/ El establo de Pegaso

domingo, 4 de octubre de 2009

Ulalume González de León

Litología 

Arrojaría la primera piedra
si tan sólo supiera
                           contra qué
                           contra quién
Pero callo
               obedezco
gasto mis días
                     pongo
hasta el cansancio piedra sobre piedra
Repito:
sobre esta piedra inventaré mi vida
Repito:
sola piedra de escándalo la muerte
Y oigo la piedra de moler del tiempo
que adelanta noticias de mi polvo
Hasta las piedras saben esa historia:
que no quedará piedra sobre piedra

En vano
piedra infernal
                     el pensamiento quema
No habrá
nunca piedra de toque:
quedaré muerte afuera vida afuera
piedra oscilante
entre luces y sombras de sí misma
Me parece
haber leído ya esta biografía:
si la piedra angular del edificio alma
su vocación pública de piedra meteórica
y alza el sueño ingastable
tu cuerpo
              piedra franca
                                 mina el tiempo
y a contramuerte lascas vas perdiendo
Entre el alma durísima
y el blanco cuerpo guarda mientras puedas
el corazón piedra preciosa
y los mejores días pasados hace tiempo
y empedrados de malas intenciones
como todo perdido paraíso
yesterday
               vie en rose
Entre la vida y tú
la cortina de piedra
y no hay sésamo ábrete que valga
Quedarán para siempre de aquel lado
el amor como algo perdido de antemano
la mano que juraba no soltarte la mano
el gran paracaídas de esperanza
y todo cotidiano deus ex machina
la vida rota y sin usar
                                la fórmula
secreta del deseo
                         la alegría
de roja mermelada
Y torcerás pañuelos ya sobresaturados
repasando a escondidas
los como-para-siempre del pasado
Rómpete los nudillos contra la piedra dura
El cuento ha terminado

Sólo hay recuerdos de mellado filo
todas las piedras de afilar gastadas
y goteando luto las yesqueras
y divorciados
el pedernal y el eslabón
                                   Y dónde
podrías encerrarte a piedra y lodo
que no llegara ella
la que tira la piedra
la que esconde la mano

Contar un cuento

Es el país de Irás y No Volverás
donde los relojes marcan el invierno en punto
y sólo en tu memoria habría primavera
si tuvieras tiempo para recordar
Pero sólo hay tiempo para buscar a la reina blanca

Aquí se congela el corazón y no puede romperse
Aquí se congelan las fuentes del llanto
Aquí se congelan las palabras que designan cosas de colores
y sólo sobrevive la palabra de su nombre
Pero tú no sabes cómo se llama la reina blanca

Se sabe poco de la reina blanca:
que habita un silencio sin ventanas
que habita el castillo de Salsipuedes
que habita el lugar del frío

Se sabe poco de la reina:
que es completarnente blanca
que ni pensando todas las rosas juntas
se podría armar un arrebol en sus mejillas
y que ni con todas las alas de todos los pájaros
se podría emigrar de su invierno en punto

Se sabe poco de ella
Pero no necesitas más para buscarla
ni necesitas más para encontrarla
y avanzar alejándote de ella para siempre
y descubriendo que ya no dejas huellas sobre la nieve
y descubriendo cómo pierdes toda prueba de la vida.


Problema


Calcular
(dado el producto de la multiplicación de las caricias
el número de golpes de ala por segundo con que la pasión
compensa el peso de los cuerpos
la velocidad adquirida al pensarnos
la resistencia del aire a todas nuestras iniciativas voladoras
el intervalo admisible entre la temperatura máxima y la
temperatura mínima del deseo
las intermitencias con que fabricamos nuestra continuidad
el margen de error tolerable para un ingreso simultáneo
en el olvido que sabes
las probabilidades de reincidir por falta de recuerdo
la mayor o menor necesidad de un postre metafísico al
banquete carnívoro
el porcentaje de limaduras virutas rebabas que pueden ser
recicladas in situ
y la fuerza de gravedad de toda alegría
y la trayectoria asíntota al más estrellado techo)
la condición necesaria y suficiente de este amor.

