/ El establo de Pegaso: Denise Levertov

viernes, 24 de julio de 2009

Denise Levertov

photo: © David Geier

Un arbol habla de Orfeo

Alba blanca. Quietud. Cuando el murmullo empezó
creí que era el viento marino, que llegaba a nuestro valle con rumores
de sal, de horizontes sin árboles. Pero la niebla blanca
no se agitó; las hojas de mis hermanos permanecieron extendidas
inmóviles.
Pero el murmullo se acercó más, y entonces
mis propias ramas externas comenzaron a estremecerse, casi como si
un fuego ardiera por debajo, demasiado cerca, y retorciera y secara
sus puntas.
Mas yo no temía, sólo
estaba profundamente alerta.

Fui quien primero lo vio, pues crecí
en el pasto de la ladera, más allá de la floresta.
Era un hombre, según parecía: los dos
tallos balanceándose, el tronco corto, las dos
ramas—brazos, flexibles, con cinco varas cada una,
sin hojas en la punta,
y la cabeza coronada de pasto pardo u oro,
portando un rostro no como el rostro afilado de un pájaro
sino como el de una flor.
Llevaba un haz de
ramas curvas, cortadas aún verdes,
guías de parra firmemente tensadas a lo ancho. De ahí,
cuando lo tocaba, y de su voz
que a diferencia de la voz del viento no necesitaba de nuestras
hojas y ramas para completar su sonido,
venía el murmullo.
Pero ya no era un murmullo (se había acercado y
detenido en mi primera sombra) era una ola que me bañaba
como si la lluvia
se levantara y me envolviera
en vez de caer.
Y lo que sentí ya no fue un zumbido seco:
Yo parecía cantar mientras él cantaba, parecía saber
lo que sabe la alondra; toda mi savia
se elevaba hacia el sol que para entonces
había subido, la niebla ascendía, el pasto
se secaba, pero mis raíces sentían que la música las humedecía
en lo hondo de la tierra.
Se acercó todavía más, se apoyó en mi tronco:
la corteza tembló como una hoja aún doblada.
¡Música! Ni una rama mía dejaba de
temblar de gozo y de miedo.
Luego al cantar
ya no eran sólo sonidos los que hacían la música:
hablaba, y mientras ningún árbol escuchaba, yo escuché, y el lenguaje
penetró en mis raíces
desde la tierra,
en mi corteza
desde aire,
en los poros de mis brotes más verdes
suavemente como rocío
y no había palabra que él cantara cuyo significado yo desconociera.
Habló de viajes,
de donde el sol y la luna van mientras nosotros permanecemos
de pie en la oscuridad,
de un viaje a la tierra que soñaba hacer algún día
más hondo que las raíces...
Habló de los sueños del hombre, de las guerras, pasiones, pesares,
y yo, un árbol, entendí las palabras —ah, parecía
como si mi gruesa corteza se quebrara como un árbol joven que
crece demasiado rápido en la primavera
cuando lo hiere una helada tardía.
El fuego cantaba,
aquel que los árboles temen, y yo, árbol, gozaba en sus llamas.
Brotes nuevos despuntaron aunque era pleno verano.
Como si su lira (ahora sabía su nombre)
fuera fuego y nieve a la vez, sus cuerdas se inflamaban
hasta alcanzar mi copa.
Fui semilla de nuevo
Fui helecho en el lodo.
Fui carbón.
Y en el corazón de mi madera
(tan cerca estuve de volverme hombre o dios)
había una especie de silencio, una especie de enfermedad,
algo parecido a lo que los hombres llaman tedio,
algo
(el poema descendió una escala, un arroyo sobre piedras)
que da frío a la vela
enmedio de su ardor, dijo.
Fue entonces,
en el esplendor de su poder que
me alcanzó y cambió
cuando pensé que caería extendido,
que el cantor comenzó
a dejarme. Lentamente
abandonó mi sombra meridiana
hacia la luz franca,
las palabras saltando y bailando sobre sus hombros
una vez más
curva fluvial de los tonos de la lira volviéndose
lentamente otra vez
murmullo.
Y yo
aterrado
pero sin dudar lo
que debía hacer
angustiado, a prisa,
desencajé de la tierra raíz tras raíz,
el suelo alzándose y agrietándose, el musgo haciéndose pedazos
y detrás de mí, los otros: mis hermanos
olvidados desde el alba. En la floresta
ellos también habían oído,
y arrancaban sus raíces con dolor
después de mil años de capas de hojas muertas,
haciendo rodar las rocas,
huyendo de
sus
profundidades.
Se hubiera podido pensar que perderíamos el sonido de la lira,
del canto
tan terribles eran los sonidos de la tormenta, allí donde no había tormenta
ni viento sino la embestida de nuestras
ramas moviéndose, de nuestros troncos luchando con el aire.
¡Pero la música!
La música nos alcanzó.
Torpemente,
tropezando con nuestras propias raíces,
haciendo crujir nuestras hojas
en respuesta,
nos movimos, lo seguimos.

