apenas
a palavra conta, conquanto nada ultrapasse
o exterior universo do seu Universo próprio.


E ainda
que tudo lhe faculte a impossibilidade
de estar nos outros como em si ou de ser afinal
matéria de febris prestígios
- uma parede trapos velhos carnagem -
não está em nada não reside em nada


- ela não está em nada não rola sobre nada
que da boca não saia quer seja acto ou urina
um rasgão de tiros na noite um vidro a mais
quer seja a incontável câmara do sangue
dos olhos esmagados
das negruras com que o sopro do tempo passa


e flutue
e penetre
e comunique
e seja enfim em todo o lado o segmento infindável

da dúvida.

nicolau saião in “Os objectos inquietantes”(1994)

@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@

Segunda huella

Uxia añadiría Moon over Alabama de Bertolt Brecht y Kurt Weill.


MOON OVER ALABAMA

Show us the way to the next whiskey bar
Don’t ask why
For we must find the next whiskey bar
Or if we don’t find the next whiskey bar
I tell you we must die
I tell you we must die
I tell you - I tell you - I tell you we must die
Oh Moon of Alabama
We now must say goodbye
We’ve lost our good old mama
And must have whiskey … you know why
Oh Moon of Alabama
We now must say goodbye
We’ve lost our good old mama
And must have whiskey … you know why
Show us the way to the next dollar
Don’t ask why
For we must find the next little dollar
Or if we don’t find the next little dollar
I tell you we must die
I tell you we must die
I tell you
I tell you
I tell you we must die
Oh Moon of Alabama
We now must say goodbye
We’ve lost our good old mama
And must have dollar or you know why
Oh Moon of Alabama
We now must say goodbye
We’ve lost our good old mama
And must have dollar or you know why
Oh show us the way to the next little girl
Oh don’t ask why
For we must find the next little girl
Or if we don’t find the next little girl
I tell you we must die
I tell you we must die
I tell you - I tell you
I tell you we must die
Oh moon of Alabama
It’s time to say goodbye
We’ve lost our good old mama
We must have little girl or you know why
Oh moon of Alabama
It’s time to say goodbye
We’ve lost our good old mama
We must have little girl or you know why