Ulalume González de León (Montevideo, 20 de septiembre de 1932 - Querétaro, 17 de julio de 2009) poeta, traductora, ensayista y editora nacionalizada mexicana.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El Blues Abatido de Langston Hughes



Jazz poetry

The Weary Blues, escrito por Langston Hughes en 1923, incorpora las características musicales del Jazz, y de los Blues en la poesía. Hughes fue uno de los impulsores del conocido como Renacimiento de Harlem, un movimiento que se caracterizaba por la imitación de los sonidos e improvisaciones del jazz en la poesía.

El Blues Abatido The Weary Blues

Zumba una melodía somnolienta y sincopada
Meciéndose adelante y atrás en un canto suave,
Escuché un negro tocar.
La otra noche en la avenida Lenox
Bajo la penumbra pálida de una vieja luz de gas

Se balanceaba lento...
Se balanceaba lento...
Al compás de este Blues Abatido.
Sus manos de ébano sobre las teclas de marfil
Haciendo gemir al pobre piano con melodías.
¡Oh Blues!
Balanceándose en su taburete desvencijado
Tocaba esa melodía tan triste como un tonto musical
¡Dulce Blues!
Sale del alma de un hombre negro.
¡Oh Blues!
Con una voz profunda canta ese tono melancólico
Escuché un negro cantar, y ese viejo piano que gime—

"No tengo a nadie en este mundo,
No tengo nadie más que yo.
Ya es es hora de dejar esta cara
Y guardar mis problemas."

Pum, pum, pum golpeó el suelo con el pie.
Tocó algunos acordes y después cantó un poco más —

"Tengo el Blues Abatido
Y no me puedo contentar.
Tengo el Blues Abatido
Y no me puedo contentar—
Nunca más seré felíz
quisiera morír."

Hasta bien entrada la noche canturreó esa melodía.
Las estrellas salieron y también la luna.
El cantante dejó de tocar y me fui a la cama
con el Blues Abatido todavía en la cabeza.
Durmió como una roca o un hombre que estaba muerto.

The Weary Blues en la voz de su autor




The Weary Blues


Droning a drowsy syncopated tune,
Rocking back and forth to a mellow croon,
I heard a Negro play.
Down on Lenox Avenue the other night
By the pale dull of the pallor of an old gas light
He did a lazy sway…
He did a lazy sway…
To the tune o’ those Weary Blues.
With his ebony hands on each ivory key
He made that poor piano moan with melody
O Blues!
Swaying to and fro on his rickety stool
He played that sad raggy tune like a musical fool.
Sweet Blues!
Coming from a black man’s soul.
O Blues!
In a deep song voice with that melancholy tone
I heard that Negro sing, that old piano moan –
“Ain’t got nobody in all this world,
Ain’t go nobody but ma self.
I’s gwine to quit ma frownin’
And put ma troubles on the shelf.”
Thump, thump, thump went his foot on the floor.
He played a few chords then he sang some more –
“I got the Weary Blues
And I can’t be satisfied.
Got the Weary Blues
And can’t be satisfied –
I ain’t happy no mo’
And I wish that I had died.”
And far into the night he crooned that tune.
The stars went out and so did the moon.
The singer stopped playing and went to bed
While the Weary Blues echoed through his head.
He slept like a rock or a man that’s dead.


Bailarina de medianoche
A una bailarina negra en el “Pequeño Savoy”

Viña adolescente
De la noche con ritmo de jazz,
Labios
Dulces como rocío púrpura,
Pechos
Como las almohadas de todos los dulces sueños,
¿Quién aplastó
Las uvas de la dicha
Y derramó su jugo
Sobre ti?


Midnight dancer
To a Black Dancer in “The Little Savoy”

Wine-maiden
Of the jazz-tuned night,
Lips
Sweet as purple dew,
Breasts
Like the pillows of all sweet dreams,
Who crushed
The grapes of joy
And dripped their juice
On you?

Langston Hughes (Misuri, 1902 – Nueva York, 1967)

domingo, 27 de septiembre de 2009

Dos poemas de Chantal Maillard

Juegos de magia




Nada
en mis manos nada
en mis cuadernos
nada en mis zapatos
nada en el sombrero
de mi madre, nada
en mis ojos
en mi casa
en el paisaje
entre las olas nada
bajo los bancos del parque
debajo de mi ropa empapada
entre las líneas que escribo
en las del diccionario
de sánscrito
en la tinta que se escapa
del bolígrafo
en mis palabras nada
nada sobre la nada
que describo
en cuatro letras
porque todo
lo que no cabe en ellas
se ha agolpado en el centro
de mi pecho
y late y luego
me devora
con la voracidad
de un animal hambriento.
hasta que no queda nada
de mi salvo esa nada
que todo lo vomita
mis ojos mis cuadernos
mi casa y el sombrero
de mi madre las cuatro
letras que la indican
y el mismo latido
feroz que me devora
pronunciando
tu nombre.


