/ El establo de Pegaso: Elena Soto
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martes, 3 de enero de 2023

Brumación

 


Brumación

«et mox
bruma recurrit iners».
(y pronto
retorna el inerte invierno.)
Oda 7 del libro IV de Horacio.

El solsticio de invierno se arrastra, vertebra a vertebra,
sobre el lomo de la culebra de esculapio,
la bruma resbala hasta su caja torácica y
se apodera del ritmo de la sangre,
el corazón va más lento
y la respiración se amansa.
El solsticio de invierno dilata sus pupilas,
la bruma le ablanda la piel, le dulcifica las escamas.
En una danza hipnótica la culebra de esculapio contonea la lengua,
buscando en la oscuridad la madriguera con el olor de sus hermanos.
Elena Soto

*La palabra bruma es un cultismo que procede del latín; en origen significaba ‘solsticio de invierno’ (época del año en la que los días son más cortos) y, por extensión, designa de forma poética y genérica al invierno. Las Brumales (en latín Brumalia) eran las fiestas del solsticio de invierno.

La brumación es un estado de aletargamiento que experimentan reptiles y anfibios durante el invierno o períodos prolongados de bajas temperaturas. Los animales ectotermos o de sangre fría, es decir, aquellos que no son capaces de regular su temperatura corporal, sino que dependen de fuentes de calor externas como el sol, disminuyen su actividad metabólica para ahorrar energía.

Culebra de Esculapio – Zamenis longissimus

culebra-esculapio-zamenis-longissimus-elaphe-longissima-02 

Especie de gran tamaño, de aspecto esbelto y estilizado, con una cabeza estrecha y alargada. Esta culebra debe su nombre a Asclepio, dios griego (Esculapio para los romanos) de la curación y la medicina, en cuya imaginería porta un bastón con serpiente enroscada, que hoy es el símbolo de la Medicina. En cuanto a su nombre científico, el específico de longissimus  (la más larga) estaría plenamente justificado para Europa Central, ya que puede alcanzar los 2.000 mm de longitud total.


 

 

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Poema a Lise Meitner

Una corazonada en el bosque blanco 

 

Lise tiene un cráter en la cara oculta de la Luna,

Otro, en la Planitia Labinia venusiana,

además de un asteroide entre las órbitas de Marte y Júpiter,

el 6999 Meitner.

Su nombre figura también en el columbario de la tabla periódica,

en el séptimo cielo de los elementos sintéticos,

con un epitafio en su memoria:

«meitnerio.

Símbolo atómico: Mt 

Número atómico: 109 

Peso atómico: 278». 

La casilla, a modo de urna cineraria,

da cuatro pinceladas sobre su inestable habitante,

con una vida media tan breve

que apenas supera unos segundos.

 

Pero, más allá de cráteres, asteroides y elementos,

en la mirada melancólica de Lise, se intuye

el largo camino que va desde el sótano clandestino de Berlín,

donde realizaba sus experimentos,

hasta el paisaje nevado de Estocolmo,

donde alcanzó la iluminación atómica.

El resplandor encajaba con las ecuaciones.

Lise vio  la escisión del núcleo de uranio como una gota líquida,

como una lágrima vacilante,

que, finalmente, resbala antes de que llegue el llanto,

en un mecanismo liberador de reacción en cadena.

Fue una corazonada en el bosque blanco.

Tras algunos cálculos, Lise vislumbra la fisión,

la vasta y terrible energía que desprende;

el suelo se tambalea, se estremecen los abedules plateados,

tiemblan los álamos en las montañas de Nuevo Méjico,

y su aliento suspendido en el frío forma un hongo de vaho

que  se desvanece.

Oppenheimer dijo que, tras la prueba nuclear de Trinity,

recordó el verso del Bhagavad Gita

«Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos».

Aquella Navidad de 1938, al interpretar los resultados,

Lise vio el deslumbrante resplandor,

la danza atómica de los neutrones,

girando como derviches enajenados hacia la devastación.