viernes 17 de julio de 2009

Silda Cordoliani



El beso del ángel

–Amigo, son apenas las ocho de la mañana. No me lo permiten. No puedo.
Eso dijo el muchacho que atiende este triste tarantín de playa. Lo que yo respondí lo he olvidado, pero no cabe duda de que logré convencerlo: aquí está la cerveza que tanto necesito, servida en un vaso de cartón que, según él, la disimula. ¡Mi enorme poder de convicción!, lo único que creo haber aprendido en casi quince años de encierro.
Bebo un sorbo y escribo, y ya, con estas pocas frases puedo percatarme de que algún cambio se ha dado: nunca antes para referirme a mi vida pasada hubiera utilizado la palabra «encierro». ¿Fueron estas horas tan definitivas para mí? ¿O es que acaso jamás intenté buscar un adjetivo para lo vivido? ¿O es que acaso eso que llaman cambio ha venido dándose, sin yo notarlo, desde hace tiempo? ¿Por dónde comenzar? Me he sentado a esta mesa sólo para escribir mi experiencia de anoche, desentendiéndome de los treinta adolescentes que a esta hora me esperan en un estrecho salón de clases. Yo, tan responsable, ¿qué estoy haciendo realmente aquí?
Podría empezar por el final, decir que abandoné el magnífico cuartucho mientras ellos dormían abrazados sobre el cálido colchón. Cuerpos desnudos que estuve admirando no sé cuánto tiempo antes de decidirme a salir, huyendo, asustado, como quien teme a su conciencia. Pero yo no tengo nada que temer de mi conciencia: ella nada tiene que reclamarme, ¿o sí? En todo caso, sólo puedo culparme por los treinta pares de ojos que miran insistentemente hacia una puerta por la cual hoy no entrará el profesor. (Borré la palabra «nunca» y puse en su lugar «hoy no»).
Si comienzo por el principio, debería referirme a ella, a la niña. Sergio la llamó así, «la niña». Pero él no sabe nada de niñas. Elisa me pareció más bien un ángel. (IV Concilio de Letrán, 1215: se concluyó que los ángeles carecían de sexo.) Posiblemente Elisa no tenga sexo, aunque su cuerpo sea demasiado semejante al de una mujer.
–Tengo catorce años –eso me dijo cuando le pregunté su edad antes de despedirnos. Antes de que Sergio me arrastrara hasta el bar.
Era una calle estrecha, empinada hacia el cerro. El Remolino alumbraba con su verde luz de neón buena parte del barrio miserable. ¿Qué intentaba Sergio con ese hablar y hablar acerca de las sorpresas maravillosas que deparaba la vida y de las que nosotros habíamos estado excluidos? Quizás sólo tranquilizarme, aunque no era necesario. La calle no me asustaba, y si se trataba de Elisa, yo la había percibido como un ángel, y ya sabía también que ni siquiera el rostro de los ángeles está libre de parecidos. Su cara fijada en mí, como reclamando alguna urgente referencia, me mantuvo ajeno a la supuesta inquietud que la visita a El Remolino pudiera producirme.
Y es que Sergio había tenido razón en aquel primer encuentro después de dos años sin vernos. Me habló entonces de todo lo que había sido su vida durante ese lapso, de cómo consiguió reconstruirla, de lo bien que ahora se sentía lejos de castigos e imposiciones. Me invitó afablemente a conocer a Elisa, pero no mencionó a Talud. (Ese nombre vino después, a la tercera o cuarta vez que nos vimos por casualidad, cuando Sergio insistió en que lo acompañara a La Guaira.) Supongo que me dejó hablar, al menos pronunciar algunas frases: mudo no puedo haber estado. Yo le diría que para mí no había sido tan fácil, y si llegué a sentirme en plena confianza, hasta podría haberle comentado mi desubicación y constante sorpresa ante lo que acostumbrábamos llamar «el mundo». Sí, en ese reencuentro feliz que de alguna manera me devolvía a lo único realmente conocido, él se refirió también a sus clases particulares de música, y de entre sus alumnos a una muy especial.
–Tienes que conocerla –recuerdo muy bien que me dijo–. Cuando la veas descubrirás que lo que creíamos piedra inmóvil en realidad existe.
Pido ahora la segunda cerveza al mesonero que hace un gesto cómplice y me doy cuenta de que Sergio siempre gustó de los enigmas: el rostro de Elisa continúa persiguiéndome y ya sé por qué.
En eso estaba, tratando de precisar los rasgos del ángel, cuando entramos a El Remolino. (Reviso lo escrito y veo que ya lo ubiqué. ¿Debería describirlo?) Supongo que todos los bares se parecen, todos tienen mesoneras que sonríen entre dientes maltrechos y arrugas que se adivinan a través de las sombras. A Rosmelia sí no creo habérsela oído nombrar, sin embargo la presentó como a su más querida amiga: edad indescifrable; color de pelo y ojos indescifrables; vestimenta indescriptible. Sentada en sus piernas sirvió las dos cervezas mientras Sergio insistía en una tercera para brindar todos juntos, pero Rosmelia se negó, dijo que ella y sus muchachas sólo bebían champán. Fue entonces cuando solté la carcajada, eso creo, cuando la imagen persistente de Elisa me abandonó para dejarme solo e indefenso frente al disgusto de Rosmelia por mi imprudente risa, frente a sus muchachas, sus hombres borrachos, su rockola, las inacabables botellas y el bar.
Talud apareció después de la medianoche: lo estábamos esperando, la promesa de su llegada había sido repetida a lo largo de toda la velada por Sergio y Rosmelia. Ésta ya parecía haberme perdonado y buscaba la aceptación de mi parte para sellar la paz definitiva: me invitaba constantemente a bailar entre sus idas y venidas de atención a los clientes.
Para describir la primera impresión que tuve de Talud sólo puedo recurrir a su piel deslumbrante de tanta lustrosa oscuridad en medio de aquella oscuridad. Su gracioso patuá no me alteró en absoluto, su alegría, en cambio, me hizo aceptar la nueva insinuación de Rosmelia y salí hipnotizado a la improvisada pista de baile en donde un rato después me descubriría, completamente solo, danzando el famoso vals de Strauss, infaltable en cualquier rockola que se precie.
Alguien, tal vez el propio Sergio, Talud, Rosmelia o alguna de las otras mujeres, me guió hasta mi silla para enseguida pedirme una opinión sobre ella, Elisa. Volver a Elisa en aquel extraño estado de excitación y abandono era exigirme demasiado. Sergio insistía en que le confiara mis más íntimas impresiones y yo clavaba mis ojos en Talud. En el rostro intensamente negro del trinitario se me reveló el del ángel. La recordé entonar torpemente, como nunca lo harían los habitantes del cielo, las notas solicitadas pocas horas atrás por Sergio tras el piano. Sus pómulos, su nariz y su boca fundidos en la oscuridad de los rasgos de Talud me aproximaban por instantes a la resolución del enigma. Pero no tuve oportunidad de dar con el secreto: el ambiente sofocado del bar y mi amigo empeñado en explicarme la relación del otro con Elisa, me lo impidieron.
–Su profesor de inglés –repitió varias veces–. Él es su profesor de inglés y yo su profesor de canto.
A cambio de mi opinión, le rogué entonces, apoyado por Rosmelia,
que cantara.