Juegos de magia



Juegos de magia en voz de su autora

@@@@@@@@@@@@@@



No existe el infinito...

No existe el infinito:
el infinito es la sorpresa de los límites.
Alguien constata su impotencia
y luego la prolonga más allá de la imagen, en la idea,
y nace el infinito.
El infinito es el dolor
de la razón que asalta nuestro cuerpo.
No existe el infinito, pero sí el instante:
abierto, atemporal, intenso, dilatado, sólido;
en él un gesto se hace eterno.
Un gesto es un trayecto y una trayectoria,
un estuario, un delta de cuerpos que confluyen,
más que trayecto un punto, un estallido,
un gesto no es inicio ni término de nada,
no hay voluntad en el gesto, sino impacto;
un gesto no se hace: acontece.
Y cuando algo acontece no hay escapatoria:
toda mirada tiene lugar en el destello,
toda voz es un signo, toda palabra forma
parte del mismo texto.

De "Matar a Platón"

jueves, 24 de septiembre de 2009

Elías Uriarte






Límites que conforman figuras

Límites que conforman figuras. Límites que conforman
figuras a partir de las antiguas. Diagonales que crean nuevos
ángulos. Nuevas relaciones, equidistancias, espacios que ya
no se podrán variar, borrar.

Se aprende que la geometría es una ciencia dolorosa.




Hiroshima

Oh, la Mesa, la Mesa,
a la derecha
el padre,
a la izquierda
la madre,
al frente
el espíritu santo,
y en el centro
el cordero:
¿Ojos celestes
azules,
flavos,
amatistas?
Oh, esa Mesa, esa Mesa:
¿Cuadrada,
redonda,
inexistente?
¿Acaso un recuerdo infantil,
una fantasía adolescente?
Oh estampas en el fondo del castillo,
oh inscripciones, inscripciones,
en los ranchos más humildes.
¿Orlas,
halos,
nimbos?
¿Cómo se dice esa cosa,
esa cosa que tiembla sobre las frentes?
Oh la Mesa Familiar:
yo os consagro y os describo
fielmente.
Corría el año tanto...
El padre, augusto, entreteje
oscuros pensamientos entre sus manos,
la madre deplora una
tardanza irreparable.
Luego bargueño, caoba y
noche:
una noche para el padre,
una noche para la madre,
y una noche para el espíritu santo,
oh misterio de la triple noche
en una sola noche
compartida.
A lo lejos, un elemento:
¿Su naturaleza? Acústica.
¿Su timbre? Orgánico.
¿Su altura? Media.
¿Grito, lamento, gemido?
¿Acaso un herido? ¿El Canto de la Tierra?
¿Un fugitivo por el monte?
Di: ¿Cómo lo prefieres: crudo,
cocido, a punto, pasado, o tal vez
ero, can, te?—
Oh, la Mesa Familiar:
yo os consagro y os describo
fielmente.
Pero dime: ¿Recuerdas tu niñez?
Recuerdas las cenizas de Hiroshima?
Oh, cómo caían sobre las cosas.
Recuerdas como se metían en todo,
manos, ojos, palabras?
Recuerdas tus dedos mandados
de ceniza cuando tocaste el capó
de la cupé?
¿Eh?
Recuerdas aquella delgada, delgadísima…
cómo se dice eso, eso...
que se deposita ligeramente...
no no, polvo no...
pátina tampoco...
eso como una capa finísima...?
¡Película, película, como
una delgadísima película sobre
las cosas!
Oh, cómo caían caían
las cenizas de Hiroshima.
Al principio leves, apenas sueño
sobre los labios de las hojas,
me parece que las veo:
temblorosas,
oscilantes,
en copos,
desflecadas,
apenas crepitantes,
luego crecientes, olas gigantes,
transversales, sudarios de
cenizas,
cubriendo todo todo:
patios,
chiqueros,
lagunas,
esteros,
montes de eucaliptos,
álamos,
limoneros,
y esa mano, esa manecita
Que aprieta un sonajero,
Oh cómo caían
caían,
las cenizas de Hiroshima.
Me parece que las siento:
el ruido de los pensamientos
del aire:
sobre establos,
aserraderos,
sierras,
bañados,
dormideros,
cómo se metían en los días,
en las noches, en los sueños,
así, así: ¿Oyes el sonido que
hace mi mano al cerrarse en el aire?
¿Verdad que es difícil, casi
imposible percibir?
Y sin embargo, algo, algo,
se atrapa: éste es el auténtico
sonido de las cenizas de Hiroshima.
¿Recuerdas tu niñez,
el ciclón donde dormías,
recuerdas que decías:
"Me sostendré en el vacío,
me tomaré del aire,
sea como sea sobreviviré,
me recogeré en el corazón del
torbellino"?
¿Recuerdas, recuerdas las fronteras?
"¿Qué miras ahí,
donde no hay nada,
sólo montes y caminos?
Entra, hace frío."
¿Recuerdas:
"Padre mío:
he aquí el fuego,
he aquí la leña,
pero, ¿dónde está
el cordero?"
Ahora dime: esta Voz, la que habla,
¿de quién es? ¿La del Padre, la
del Hijo, la del Espíritu Santo,
o tal vez la del Cordero?
¿O la de todos? ¿O la de ninguno?
¿De quién es el cuerpo que se oculta
tras las palabras?
¿Hay un cuerpo?
¿Hay un cuerpo?
Oh ese clamor, ese antiguo clamor...
Cómo caían, caían
las cenizas de Hiroshima.
pero perdón, debo levantarme:
estoy emocionado."
Oh, la Misa Familiar,
yo os consagro y os describo
fielmente.
Pero ahora que reparo: ¿Los discípulos
dónde están? ¿Y el Maestro, se
ha retirado?
"En verdad, en verdad os digo:
uno de ustedes me entregará..."