 

Elena Soto

 

A hunch in the white forest

 

Lise has a crater The hidden face of the Moon,

Another, on the Venusian Planitia Labinia,

plus an asteroid between the orbits of Mars and Jupiter,

6999 Meitner.

Its name also appears in the columbarium of the periodic table,

in the seventh heaven of the synthetic elements,

with an epitaph in his memory:

"meitnerium.

Atomic symbol: Mt

Atomic number: 109

Atomic weight: 278".

The box, like a cinerary urn,

gives four glimpses of its unstable inhabitant,

with a half-life so short

that it barely exceeds a few seconds.

 

But, beyond craters, asteroids and elements,

in Lise's melancholy gaze, you sense

the long way from the clandestine basement of Berlin,

where she performed her experiments,

to the snowy landscape of Stockholm,

where she attained atomic enlightenment.

The glow fit the equations.

Lise saw the uranium nucleus split as a liquid drop,

like a hesitant tear,

that finally slips before the crying comes,

in a liberating chain reaction mechanism.

It was a hunch in the white forest.

After some calculations, Lise glimpses fission,

the vast and terrible energy it gives off;

the ground shakes, the silver birches tremble,

the aspens tremble in the mountains of New Mexico,

and its breath suspended in the cold forms a mushroom of mist

that fades away.

Oppenheimer said that after the Trinity nuclear test,

he remembered the verse from the Bhagavad Gita.

"Now I have become death, the destroyer of worlds."

That Christmas 1938, interpreting the results,

Lise saw the dazzling radiance,

the atomic dance of the neutrons,

whirling like alienated dervishes toward devastation.


 Sobre Lise Meitner

Lise Meitner (1878-1968) nació en Viena, donde recibió la educación tradicional que se daba a las niñas en esta época y que consistía en una instrucción básica que finalizaba a los 14 años. Pero esta mujer inteligente y con gran inclinación hacia la ciencia no se conformó, siguió estudiando y completó su formación con un tutor.
A pesar de las trabas, tuvo la suerte de que su maestro, Arthur Szarvassy, fuera un físico que la preparó en las ciencias puras y gracias a estos conocimientos aprobó los exámenes de ingreso en la Universidad de Viena, un logro inaudito para la época. En esta institución acudió a las clases del físico teórico Ludwig Boltzmann, al que admiraba profundamente y que sería el científico más influyente en el desarrollo de su vocación.
Meitner se muda a Berlín en 1907, pensando en una posible colaboración con Max Planck quien, por primera vez, admite a una mujer en sus clases, poniéndola en contacto con Otto Hahn, un joven químico de su misma edad que investigaba sobre isotopos radioactivos; juntos crearon un equipo de trabajo en el que la aportación de Meitner era fundamental porque su colega carecía de la formación en física para explicar teóricamente los experimentos.
En 1907, Hahn fue admitido en el Instituto de Química de la Universidad de Berlín, pero las mujeres tenían prohibida la entrada al centro y Meitner solo pudo conseguir una estancia en el sótano para continuar con sus investigaciones. Pasó cinco años en la sombra y sin salario hasta que, finalmente, sus méritos fueron reconocidos y obtuvo el permiso para acceder a los laboratorios, cobrando un pequeño sueldo.
En 1917 Meitner y Hahn lograron aislar el isotopo del protactinio, lo que les valió la medalla Leibniz de la Academia de Ciencias de Berlín, pero el tema que durante años centró sus investigaciones y por el que alcanzaron mayor reconocimiento fue el de los elementos radiactivos.
Cuando Hitler llegó al poder, en 1933, la situación comenzó a complicarse, Meitner, a pesar de ser judía, no fue despedida por su nacionalidad austríaca, pero todos los científicos de origen judío fueron obligados a dimitir de sus puestos en los centros de investigación. En 1938, cuando Alemania anexionó a Austria, fue expulsada de la Universidad de Berlín y viendo peligrar su vida, huyó del país trasladándose a Estocolmo, donde logró un puesto en el laboratorio del científico Manne Siegbahn.
Desde Suecia, Meitner continuó su correspondencia epistolar con Hahn, que por aquel entonces seguía trabajando en Berlín con el químico Fritz Strassman.