*@*@*

Ya bebo la cuarta cerveza de esta mañana de sol y arenas que se incrustan en mis poros. El mar suena evocando un largo viaje en barco que hiciera siendo muy niño, de Las Palmas de Gran Canaria a Puerto La Cruz, Venezuela, el país elegido. Ya para entonces mi madre había decidido la vocación de su hijo. Mudados después al llano, debía asumir mi destino. Fue en el seminario de Calabozo donde, años más tarde, conocí a Sergio. Yo usaba sotana y él apenas intentaba comenzar a acostumbrarse. Pudo haber renunciado mucho antes, pero la posibilidad de estudiar música lo retuvo. Privilegiado por su talento, dedicaba las horas obligatorias de silencio y estudio a extraer sonidos maravillosos de un órgano o de su garganta. Muchos lo envidiaban, yo sólo lo admiraba, como anoche, cuando le pedía que cantara el Adestesfidelis.
La voz de Sergio se elevó por encima de los ruidos del bar, alguien apagó la rockola también transportado por el canto que Sergio repitió una y otra vez mientras yo retrocedía hasta la capilla que cobijó tantas dudas, volviendo a ver la piedra que era el rostro de Elisa en la oscuridad del de Talud.
No sé a qué hora de la madrugada abandonamos el bar en medio de los reproches de Rosmelia. Caminamos por callejones intrincados con la promesa de un vino exquisito y de la discoteca privilegiada de Talud. Cruzamos el corredor de una vieja casa con el mayor silencio posible que pueden conseguir tres hombres borrachos. Traspasamos el patio hasta llegar al cuarto prodigioso del trinitario. Encendió la luz sólo los segundos necesarios para prender una infinidad de velas, cuyas llamas inmóviles en aquel ambiente cerrado alumbraron un recinto tan maravilloso como el de cualquier ilustre sultán. Tal vez me falle la memoria, pero creo acordarme de tapices, alfombras y cojines diseñados con delicados arabescos. Talud nos atendió como a príncipes, descorchó lentamente el néctar prometido y lo escanció (ésa es la palabra) en copas que recuerdo del más fino cristal. No supe cuándo comenzó a oírse aquella extraña música, remedada por Talud en suaves quejidos que poco a poco hizo acompañar con su cuerpo. Descalzo, desnudo, el joven negro se deslizaba ágilmente por todos los rincones de la estrecha habitación como un pájaro danzante entre vapores de nubes. Las alas que sólo debían corresponder a Elisa eran de él. El espléndido espectáculo me pareció infinito, y si llegué a despertar de tan fascinante letargo, fue debido al beso profundo, lento y húmedo de aquellos inmensos labios que, confundidos con los de Elisa, me devolvían al ángel tallado en oscuro mármol, guardián del altar izquierdo de la capilla, único testigo de mi debilidad, de otro beso tan procaz como el de Talud, que Sergio me robó.

Relato incluido en el libro Mujer por la ventana de la escritora venezolana Silda Cordoliani, reeditado por Ediciones la Escalera