…
¡Qué silencio! ¡Cómo ha oscurecido!
…
¿Escuchas...
del lado de la llanura...
esos gritos...?
…
¿Tal vez ecos de Tupambaé? ¿Eh?
¿Eh?
…
¿Nunca acabará?
…
¿Qué?
…
¿Eh?
…
Padre Santo: te juego un serio.
¿Me matarás si digo lo que veo
en el fondo de tus ojos?
A ver,
a ver,
sí… es indudable…
aquí hay algo... sí... sí...
quí-mi-co...
¡Químico!
¡Oh el Pecado del Siglo!
¡El Pecado Químico!
¡Y descubierto aquí, aquí...
entre nosotros!
¡Gloria, gloria para las Letras Nacionales!
Está en todo, en todo:
en esa leve, levísima conmoción central que la dicha
sufre de repente,
en esa ciudad bombardeada y en ese hombre que se levanta
en medio del polvo y la ceniza,
en esos árboles de raíces expuestas, desnudas, en los
patios leprosos de los hospitales,
en los hombres que los pueblan, de entrañas colgantes,
vísceras en el aire "sanza tempo tinta",
en todo, en todo:
en esos patios,
y en esos muros que cambian de nombre (pero no de cifras)
según el tiempo,
en esa ausencia inexplicable de todo lo que parecía
presente,
en esa traición que las escuelas no nombran,
en todo aquello que el lenguaje oculta
y que tarde se descubre,
está en el crimen,
en el amor humillado en viles fondos de comisarías,
en las técnicas de la pregunta,
en las técnicas del acecho humano,
en las vigilancias,
en los seguimientos,
en los hombres que hablan de espaldas en piezas sórdidas
de ventanas cerradas,
en los hombres que miran de espaldas,
en los hombres que matan de espaldas,
en los que combaten con un ejército contra hombres solos,
desnudos y sin armas,
en la tinta de los cobardes,
en sus palabras,
en sus versos,
en las ciudades vigiladas,
en los que se hacen los que no ven pero han visto,
en los que dicen que no saben,
que no supieron,
que estaban distraídos:
en las miradas químicas,
en las sonrisas químicas,
en el amor químico,
en el aire químico,
en los mares químicos,
en la tierra química,
en las guerras químicas,
en los padres químicos,
en los hijos químicos,
en las selvas químicas,
en los sueños químicos,
en los pensamientos químicos,
en la Palabra-Química:

¡Oh

Napalm

del

alm

a!