El 19 de diciembre de 1938 Lise recibe una carta de Hahn con un sorprendente resultado, tras bombardear uranio con neutrones obtenían bario, el núcleo de uranio se había dividido en dos, algo que, en principio, no encajaba con todos experimentos que se habían realizado hasta entonces y no eran capaces de interpretar los resultados.
Lise pasea por la nieve con su sobrino Otto Frisch, buscando una explicación que pudiera cuadrar con estas observaciones y
pensó que  el modelo de la gota líquida  podía describir el proceso de separación del núcleo de uranio, sentando las bases teóricas para la comprensión de este nuevo fenómeno. Además, para calcular la cantidad de energía desprendida recurre a la ecuación de Einstein (E=mc2). Meitner se dio cuenta de que en los experimentos llevados a cabo por sus colegas se había producido una fisión nuclear y realizó la explicación teórica del fenómeno. Con sus análisis descubrió el enorme potencial explosivo que podría generar una reacción en cadena y la bautizó como fisión nuclear, que es el nombre con el que se la conoce desde entonces. En este momento Eureka estaba acompañada por su sobrino, el físico Otto Frisch, que colaboró en el descubrimiento. De hecho, Frisch regresó a Copenhague, donde fue capaz de aislar los restos producidos por la reacciones de fisión.
La científica interesó al gobierno de los EEUU que, en 1943, intentó reclutarla sin éxito para trabajar en el desarrollo de la bomba atómica, basada precisamente en el principio de la fisión nuclear, pero rechazó la oferta.
La concesión en 1944 del premio Nobel al alemán Otto Hahn «por su descubrimiento de la fisión de los núcleos pesados», fue una gran injusticia muy criticada por la comunidad científica, que consideraba a Meitner como coautora del hallazgo. Se sabía que la física había liderado el grupo de investigación y que después de su partida había seguido en contacto por carta con Hahn y Strassmann y que, sin su interpretación, el puzle estaba incompleto. En la biografía Lise Meitner: A Life in Physics, de Ruth Lewin Sime, se dice que el comportamiento de Hahn fue «una simple supresión del pasado», y que ella formaba parte de ese pasado suprimido.
El de Meitner es uno de los casos más claros en los que el comité de los premios Nobel ha pasado por alto la contribución de una mujer en un descubrimiento científico que cambió la historia de la humanidad. Meitnerio
El meitnerio de símbolo Mt y número atómico 109 debe su nombre a Lise Meitner. Fue descubierto accidentalmente en 1982 por los científicos alemanes Peter Ambruster y Gottfried Münzenberg en el Laboratorio de Iones Pesados del Gesellschaft für Schwerionenforschung (GSI), de Darmstadt, Alemania. Es altamente radiactivo, no existe en la naturaleza y ha sido sintetizado en cantidades muy pequeñas combinando núcleos de átomos más ligeros. Su vida media es muy corta, de hecho, para estudiar este elemento, y otros que presentan esta característica, se ha desarrollado la técnica “atom at a time”. En estos experimentos se trabaja literalmente con átomos individuales.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Babas de ángel

Por su longevidad, el tejo es un árbol que desde la antigüedad se ha relacionado con la eternidad. Sus hojas, madera, corteza y semillas son tóxicos, solo el arilo (envoltura roja que rodea la semilla) es comestible. A estas falsas bayas, en algunos lugares se las conoce como ‘babas de ángel’.


 Babas de ángel


Al final del camino, junto a la ermita,
se alza el Tejo del Paraíso,
el Edén sombrío creado por la materia amorosa de los hongos.
Quien prueba su fruto adquiere la ciencia de la tierra sabia
y por un instante intercambia su saliva con los ángeles
comulgando con la fracción de vida de la muerte
porque sus semillas esconden el misterio del retorno.
Quien come de sus bayas quiebra la fugacidad de toda huella
porque su pisada arraiga
y se convierte en vestigio
alcanzando la vida de tres cuervos, tres lobos, tres serpientes,
y desciende
tres ciervos, tres caballos, tres toros,
y desciende tres generaciones atrás
hasta llegar a las trece eras desde la creación.