jueves 16 de julio de 2009

Nguyen Quang Thieu



Recuerdo de julio

En mi sueño nuestros cuerpos cortaron la cama en una larga
diagonal.
Estamos acostados como dos árboles caídos en la tormenta
Sobre nosotros, leñadores con las caras cubiertas por máscaras,
Dejan caer una plomada entre nuestros cuerpos
Nos cortan en pedazos rojo sangre
No hacen ruido alguno.
La hoja nos atraviesa en destellos de luz, brillantes y llenos
de color como fuegos de artificio
Nuestra sangre de vida se eleva como polvo en las chispas.
Nuestra cama se convierte en un taller.
Trozos de vidas convertidos en camas, mesas, armarios, ataúdes.
Estamos en todas partes, pero los árboles ya no nos conocen.
Para ellos somos sólo un recuerdo ciego y mudo.
Los leñadores nunca piensan que nos levantemos de nuevo,
No sólo con aserrín y virutas.
Tiran los últimos pocos restos en el fuego;
Nuestras vidas brillan en el resplandor.
Los leñadores ahora están siendo sacados del taller.
Pasan bajo los árboles
Que cumplen sus últimos pedidos
Y les dejan conservar las máscaras.

Nguyen Quang Thieu (1957)
Breve antología de la Poesía vietnamita actual. Selección: Nguyen Bao Chan. Traducción al castellano: Nicolás Suescún
Tomado de la Revista Latinoamericana de Poesía Prometeo

miércoles 15 de julio de 2009

Modos y maneras de morir de Mayte Bayón


Radiografía de modos y maneras de morir


MODOS Y MANERAS DE MORIR

A palo seco: De sopetón- teatral.
En accidente-inesperada.
De repente- bendita sea.
Durmiendo-es la mejor.
De un colapso-teatral.
De un susto-la más improbable.
De un golpe-brutal.
Con violencia- Dios nos asista!

Por inanición: De hambre- involuntaria.
De frío- temblando.
De soledad- despavorida.
De horror- huyendo.
De dolor-mejor no verlo.

Por extinción: De viejo-consumiéndose.
De asco-vomitando.
De pena-languideciendo.
De dignidad-ante todo compostura.
De rabia-rabiando.

Como si tal cosa: Trabajando-sospechoso.
Cantando-genial.
Riendo-quien lo diría.
Peleando-tonto del culo.
Amando-la mejor.
Rabioso: Aullando-como los lobos.
Carcajeando-muerto de risa.
Despotricando-muy elocuente.
Odiando-no es aconsejable.


Desapareciendo: Sin pena ni gloria-esfumándose.
Dulcemente-en la cama.
Perdonando-por fin.
Olvidando-viajando.


Sufriendo: Con dolores espantosos-Dios no lo quiera.
Pesaroso-perplejo.
Aborrecido-la peor.
Sulfuroso-infernal.
Sin querer-angustiosa.


Por equivocación: Por estar donde no se debe-escarmentado.
Por error-imbécil.
Por circunstancias- vaya por Dios!
Sin querer-por inconsciente.
En lugar de otro-sin comerlo ni beberlo.
Por un despiste- que suerte.


Por suicidio: Con gusto y deliberación-no me lo creo.
Con contundencia-sin pensarlo dos veces.
Por despecho-arrebatado.
Con astucia-sinceramente.
Por complacencia-asombroso.
Por estética-se dan casos.
Por amor-el mejor.
Por un ideal-¿cual ?
Con premeditación-y alevosía.
Por aniquilación-ya era hora.

Morir sencillamente: Con serenidad-un santo.
Cuando te llega la hora -que remedio.
Sin temor-divinamente.
Con conciencia-para siempre.

La peor muerte: En el anonimato
A montones.
A la intemperie.
En desalojo.
En la pobreza.
Sin amor.
En la noche oscura.
En terribles circunstancias.
En la cárcel.
En condena.
En cadena.
Por estupidez.
Por tonto.
Porque se lo merecía.





Muerta la risa se acabo la rabia.



Biniali-abril 2009

Fui ao norte vim ao norte...



... lá do Sul que longe fica.
Fiquei mais perto de Espanha
mais pertinho da Galiza.
E num recanto da Serra
lá na curva duma estrada
vi uma aldeia no fundo
para ser fotografada

Ficou aqui a presença
- a presença e a figura -
dum lugar de muito enlevo
e de muita formosura

Aldeia que tens na serra
no vale onde cresce a urze
tuas casas teu perfil
que ninguém de ti abuse

Que nunca o mal te destrua
- nem a água nem as chamas -
que sejas sempre gentil
mesmo pobre e quase nua
mesmo sem riqueza ou famas

Estava sol fazia sol
para seres fotografada
numa curva do caminho

mesmo à beirinha da estrada.

ns

martes 14 de julio de 2009

Tres poemas de León Felipe

Dame tu oscura ostia

No te apiades de mí, luz cenicienta.
Dame tu oscura hostia, tu último pan…
Un sueño sin retorno y sin recuerdo.
Déjame hundirme en ese pozo negro,
más abajo del limo y de la larva…
Donde la vida es un fantasma verde
que nadie vio jamás.





