/ El establo de Pegaso: Ginebra de Philip Levine

sábado, 22 de marzo de 2014

Ginebra de Philip Levine

Ginebra


La primera vez que bebí ginebra
pensé que debía ser tónico para el cabello.
Mi hermano birló la botella
a un tipo cuyo padre tuvo
un almacén que vendía bebidas alcohólicas
en aquella época antigua, honorable
en la que estas cosas eran consideradas
una droga. Tres de nosotros nos pasamos
la botella, cada trago aumentaba
nuestra incredulidad. ¿La gente paga
por esto? La gente debe conseguirla
de la misma forma que teníamos que conseguir
las mujeres que nunca tuvimos cerca.
(En realidad eran las niñas, pero
no importa, lo importante
era su impenetrabilidad).
Leo, el tercer pirado del grupo,
sugirió a mi hermano que tenía que haber
birlado whisky o brandy canadiense ,
pero Eddie defendió su elección
en base a las expresiones
"Casa de la Ginebra" y "Carril de la ginebra",
que indicaban la superioridad
de la ginebra en el mundo de la bebida,
un mundo en el que estábamos entrando sin
saber lo difícil
que podría ser la salida. Tal vez la felicidad
llegaría con la bebida
sólo después de un cierto período
de aprendizaje. Eddie la comparó
a la autoflagelación del hombre santo
para experimentar la plenitud de la fe.
(Estaba muy instruido para ser un chaval
de catorce años educado en la escuela pública)
Así que hicimos hueco y pasó la botella
una segunda y luego una tercera vez ,
en silencio cada uno de nosotros esperaba
alguna transformación . "Uno se acostumbra
a ella ", dijo Leo. " No le sacas
el gusto, pero te acostumbras a él"
Ahora sé que las neuronas
se fueron muriendo sin propósito terrenal,
que tres muchachos se estaban volviendo
cada vez más desespiritualizados
incluso cuando tenían en sí mismos
estos espíritus, pero entonces pensé
que estaba en el último reparto del mundo
con las estrellas de cine, que poco tiempo después
me estaría afeitando porque
el pelo brotaría
por la pradera plana
de mi pecho y se hundiría, incluso
en la ingle, que primero las niñas
y después las mujeres se sentirían atraídas
por mis encantos. Sorprendentemente, más tarde
sucedió algo de esto, pero
primero había que vaciar la botella,
y tres chicos
tenían que vaciarse de todo
lo que habían tomado tan dolorosamente
y por el medio aún más doloroso
de inclinarse por turnos sobre
la taza del inodoro
para cumplir su penitencia. A continuación
liar los cigarrillos, la inutilidad
de los programas garantizados
ejercicio, las mentiras elaboradas
de conquista que nadie se creía,
formas de tortura sexual y
de rechazo inimaginables. A continuación
nuestro cumpleaños decimoquinto,
acné, desodorantes, ladillas, ungüentos,
cortes de pelo masculinos, la solicitud de registro,
las victorias militares y políticas
de Dwight Eisenhower, que nos trajo a
Richard Nixon con la esposa y el perro.
Cualquier maravilla intentamos con la ginebra.

Philip Levine(Detroit, 10 de enero de 1928)

Philip Levine recita su poema "Gin"




Gin

The first time I drank gin
I thought it must be hair tonic.
My brother swiped the bottle
from a guy whose father owned
a drug store that sold booze
in those ancient, honorable days
when we acknowledged the stuff
was a drug. Three of us passed
the bottle around, each tasting
with disbelief. People paid
for this? People had to have
it, the way we had to have
the women we never got near.
(Actually they were girls, but
never mind, the important fact
was their impenetrability. )
Leo, the third foolish partner,
suggested my brother should have
swiped Canadian whiskey or brandy,
but Eddie defended his choice
on the grounds of the expressions
"gin house" and "gin lane," both
of which indicated the preeminence
of gin in the world of drinking,
a world we were entering without
understanding how difficult
exit might be. Maybe the bliss
that came with drinking came
only after a certain period
of apprenticeship. Eddie likened
it to the holy man's self-flagellation
to experience the fullness of faith.
(He was very well read for a kid
of fourteen in the public schools. )
So we dug in and passed the bottle
around a second time and then a third,
in the silence each of us expecting
some transformation. "You get used
to it," Leo said. "You don't
like it but you get used to it."
I know now that brain cells
were dying for no earthly purpose,
that three boys were becoming
increasingly despiritualized
even as they took into themselves
these spirits, but I thought then
I was at last sharing the world
with the movie stars, that before
long I would be shaving because
I needed to, that hair would
sprout across the flat prairie
of my chest and plunge even
to my groin, that first girls
and then women would be drawn
to my qualities. Amazingly, later
some of this took place, but
first the bottle had to be
emptied, and then the three boys
had to empty themselves of all
they had so painfully taken in
and by means even more painful
as they bowed by turns over
the eye of the toilet bowl
to discharge their shame. Ahead
lay cigarettes, the futility
of guaranteed programs of
exercise, the elaborate lies
of conquest no one believed,
forms of sexual torture and
rejection undreamed of. Ahead
lay our fifteenth birthdays,
acne, deodorants, crabs, salves,
butch haircuts, draft registration,
the military and political victories
of Dwight Eisenhower, who brought us
Richard Nixon with wife and dog.
Any wonder we tried gin.

Versión original
Philip Levine

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