Elena Soto, poema de Invierno sin corazón (Kernlose winter)

The Yew Fortingall (Taxus baccata) es un tejo milenario en el cementerio de la pequeña localidad de Fortingall en Perthshire (Escocia).


martes, 30 de octubre de 2018

Placeres desconocidos en la constelación de la Zorra



Placeres desconocidos en la constelación de la Zorra

A Jocelyn Bell

Una taza puede ser un placer desconocido,
si tus manos acarician las ondas de un púlsar
de la constelación de Vulpecula.
El café impacta contra el fondo y,
mientras se vierte,
PSR B1919+21 ya ha dado una vuelta
-un giro cada 1,33730113 segundos-.
Aunque una taza nada tiene que ver con una estrella pulsante,
ni el chorro de café con una señal electromagnética,
fantaseo imaginando alguna leyenda interesante
de la constelación de la Zorra que,
según la Wikipedia, no tiene ninguna referencia mitológica.
Pero, en agosto de 1967, cuando Jocelyn Bell
detectó una señal de radio extraterrestre
que se repetía periódica cada 1,3 segundos.
la bautizó como Little Green Men 1 (LGM1),
los hombrecillos verdes.
Más tarde, descubrió que el origen del bip-bip regular
era un cadáver estelar rotando como un faro fantasma.
No había duendes galácticos.
La constelación de la pequeña Zorra regaló a Jocelyn
el primer electrocardiograma del latido
de una estrella pulsante de neutrones;
un buen currículum para la discreta Vulpecula.
El patrón de líneas del corazón errante PSR B1919+21
se convirtió en un icono,
alguien pensó que el perfil de sus ondas,
también era un placer desconocido
(Unknown Pleasure)
y el sonido cósmico acabó en la portada de un disco.
A miles de años luz de Vulpecula,
vuelvo a los rituales cotidianos,
al café y a la taza terrestres,
un ajuste fino al echar el azúcar
me ayudará en los cálculos cósmicos.
Los expertos dicen
que una cucharadita de su materia estelar
pesa tanto como el Everest.

Elena Soto

En el verano de 1967, la astrofísica Jocelyn Bell descubrió un patrón de señales de radio muy cortas y regulares, que procedían de un exótico objeto localizado en la constelación de Vulpecula (la pequeña Zorra); el origen de las ondas era una estrella pulsante (púlsar), la primera que se había detectado y que se bautizó como PSR B1919+21.
Doce años después, la banda de post-punk Joy Division utilizó el gráfico de las ondas del púlsar, con los colores invertidos, como portada de su álbum Unknown Pleasures (Placeres desconocidos). Actualmente el diagrama de los latidos de PSR B1919+21 es un icono del merchandising.


Unknown pleasures in the constellation of the Vixen


To Jocelyn Bell



A cup can be an unknown pleasure,
if your hands caress the waves of a pulsar
the constellation of Vulpecula.
The coffee hits the bottom and,
while pouring,
PSR B1919 + 21 has already come around
-one turn every 1.3737303 seconds-.
Although a cup has nothing to do with a pulsating star,
nor the jet of coffee with an electromagnetic signal,
I fantasize imagining some interesting legend
about the constellation of the Vixen that,
according to Wikipedia, it has no mythological reference.
But, in August of 1967, when Jocelyn Bell
detected an extraterrestrial radio signal
that was repeated periodically every 1.3 seconds.
He named it Little Green Men 1 (LGM1),
los hombrecitos verdes.
Later, she discovered that the origin of the regular beep-beep
it was a star corpse rotating like a ghost beacon.
There were no galactic goblins.
The constellation of the little Vixen gave Jocelyn
the first heartbeat electrocardiogram
of a pulsating neutron star;
a good curriculum for the discrete Vulpecula.
The pattern of wandering heart lines PSR B1919 + 21
he became an icon,
someone thought that the profile of their waves,
it was also an unknown pleasure
(Placer desconocido)
and the cosmic sound ended up on the cover of a record.
Thousands of light years away from Vulpecula,
I return to daily rituals,
to coffee and the terrestrial cup,
a fine adjustment when pouring sugar
It will help me in the cosmic calculations.
The experts say
than a teaspoon of your star stuff
it weighs as much as Everest.