Auschwitz

Esos poetas infernales,
Dante, Blake, Rimbaud...
que hablen más bajo...
que toquen más bajo...
¡Que se callen!...
Hoy
cualquier habitante de la tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante tocaba muy bien el violín...
¡Oh, el gran virtuoso!...
Pero que no pretenda ahora
con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos
asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres...
Y solo.
¡Solo!
aguardando su turno
en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante... tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, "gran cicerone")
y aquello vuestro de la "Divina Comedia"
fue una aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa... otra cosa...
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú... no tienes imaginación,
Acuérdate que en tu "Infierno"
no hay un niño siquiera...
Y ese que ves ahí...
está solo
¡Solo! sin cicerone...
esperando que se abran las puertas de un infierno
que tú; ¡pobre florentino!,
no pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa... ¿cómo te diré?
¡Mira! Éste es un lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos
los violines del mundo.
¿Me habéis entendido poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud...
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo!... ¡Chist!...
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista
y he tocado en el infierno muchas veces...
Pero ahora, aquí...
Rompo mi violín... y me callo.


El emperador de los lagartos

EL lagarto
se mece con el columpio del cangilón y pasa por la luz y el subterráneo
con un tiempo y ritmo poemáticos...
¡Eh! ¡Alto!
El poema también es un lagarto,
y el poeta, el gran emperador de los lagartos.

Y yo digo ahora, aquí, colgado
del péndulo que oscila entre los mundos que separan la rendija entreabierta de
mis párpados

aquí y ahora -sacad el reloj-a las tres, con el pico rojinegro del gallo;

¡Oid, amigos! La revolución ha fracasado.
Subid las campanas de nuevo al campanario.
Devolvedle la sotana al cura y al capataz el látigo,
clavad esas bisagras y quitadle el orín a los candados...
Que venga el cristalero y que componga los cristales rotos de los balcones
de Palacio...

Arreglad las trampas y los cepos y comprad alambre para los vallados...
Sacad de vuestros cofres los anillos ducales, las libreas y los viejos contratos...
Coronad a los poetas otra vez hojas de laurel purpurinado y regaladle a Franco
un espadón simbólico, una medallita milagrosa y un escapulario...
¡Viva Cristo Rey! ¡La revolución ha fracasado!

Esto lo he dicho a las tres. Pero ahora digo a las cuatro:
No obstante el que haga una casa que la haga teniendo en cuenta
ciertos planos...

y quien escriba un poema, que no olvide que se han viso ya pájaros
que se escapan de la jaula al matemático.
Por ejemplo: dos y dos no son cuatro.
( Y que todavía no se solivianten el tenedor de libros y el rotario:
Todavía seguiremos sumando unos cuantos días antes para que no se colapsen
los bancos.)

Y digo además: Se han oído gritos desesperados,
aullidos y blasfemias en el subterráneo;
se espera que después del homo sapiens, de los retóricos y de los teólogos,
surja un cráneo

que rompa los barrotes y los muros: Dios está todavía encarcelado.
Vendrán poetas de pólvora y barreno, con la mecha en la mano,
y harán saltar la roca donde aún sigue Prometeo encadenado.
( Pero no os asustéis. Antes nos comeremos otra vez el rancio pastelón
eclesiástico)

para que no se arruinen los panaderos de pan ázimo.)
Y esto no lo digo ni con los conejos del corral ni con las palomas del tejado:
lo digo desde el cubo del pozo que tan pronto está arriba como está abajo.

León Felipe (Tábara, Zamora, 1884 - Ciudad de México, 1968)



