/ El establo de Pegaso: Ida Vitale poemas
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jueves, 10 de septiembre de 2009

Donde vuela el camaleón

Los juegos de la ira




Primero todos intercambiaban con él el pan y la sal. Después manifestaron, torvos, que él había dejado de merecer el pan. Que quizás nunca lo había merecido. Y se lo suprimieron. Él esperaba, sometido a la lógica, que le fuera retirada la sal, ahora inútil. Pero un día vinieron, uno tras otro, minuciosos y acordados, lo estaquearon y desgarraron parte de su piel. Luego extendieron sobre las heridas toda la sal a la que tenía derecho, retirándose con la perversa seguridad de que no le sería posible acusarlos de ese pecado tan denostado, la avaricia.

Donde vuela el camaleón. Ediciones Sin Nombre, Casa Juan Pablos (México) .

Gratitudes de verano

En el verano:
viento de la esquina,
verde sobreviviente en la sequía,
tenue, obstinada nube que aparece
y cruza sola el cielo imperturbable,
agasajo de la sombra del árbol,
vaso de agua al regreso: muchas gracias.
Rapado, el pasto tiene olores
a pequeño cadáver indeciso,
otra culpa del verano profundo.
Desolada de ferocísimo sol,
esta pared lo escupe. Sólo faltan
tristezas de pájaros agónicos
para mojar el borde de un pañuelo.
A ti, alfabeto,
gracias te sean dadas,
por acudirme, pese a esta miseria:
musitas y aminoras con memorias
de milagrosas y narradas lluvias,
de mares y manzanas, tanto agobio,
que olvido este calor y que aún lo escribo.

******************


Sumas

caballo y caballero son ya dos animales

Uno más uno, decimos. Y pensamos:
una manzana más una manzana,
un vaso más un vaso,
siempre cosas iguales.

Qué cambio cuando
uno mas uno sea un puritano
más un gamelán,
un jazmín más un árabe,
una monja y un acantilado,
un canto y una máscara,
otra vez una guarnición y una doncella,
la esperanza de alguien
más el sueño de otro.

De Reducción del infinito 2002

Ida Vitale

jueves, 14 de mayo de 2009

Dos poemas de Ida Vitale


Fotografía del Archivo de la Residencia de Estudiantes


Aclimatación


Primero te retraes,
te agostas,
pierdes alma en lo seco,
en lo que no comprendes,
intentas llegar al agua de la vida,
alumbrar una membrana mínima,
una hoja pequeña.
No soñar flores.
El aire te sofoca.
Sientes la arena
reinar en la mañana,
morir lo verde,
subir árido oro.

Pero, aún sin ella saberlo,
desde algún borde
una voz compadece, te moja
breve, dichosamente,
como cuando rozas
una rama de pino baja
ya concluida la lluvia.



Obstáculos lentos

¿Si el poema de este atardecer
fuese la piedra mineral
que cae hacia un imán
en un resguardo hondísimo;

si fuese un fruto necesario
para el hambre de alguien,
y maduraran puntuales
el hambre y el poema;

si fuese el pájaro que vive por su ala,
si fuese el ala que sustenta al pájaro,
si cerca hubiese un mar
y el grito de gaviotas del crepúsculo
diese la hora esperada;

si a los helechos de hoy
—no los que guarda fósiles el tiempo—
los mantuviese verdes mi palabra;
si todo fuese natural y amable?

Pero los itinerarios inseguros
se diseminan sin sentido preciso.
Nos hemos vuelto nómadas,
sin esplendores en la travesía,
ni dirección adentro del poema.

Ida Vitale, poeta y crítica uruguaya nacida en Montevideo en 1924