martes, 30 de enero de 2018

Retrato de paleontóloga con perro

Mary Anning realizaba a diario, junto a su perro Tray, arriesgadas expediciones por los acantilados de la costa de Dorset buscando fósiles, un trabajo duro y peligroso que casi le cuesta la vida. En 1833, debido a un deslizamiento de tierra, su perro se despeñó y ella estuvo a punto de precipitarse al vacío.

A Mary Anning

Cada día, Mary camina al paraíso de los dragones voladores y los peces lagarto,
viaja millones de años atrás,
hasta un tiempo profundo habitado por extrañas criaturas.
Durante la tormenta, cuando el oleaje agita las páginas rocosas de la Tierra,
llega la hora de los fósiles.
En compañía de Tray, Mary va hacia los acantilados azules,
sabe que con el vendaval los pterosaurios despliegan las alas
y que las sirenas cisne reptan por la arenisca,
de alguna forma, los monstruos siempre acaban en las manos de Mary.
La tempestad deja a la intemperie las vértebras del Jurásico,
desnuda el tiempo geológico y, también, el dolor,
despeñando a Tray en el abismo.
Hubo un tiempo en que la costa estuvo bajo un mar tropical;
a su manera, ‘Duria Antiquior’ fue un Edén
y los despojos todavía duermen en las rocas
esperando los embates de las olas.
Conchas de moluscos primitivos
se desperezan con la marea baja
y brillan, entre los guijarros de la playa,
como espirales de cuerno de carnero.
Mary guarda en su cesta las reliquias,
algunas las venderá por pocos chelines,
con otras reconstruirá delfines lagarto y serpientes pez.
Hay huesos que encadenan alfabetos
y relatan historias sorprendentes,
muy distintas a las que cuentan los libros sagrados.
Mary ignora, o tal vez no,
que sus seres quiméricos resquebrajan paradigmas,
y que algunas creencias ya están en extinción,
como sus criaturas.

Elena Soto


Portrait of paleontologist with dog

Mary Anning performed daily, along with her dog Tray, risky expeditions on the cliffs of the Dorset coast looking for fossils, a hard and dangerous work that almost cost her life. In 1833, due to a landslide, her dog fell down and she was about to rush to the void.





Mary Anning (1799-1847) fue la primera paleontóloga reconocida como tal además de paleontóloga coleccionista y comerciante de fósiles inglesa, conocida en todo el mundo por los numerosos hallazgos de importancia que realizó en los lechos marinos del período Jurásico en Lyme Regis. Su trabajo, contribuyó al cambio radical en la manera de entender la historia de la Tierra.
Anning no era una simple fosilista, leía todo lo que se publicaba sobre paleontología, diseccionaba peces y sepias comparándolos con los fósiles que encontraba y podía decir mucho de un animal a partir de un solo fragmento; había aprendido por su cuenta más de lo que sabían los expertos de la época.

 Pero Anning fue considerada una intrusa en la sociedad científica británica; sufrió una doble discriminación, por ser mujer y por proceder de clase baja. En una sociedad tremendamente clasista, ella no era más que la hija de un carpintero. Si hubiera formado parte de la comunidad científica, probablemente tendríamos mucha más información sobre sus descubrimientos. 
Más allá del descubrimiento de especies, sus pruebas paleontológicas contribuyeron a que se dieran cambios fundamentales a principios del siglo XIX en la manera de entender la vida prehistórica y fueron claves para demostrar la extinción, un elemento indispensable para el posterior desarrollo de la teoría de la evolución.