Max Aub y León Felipe

viernes 10 de julio de 2009

Milton Nascimento y Caetano Veloso

La Tercera Orilla del Río



A terceira margem do rio

Hueco de palo que dice
Soy madera, orilla
Buena, profunda, triste
Trazo certero.
De orilla a orilla el río ríe
Silencioso, serio
Nuestro padre no dice, dice
Trazo certero
Agua de la palabra
Agua parada pura
Agua de la palabra
Agua de rosa dura
Proa de la palabra
Duro silencio, nuestro padre
Margen de la palabra
Entre las dos oscuras
Márgenes de la palabra
Clara luz madura
Rosa de la palabra
Puro silencio nuestro padre
De orilla a orilla el río ríe
Entre los árboles de la vida
El río ríe
Sobre la traza de la canoa
El río vió, vi
Lo que nadie jamás olvida
Oí, oí, oí
La voz de las aguas
Ala de la palabra
Ala parada ahora
Casa de la palabra
Donde el silencio habita
Brasa de la palabra
La hora clara, nuestro padre
Hora de la palabra
Cuando nada se dice
Fuera de la palabra
Cuando de lo más íntimo aflora
Tronco de la palabra
Río, trazo enorme nuestro padre.

@2@2@2@2@2@

Oco de pau que diz
Eu sou madeira, beira
Boa, da vau, triste
Risca certeira
Meio a meio o rio ri
Silencioso serio
Nosso pai não diz, diz
Risca terceira
Agua da palavra
Agua parada pura
Agua da palavra
Agua de rosa dura
Proa da palabra
Duro silencio, nosso pai
Margem da palabra
Entre as escuras duas
Margens da palabra
Clareira luz madura
Rosa da palabra
Puro silencio nosso pai
Meio a meio o río ri
Por entre as arvores da vida
O río ri
Por sob a risca da canoa
O río viu, vi
O que ninguém jamais olvida
Ouvi, ouvi, ouvi
A voz das aguas
Asa da palabra
Asa parada agora
Casa da palabra
Onde o silencio mora
Brasa da palabra
A hora clara, nosso pai
Hora da palavra
Quando não se diz nada
Fora da palabra
Quando mais dentro aflora
Tora da palavra
Rio, pau enorme nosso pai

De Caetano Veloso y Milton Nascimento




La tercera orilla del río pequeño cuento de Guimarães Rosa del año 1961. Caetano Veloso compuso un bellisimo tema basado en él.



LA TERCERA ORILLA DEL RIO (Joao Guimaraes Rosa)

Nuestro padre era un hombre cumplidor, ordenado, positivo y fue así desde jovencito y niño, por lo que testimoniaron las diversas personas sensatas, cuando indagué la información. De lo que yo mismo recuerdo, él no parecía más extravagante ni más triste que los otros, conocidos nuestros. Solamente quieto. Era nuestra madre la que mandaba y quien a diario regañaba a mi hermana, a mi hermano y a mí. Pero ocurrió que, cierto día, nuestro padre mandó que se le hiciera una canoa…… Era en serio.

Encargó la canoa, una especial, de cedro rojo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, para que cupiera justo el remero. Tuvo que ser fabricada toda ella, elegida fuerte y arqueada en rígido, apropiada para durar en el agua unos veinte o trienta años. Nuestra madre mucho renegó contra la idea. ¿Sería posible que él, que no se ocupaba de esas artes, se iba a proponer ahora pesquerías y cacerías? Nuestro padre nada decía. Nuestra casa, en ese tiempo, estaba aún más cercana al río, cosa de menos de cuarto de legua: el río por ahí se extendía grande, hondo, callado siempre. Ancho, de no poder verse la otra orilla.

Y no puedo olvidarme del día en que la canoa quedó lista…… Sin alegría, sin inquietud, nuestro padre se caló el sombrero y decidió un adios. No dijo otras palabras, ni se llevó provisiones y ropas, ni nos hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, pensé que iba a gritar, pero persistió, solamente alba de tan pálida, mordió el labio y bramó: -”¡Vete, puedes quedarte, no vuelvas más!” Nuestro padre contuvo la respuesta. Me miró, manso, haciendo ademán de que lo acompañara, sólo algunos pasos.

Temí la ira de nuestra madre, pero, de golpe, mañoso, obedecí. El rumbo de aquello me animaba, me asaltaba una idea y pregunté: -”Padre, ¿puedo ir con usted en esa canoa?” Volvió a mirarme y me dio la bendición, con un gesto me mandó de regreso. Hice como que vine, pero di la vuelta en la gruta del monte para saber. Nuestro padre entró en la canoa, la desamarró para remar. Y la canoa salió alejándose, lo mismo su sombra, como un yacaré, extendida larga…… Nuestro padre no regresó. No iba a ninguna parte. Sólo ejercitaba la invención de permanecer en aquellos espacios del río, de medio a medio, siempre en la canoa, para no salir de ella nunca más. Lo extraño de esa verdad espantó a la gente. Aquello que no había, acontecía. Los parientes, vecinos y conocidos nuestros, se reunieron, y juntos se aconsejaron.