¡Oh

Napalm

del

alm

a!

¡Oh la Musa la Musa Familiar!
A la derecha
el padre,
a la izquierda,
vla madre,
al frente
el espíritu
serpenteante
se extiende sobre
las aguas de la sopa, la sopera
la carne asada todavía humeante
en el altar de la Mesa,
la cóncava porcelana antigua,
el pescador, la barca, la paloma,
para luego dirigirse a
los galpones donde desde antiguo
oscuros cuerpos agonizan.

¿No es divino el cordero?

Luego lluvia, lluvia.
Cuarenta días y cuarenta noches.
Habrá un sueño donde morir apretado,
rodilla contra rodilla,
habrá un Mesías a la madrugada.
Ahora una voz dice:
"¿Una ramita de muérdago para atravesar la
noche?"
Ahora otra voz dice:
"¿Quién habla en realidad aquí, quién habla
en realidad aquí?"
Ahora una tercera voz dice:
"Desarreglar el poema y comenzarlo de nuevo."


a Marosa di Giorgio


Elías Uriarte Hiroshima

miércoles, 23 de septiembre de 2009

1950 poema de Stephen Morrissey




1950

Yo nací en la mitad del siglo:
50 años antes del 2000,
50 años después de 1900.
Los hornos crematorios
todavía apestaban.
Idi Amin y Pol Pot aún eran jóvenes.
En 1950, alguien puso un martillo en sus manos
y les dijo:
"Aplastad tantos cráneos
como sea posible"
y lo hicieron.
El cuerpo de Hitler,
piernas carbonizadas,
oscurecidas de cenizas y de hueso,
permanecía aún caliente
y como si estuviese vivo
nos hablaba en susurros.
Con la mano derecha, aún sin descomponerse,
dibujaba swasticas en el polvo.

En los 50 vivía cada tarde de domingo
a través de la Twentieth Century
en la televisión:
el dia Dieppe,
Messerschmitt y Panzers.
Amigos judíos en la escuela
perdieron ambas ramas familiares
y ya nunca las conocerían.
Un día sabrán—nos decían.
E imaginábamos que aún podríamos oír las bombas
explotando en un cielo rojo,
escondidos bajo las mesas de la cocina,
mientras las sirenas de las incursiones aéreas
sonaban a lo lejos recordándonos
el sonido de las ametralladoras
como lluvia que cae sobre un techo de hojalata.
Se dispararon tantas balas como personas murieron
en Babi Yar, alrededor de 10. 000.
En Dresde las calles se convirtieron en asfalto líquido.
Todo eso flotaba en la atmósfera
como humo ¿o eran nuestras mentes?
un prolongado grito ¿o era Mao Tse Tung
y la Gran Marcha del ejercito rojo,
el paso de la gente a través del continente
de este siglo?
Sus nombres como ciudades,
lugares donde la gente era llevada y ejecutada
o claudicaba y se rendía:
Stalin, Hitler, Mussolini
Ho Chi Minh, Castro.

Yo nací en la mitad de un siglo
conocido por su crueldad.
Tumbas masivas descubiertas al paso de los años,
soldados polacos ejecutados en un bosque a las afueras de Varsovia,
enterrados allí donde cayeron,
hombres con capas blancas mirando a las bulldozers
velar a los muertos.
Cuerpos ajados, carnes grises, oscuros genitales desnudos
expuestos sin vergüenza.
Colgaron los muertos
sobre las espaldas de los asesinos
como costados de reses.
Arrojados en tumbas colectivas
de millas de largo, cuerpos
hinchados y cubiertos de limo.
Esta semana ví los muertos
en la televisión
mezclados y retorciéndose en olas turbias,
coloreándose el agua con la carne en descomposición.
Incontables actos de homicidio,
la muerte del alma, la muerte del espíritu.
Atrapados por aldeanos
que los descuartizaron a machetazos, sus vecinos,
el matadero humano,
dando cuerpo a un rompecabezas de rojas partes.
No podemos reordenarlas.
No podemos tratar con tanta muerte.
Así que no pienses en eso.
Vuelve a tu propia vida.
Los muertos no pueden volver a vivir,
no pueden regresar para visitarnos.
¿Qué significan estos cuerpos
ahora que hemos visto tanta muerte?