El día entero lo seguimos, arriba y abajo, de la colina.
Aprendimos a bailar,
pues se detenía allí donde el terreno era plano,
y las palabras que dijo
nos enseñaron a saltar y a curvarnos hacia adentro y hacia afuera
alrededor uno del otro en figuras que el compás de la lira diseñaba.
El cantor
rió hasta las lágrimas al vernos, tan contento estaba.
Al anochecer
vinimos a este lugar en el que estoy parado, a esta loma
con su arboleda ancestral que era entonces simple pasto.
Con la última luz de ese día su canto se volvió
despedida.
Silenció nuestro anhelo.
Cantando sumergió en la tierra nuestras raíces secas de sol,
las regó: toda la noche llovió música tan callada
que casi no podíamos
oírla en la
oscuridad sin luna.
Con el alba se fue.
Hemos permanecido aquí desde entonces,
en nuestra nueva vida.
Hemos esperado.
No regresa.
Se dice que hizo su viaje hacia la tierra, y perdió
lo que buscaba.
Se dice que lo talaron
y cortaron sus miembros para leña.
Y se dice
que su cabeza todavía cantaba y que fue arrastrada por el mar cantando.
Quizá no vuelva.
Pero lo que hemos vivido
vuelve a nosotros.
Vemos más.
Sentimos mientras nuestros anillos crecen,
que algo levanta nuestras ramas, y empuja nuestras puntas más
distantes
aún más lejos.
El viento, los pájaros,
no suenan más pobres sino más claros,
recordando nuestra agonía, y la forma en que bailamos.
¡La música!


Denise Levertov Traducción de Patricia Gola


A Tree Telling of Orpheus


White dawn. Stillness. When the rippling began
I took it for a sea-wind, coming to our valley with rumors
of salt, of treeless horizons. but the white fog
didn't stir; the leaved of my brothers remained outstretched,
unmoving.

Yet the rippling drew nearer - and then
my own outermost branches began to tingle, almost as if
fire had been lit below them, too close, and their twig-tips
were drying and curling.
Yet I was not afraid, only
deeply alert.

I was the first to see him, for I grew
out on the pasture slope, beyond the forest.
He was a man, it seemed: the two
moving stems, the short trunk, the two
arm-branches, flexible, each with five leafless
twigs at their ends,
and the head that's crowned by brown or gold grass,
bearing a face not like the beaked face of a bird,
more like a flower's.
He carried a burden made of
some cut branch bent while it was green,
strands of a vine tight-stretched across it. From this,
when he touched it, and from his voice
which unlike the wind's voice had no need of our
leaves and branches to complete its sound,
came the ripple.
But it was now no longer a ripple (he had come near and
stopped in my first shadow) it was a wave that bathed me
as if rain
rose from below and around me
instead of falling.
And what I felt was no longer a dry tingling:
I seemed to be singing as he sang, I seemed to know
what the lark knows; all my sap
was mounting towards the sun that by now
had risen, the mist was rising, the grass
was drying, yet my roots felt music moisten them
deep under earth.

He came still closer, leaned on my trunk:
the bark thrilled like a leaf still-folded.
Music! there was no twig of me not
trembling with joy and fear.

Then as he sang
it was no longer sounds only that made the music:
he spoke, and as no tree listens I listened, and language
came into my roots
out of the earth,
into my bark
out of the air,
into the pores of my greenest shoots
gently as dew
and there was no word he sang but I knew its meaning.
He told of journeys,
of where sun and moon go while we stand in dark,
of an earth-journey he dreamed he would take some day
deeper than roots...
He told of the dreams of man, wars, passions, griefs,
and I, a tree, understood words - ah, it seemed
my thick bark would split like a sapling's that
grew too fast in the spring
when a late frost wounds it.

Fire he sang,
that trees fear, and I, a tree, rejoiced in its flames.
New buds broke forth from me though it was full summer.
As though his lyre (now I knew its name)
were both frost and fire, its chord flamed
up to the crown of me.

I was seed again.
I was fern in the swamp.
I was coal.

And at the heart of my wood
(so close I was to becoming man or god)
there was a kind of silence, a kind of sickness,
something akin to what men call boredom,
something
(the poem descended a scale, a stream over stones)
that gives to a candle a coldness
in the midst of its burning, he said.

It was then,
when in the blaze of his power that
reached me and changed me
I thought I should fall my length,
that the singer began
to leave me. Slowly
moved from my noon shadow
to open light,
words leaping and dancing over his shoulders
back to me
rivery sweep of lyre-tones becoming
slowly again
ripple.

And I in terror
but not in doubt of
what I must do
in anguish, in haste,
wrenched from the earth root after root,
the soil heaving and cracking, the moss tearing asunder -
and behind me the others: my brothers
forgotten since dawn. In the forest
they too had heard,
and were pulling their roots in pain
out of a thousand year's layers of dead leaves,
rolling the rocks away,
breaking themselves
out of
their depths.

You would have thought we would lose the sound of the lyre,
of the singing
so dreadful the storm-sounds were, where there was no storm,
no wind but the rush of our
branches moving, our trunks breasting the air.
But the music!
The music reached us.
Clumsily,
stumbling over our own roots,
rustling our leaves
in answer,
we moved, we followed.

All day we followed, up hill and down.
We learned to dance,
for he would stop, where the ground was flat,
and words he said
taught us to leap and to wind in and out
around one another in figures the lyre's measure designed.

The singer
laughed till he wept to see us, he was so glad.
At sunset
we came to this place I stand in, this knoll
with its ancient grove that was bare grass then.
In the last light of that day his song became
farewell.
He stilled our longing.
He sang our sun-dried roots back into earth,
watered them: all-night rain of music so quiet
we could almost
not hear it in the
moonless dark.
By dawn he was gone.
We have stood here since,
in our new life.
We have waited.
He does not return.
It is said he made his earth-journey, and lost
what he sought.
It is said they felled him
and cut up his limbs for firewood.
And it is said
his head still sang and was swept out to sea singing.
Perhaps he will not return.
But what we have lived
comes back to us.
We see more.
We feel, as our rings increase,
something that lifts our branches, that stretches our furthest
leaf-tips
further.
The wind, the birds,
do not sound poorer but clearer,
recalling our agony, and the way we danced.
The music!
Denise Levertov (1923–1997)

Denise Levertov lee sus poemas

1 comentario:

Carmen Troncoso dijo...

Este poema es maravilloso!!