Nuestra madre, avergonzada, se portó con mucha cordura; por eso todos atribuyeron a nuestro padre el motivo del que no querían hablar: locura. Unos consideraban que podría tratarse del cumplimiento de alguna promesa o que, nuestro padre, tal vez, por escrúpulo de alguna enfermedad, como ser lepra, despertaba para otra suerte de vida, cerca y lejos de su familia…… Las voces de las noticias eran dadas por ciertas personas -pasantes, moradores de las riberas, incluso en la lejanía del otro lado- diciendo que nuestro padre nunca surgía a buscar tierra, en ningún punto o rincón, ni de día, ni de noche, del modo como cursaba el río, libre, solitario. Entonces, nuestra madre y los parientes nuestros concluyeron: que las provisiones que estuvieran escondidas en la canoa se gastarían; y, él, o desembarcaba y se alejaba yéndose para siempre, lo que por lo menos se correspondía con lo correcto, o se arrepentía, de una vez, y volvía a casa…… Eso era un engaño.

Yo mismo cumplía con llevarle, cada día, un tanto de comida hurtada: idea que tuve, ya en la primera noche, cuando nuestra gente probó con prender fogatas a la orilla del río, mientras que a su claridad, se rezaba y se llamaba. Después, seguido, aparecí con pilocillo, pan de maíz, penca de plátanos. Avisté a nuestro padre, al fin de una hora, muy tardada de transcurrir: así solo, él allá a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en el liso del río. Me vio, no remó hacia acá, no hizo señas. Le enseñé la comida, la deposité en una cueva de piedras en la barranca, a salvo de alimañas, de lluvia y rocío.

Eso, hice y rehice siempre, mucho tiempo. Sorpresa que más tarde tuve: nuestra madre sabía de esa agencia, disimulaba no saberla; ella misma dejaba, facilitadas, sobras de cosas, para que yo las consiguiese. Nuestra madre no se manifestaba mucho…… Hizo venir a nuestro tío, su hermano, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Hizo venir al maestro para nosotros, los niños. Encomendó al cura que un día se paramentase, en la orilla, para conjurar y rogar a nuestro padre que desistiera de la entristecedora porfía. Otra vez, por disposición de ella, para amedrentar, vinieron los dos soldados.

Todo lo cual no valió de nada. Nuestro padre pasaba a lo largo, entrevisto o desleído, cruzando en la canoa, sin dejar que se acercase nadie a la mano o a la voz. Incluso cuando estuvieron, no hace mucho, dos hombres del periódico, que trajeron lancha y pretendían retratarlo, no vencieron: nuestro padre desaparecía por el otro lado, aproaba la canoa en el brezal, de leguas, que hay, por entre juncos y matorrales, y él solo conocía, a palmos, su oscuridad…… Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. A las penas, que aquello trajo, uno nunca se acostumbró, es verdad. Lo sé por mí, que lo quería, y lo que no quería, sólo con nuestro padre lo hallaba; esto tironeaba mis pensamientos para atrás. Lo duro era no entender, de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los teribles fríos de la mitad del año, sin protección, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, por todas las semanas, y meses, y los años -sin tener en cuenta su irse del vivir.

No bajaba en ninguna de las orillas, ni en las islas y los bajíos del río, nunca más pisó suelo o pasto. Claro, que al menos, para dormir, su poco, él debería amarrar la canoa en alguna punta de la isla, en lo escondido. Pero ni prendía fueguito en la playa, ni disponía de luz fabricada, nunca más raspó un cerillo. Lo que comía era casi; aun de lo que uno depositaba entre las raíces de la ceiba o en la gruta de la barranca, él recogía poco, ni lo suficiente. ¿No se enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener derecha a la canoa, resistente, aún en la demasía de las arroyadas, en el subir de las aguas, ahí cuando, en la embestida de la enorme corriente del río, todo arrolla el peligroso, aquellos cuerpos de animales muertos y troncos de árboles bajando -en espanto, en encuentro. Y jamás habló palabra con persona alguna. Nosotros, tampoco, hablamos más de él. Sólo pensábamos. No, nuestro padre no podía borrársenos, y si, por un rato, uno hacía como que olvidaba, era apenas para despertarse de nuevo, de repente, con la memoria, al provocarse otros sobresaltos…… Se casó mi hermana; nuestra madre no quiso fiesta.