Luchamos con el demonio, salvemos
lo que es bueno y precioso:
prehistóricas manos dibujadas en una cueva de Lascaux,
los tapices de Bayeux, el libro de Kells.
Con un pie en cada mitad de siglo,
recuerdo cuando Stalin
mataba de hambre a los ucranianos,
y las mujeres gritaban en las calles de Saigón.
Estamos hipnotizados por tantas escenas de muerte.
Mientras más vemos, más evadimos
nuestra propia muerte.
Ejecuciones en las calles, el cuerpo
colgado de un hombre
repetidamente batido con el metal doblado
de una silla,
sus pies a seis pulgadas del piso,
su cara ennegrecida y
una multitud mirando temerosa y reverente
la ausencia de vida en aquel que sólo momentos antes
se nos asemejaba,
los miles de toneladas
de sufrimiento humano como toxinas liberadas
flotan en la atmósfera,
gemidos y gritos grabados.
Ningún catalogo del sufrimiento humano es completo:
Rwanda, Armenia, Liberia, Bosnia...

1950

I was born
in the middle of the century;
fifty years before 2000
fifty years after 1900.
The human crematoria
were still warm;
Idi Amin and
Pol Pot were young
in 1950; someone
put a hammer in their hands
and told them "crush
as many skulls
as possible,"
and they did. Hitler's
body barley cold,
his legs charred black
with ash and bone;
as if still alive,
he spoke in whispers
and with his good
right hand
drew swastikas
in the dirt.

In the 1950s
I lived each Sunday
afternoon through
The Twentieth Century
on television:
D-Day and Dieppe,
Messerschmitts and panzers;
Jewish friends at school lost
whole branches of families
they would never meet-
"one day you'll know"
they said. We imagined
we could still hear
bombs exploding
in a red sky;
hid under kitchen
tables while air raid sirens
wailed, and in the mind's distance
the sound of machine guns
like rain on a tin roof,
as many bullets fired
as people killed at Babi Yar,
over 100,000; at Dresden
streets turned into melted asphalt.
These events caught
in the atmosphere, like smoke
or was it our minds?
A prolonged scream,
or was it Mao Tse-tung
and the Red Army's
Long March,
the passage of people across
the continent
of this century?
Their names are like
cities, places where
people meet and are
executed, or believe
and surrender: Stalin,
Hitler, Mussolini, Ho Chi Minh,
Castro.

I was born in the middle
of a century known
for cruelty: mass graves
unearthed years after burials;
Polish soldiers shot
in a forest outside
Warsaw, buried where they
fell; men in white
coats watch bulldozers
uncover the dead,
bodies limp, flesh grey,
naked dark genitals
exposed without shame.
They hung the dead
over the backs
of the killers
like sides of beef,
dumped them
in mile-long
mass graves;
the bloated bodies
covered with lime.
Even this week
I saw the dead on television
tossed and twisted
in muddy waves, water the colour
of decaying flesh. The many
acts of homicide, soul
death, spirit death;
trapped by villagers
who hacked neighbours
into pieces with machetes;
the human abattoir,
bodies a red jig-saw puzzle of parts.
We can't sort these pieces,
we can't deal with this much
death, so don't think
about it, get on with life,
the dead can't return
to life, they can't
return to haunt you;
what do these bodies mean,
now we've seen
so much death?

We struggle
with evil, save
what is good as precious:
prehistoric hands drawn
on a Lascaux cave;
the Bayeaux Tapestry;
the Book of Kells.
With one foot in both
halves of the century
I remember when
Stalin starved Ukrainians,
and women cried
in Saigon's streets.
We are mesmerized
by scenes of death; the more
we see the more we evade
our own mortality: street
executions, a hanged man's
body repeatedly battered
with a metal folding chair,
his feet six inches
from the ground;
his face turned black,
a crowd watches
afraid and awed
at the lifelessness of what,
moments before,
resembled us;
the thousand tons
of suffering like toxins
released into
the atmosphere, the recorded
groans and screams;
no catalogue
of suffering
is complete: Rwanda,
Armenia, Liberia,
Bosnia...

Stephen Morrissey From The Trees of Unknowing, Montreal 1978

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