/ El establo de Pegaso

jueves, 6 de diciembre de 2018

Ciencia y belleza


Science and the Sense of Wonder, escrito por Isaac Asimov el 12 de agosto de 1979, en The Washington Post.
A proposito del poema el astrónomo de Walt Whitman, Asimov escribe sobre la belleza y el asombro de la ciencia.

“Cuando escuché al astrónomo erudito;
cuando las pruebas, las figuras, se alinearon ante mi;
cuando me mostraron los mapas celestes y las
tablas para sumarlos; dividirlos y medirlos;
cuando, sentado, escuché al astrónomo
que hablaba entre aplausos en la sala de conferencias,
de repente, sin motivo, me sentí cansado y hastiado;
hasta que me levanté y salí, para vagar solo,
en el húmedo y místico aire nocturno,
y de vez en cuando,
levantaba la vista en silencio hacia las estrellas”.

Me imagino que muchas personas, al leer los versos de uno de los poemas más famosos de Walt Whitman se dirán a sí mismas, con entusiasmo: “¡Qué gran verdad! ¡La ciencia le quita toda la belleza, reduciéndola a números y tablas y medidas! ¿Para qué molestarse en saber todo eso cuando puedo salir y mirar las estrellas?
Ese es un punto de vista muy conveniente, ya que no solo convierte el conocimiento en innecesario, sino en estéticamente equivocado al hecho de tratar de comprender esas ‘cosas difíciles de ciencia’. En su lugar, se puede echar un vistazo al cielo nocturno, obtener una impresión de su belleza e irse de fiesta a un club.
El problema es que Whitman hablaba de lo que no sabía, pero el pobre no conocía nada mejor.
No niego que el cielo nocturno es hermoso, yo también me he tumbado en una ladera durante horas contemplando las estrellas y quedándome impresionado por su belleza (recibiendo picaduras de insectos y con marcas que tardaron semanas en desaparecer).
Pero lo que veo con mis ojos, esos puntos de luz parpadeantes y silenciosos, no es toda la belleza que existe. ¿Debo mirar ensimismado una sola hoja e ignorar todo el bosque? ¿Debería conformarme con ver el sol brillar en un solo grano de arena y despreciar el conocimiento de toda la playa?
Esos puntos brillantes en el cielo que llamamos planetas, en realidad, son mundos.
Hay mundos con atmósferas densas de dióxido de carbono y ácido sulfúrico; mundos de líquido candente con huracanes que podrían tragar toda la Tierra; Mundos muertos con marcas silenciosas de cráteres; mundos con volcanes arrojando penachos de polvo hacia el cielo sin aire; mundos con desiertos rosados y desolados, cada uno con una belleza extraña y sobrenatural que se reduce a una simple mota de luz si solo miramos el cielo nocturno.
Algunos de una incomparable grandeza, cada uno de ellos resplandeciendo con la luz de mil soles como el nuestro; hay mundos con atmósferas densas de dióxido de carbono y ácido sulfúrico; mundos con huracanes rojos de líquido candente que podrían tragarse toda la Tierra; mundos muertos con pacíficas marcas de cráteres; mundos con volcanes que crean penachos gigantes de polvo debido a la ausencia de viento; mundos con desiertos rosados y desolados —cada uno de esos mundos tiene una belleza extraña y sobrenatural que se reduce a simples manchas de luz si solamente miramos el cielo nocturno.
Esos otros puntos brillantes, que son estrellas en lugar de planetas, son en realidad soles. Algunos de ellos de incomparable grandeza, cada uno resplandeciendo con la luz de mil soles como el nuestro; algunos no son más que brasas que entregan su energía de manera mezquina. Otros son cuerpos compactos tan masivos como el Sol, pero con toda su masa comprimida en una bola más pequeña que la Tierra. Algunos son aun más compactos, con la masa del Sol comprimida en el volumen de un pequeño asteroide. Y los hay que todavía son aún más compactos, con su masa reducida a un volumen de cero, cuyo emplazamiento está marcado por un campo gravitatorio tan intenso que lo engulle todo y no devuelve nada; con la materia cayendo en espiral en ese pozo sin fondo y lanzando un agónico grito salvaje en forma de rayos X.
Hay estrellas que pulsan infinitamente en una gran respiración cósmica; y otras que, tras haber consumido su combustible, se expanden y enrojecen hasta que engullen a sus planetas, si es que tienen alguno (algún día, dentro de miles de millones de años, nuestro Sol se expandirá y la Tierra se quemará y se evaporará hasta convertirse en un gas de hierro y roca, sin dejar rastro de la vida que alguna vez tuvo). Y algunas estrellas explotan en un vasto cataclismo cuya feroz ráfaga de rayos cósmicos se desplaza hacia casi a la velocidad de la luz, y atraviesa miles de años luz hasta llegar a la Tierra y suministra parte de la fuerza motriz de la evolución a través de mutaciones.
A esa ínfima cantidad de estrellas que vemos al mirar hacia arriba en perfecta calma (no llegan a las 2.500, incluso en las noches más oscuras y despejadas) se le suma una vasta horda que no vemos, hasta trescientos mil millones – 300,000,000,000 – Para formar una gran espiral en el espacio. Esa espiral, la Galaxia de la Vía Láctea, se extiende tanto que a la luz, moviéndose a 300.000 kilómetros por segundo, le lleva cien mil años para atravesarla de un extremo al otro; y al tiempo rota alrededor de su centro en un giro amplio y majestuoso que tarda 200 millones de años en completarse, y el Sol, la Tierra y nosotros también hacemos ese giro.
Más allá de nuestra Vía Láctea hay más, una veintena de galaxias unidas a la nuestra en un cúmulo; la mayoría son pequeñas, con no más de unos pocos miles de millones de estrellas en cada una; pero al menos una, la galaxia de Andrómeda, es el doble de grande que la nuestra.
Más allá de nuestro propio cúmulo, existen otras galaxias y otros cúmulos; Algunos formados por miles de galaxias. Se extienden hacia el exterior tan lejos donde nuestros mejores telescopios pueden ver, sin signos visibles de un final, tal vez cien mil millones de ellos en total.
Y cada vez más estamos encontrando que en el centro de esas galaxias existe una intensa violencia cósmica, grandes explosiones y emanaciones de radiación, señalando, tal vez, la muerte de millones de estrellas. Incluso en el centro de nuestra propia galaxia existe una gran violencia, oculta de nuestro sistema solar y sus alrededores por enormes nubes de polvo y gas que se encuentran entre nosotros y el centro agitado.
Algunos centros galácticos son tan brillantes que pueden verse desde distancias de miles de millones de años luz; distancias desde las que las galaxias mismas no pueden divisarse, de modo que solo los centros brillantes y voraces de energía se dejan ver en forma de quásares. Algunos de estos se han detectado a más de 10 mil millones de años luz de distancia.
Todas estas galaxias se alejan unas de otras, en una vasta expansión universal que comenzó hace 15 mil millones de años cuando toda la materia en el universo estaba en concentrada en una pequeña esfera que explotó en la expansión más grande que se pueda concebir para formar las galaxias.
El universo puede expandirse eternamente o puede llegar el día en que la expansión se ralentice y se invierta en una contracción que vuelva a formar una pequeña esfera y comenzar el juego de nuevo, de manera que todo el universo estaría exhalando e inhalando alientos que quizás, tarden un billón de años en completarse.
Y toda esta visión, que sobrepasa la escala de la imaginación humana, fue posible gracias a los trabajos de cientos de astrónomos éruditos’. Todo esto se descubrió después de la muerte de Whitman, en 1892, y la mayoría en los últimos 25 años, de modo que el pobre poeta nunca supo qué belleza tan insignificante y limitada observó cuando miraba en silencio a las estrellas.
Tampoco nosotros podemos saber o imaginar ahora la belleza ilimitada que la ciencia nos revelará en el futuro.