Pensábamos en él, cuando se comía una comida más sabrosa; también, abrigados de noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, y nuestro padre, sólo con la mano y un guaje para ir vaciando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro encontraba que me iba pareciendo más anuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbón, con uñas grandes, enfremo y flaco, negro por el sol y por los pelos, con aspecto de bicho, casi desnudo, aunque disponía de piezas de ropa que de cuando en cuando se le proporcionaban…… Y no quería saber de nosotros: ¿no nos tenía afecto? Justamente por afecto, por respeto, las veces que me alababan a causa de alguna buena acción mía, yo siempre decía: -”Fue papá el que un día me enseñó a hacerlo así…”, lo que no era cierto, exacto, era mentira, por verdad. ¿Si él no se acordaba, ni quería saber más de nosotros, por qué, entonces, no subía o bajaba el río, hacia otros parajes, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabía.

Pero mi hermana tuvo un niño, ella porfió en que quería mostrarle el nieto. Fuimos todos al barranco, fue un lindo día, mi hermana con vestido blanco, el del casamiento; levantaba en los brazos a la criaturita, el marido sostuvo, para protegerlos, la sombrilla. Nosotros llamamos , esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos lloramos, allí, abrazados. Mi hermana se mudó, con el marido, lejos. Mi hermana se decidió y se fue, para una ciudad. Los tiempos cambiaban en la lenta prisa del tiempo.

Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre a residir con mi hermana. Había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Nunca podría casarme. Yo permanecí, con los bagajes de la vida. Nuestro padre me necesitaba, lo sé -en su vagar por el río por el yermo- sin dar razón de su actitud. Cuando yo quise saber, y, resuelto, indagué, me dijeron lo que se decía: nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le preparó la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto, nadie que supiese, que hiciese memoria de nada. Sólo las falsas habladurías, sin sentido, como ocurrió, en el comienzo, con las primeras crecientes del río, con lluvias que no escampaban, todos temieron el fin del mundo, decían: que nuestro padre había sido elegido como Noé, y que, por lo tanto, con la canoa se había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo, mi padre, no podía condenarlo.

Y apuntaban ya en mí las primeras canas…… Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué tenía yo tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre ponía ausencia: y el río -río- río, el río -ponía perpetuidad. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo demorarse. Yo mismo tenía achaques, ansias, cansancios, torpezas del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. Por más aventejado, no iba día más, día menos, a flaquear en su vigor, a dejar que la canoa se volcase o que flotase sin pulso, en el andar del río, para despeñarse, horas abajo en el estruendo y en la caída de la cascada brava con hervor y muerte. Apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que no sé, el dolor abierto, en mi fuero. Sabría, si las cosas fuesen distintas.

Y fui madurando una idea…… Sin vísperas. ¿Soy loco? No. En nuestra casa la palabra loco no se usaba, nunca más se usó, todos esos años, nunca a nadie se acusó de loco. Nadie es loco. O, entonces, todos. Lo fui, porque fui allá. Con un pañuelo, para hacer más visible la señal. Estaba en mis cabales. Esperé. Por fin él apareció, ahí y allá, el bulto. Estaba ahí, sentado en la popa, estaba allí, al grito. Llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, jurando y declarando, tuve que reforzar la voz: -”Padre, usted está viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, regrese, no debería… regrese y yo, ahora mismo, cuando quiera, los dos de acuerdo, ¡yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa…!” Y, así diciendo, mi corazón latió en firme compás…… Él me escuchó.

Se levantó. Manejó el remo, en el agua, con la proa hacia acá, conforme. Y yo temblé, hondo, de repente: porque antes, él había erguido el brazo y hecho un saludo -el primero, después de tantos años transcurridos. Yo no podía… Con pavor, erizados los cabellos, corrí, huí, me arranqué de ahí en un proceder desatinado. Porque me pareció que él venía: de la parte del más allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo un perdón…… Sufrí el severo frío de los miedos, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy hombre, después de este perjurio? Soy el que no fue, el que va a callar. Sé que ahora es tarde, y temo concluir mi vida en la mezquindad del mundo.

Pero entonces, al menos, que, en el capítulo de la muerte, me agarren y me depositen también en una simple canoa, en el agua, que no cesa, de extendidas orillas: y, yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río.