Science and the Sense of Wonder by Isaac Asimov, August 12, 1979.
When I heard the learn’d astronomer,
When the proofs, the figures, were ranged in columns before me,
When I was shown the charts and diagrams, to add, divide, and measure them,
When I sitting heard the astronomer where he lectured with much applause in the lectureroom,
How soon unaccountable I became tired and sick,
Till rising and gliding out I wander’d off by myself,
In the mystical moist night-air, and from time to time,
Look’d up in perfect silence at the stars.

I imagine that many people reading these lines from one of Walt Whitman’s best-known poems tell themselves, exultantly, “How true! Science just sucks all the beauty out of everything, reducing it all to numbers and tables and measurements! Why bother learning all that junk when I can just go out and look at the stars?”
That is a very convenient point of view since it makes it not only unnecessary, but downright esthetically wrong, to try to follow all that hard stuff in science. Instead, you can just take a look at the night sky, get a quick beauty-fix, and go off to a nightclub.
The trouble is Whitman is talking through his hat, but the poor soul didn’t know any better.
I don’t deny that the night sky is beautiful and I have in my time spread out on a hillside for hours looking at the stars and being awed by their beauty (and receiving bug-bites whose marks took weeks to go away).
But what I see with my eye – those quiet, twinkling points of light – is not all the beauty there is. Should I stare livingly at a single leaf and willingly remain ignorant of the forest? Should I be satisfied to watch the sun glinting off a single pebble and scorn any knowledge of a beach?
Those bright spots in the sky that we call planets are worlds. There are worlds with thick atmospheres of carbon dioxide and sulfuric acid; worlds of red-hot liquid with hurricanes that could gulp down the whole Earth; dead worlds with quiet pockmarks of craters; worlds with volcanoes puffing plumes of dust into airlessness; worlds with pink and desolate deserts – each with a weird and unearthly beauty that boils down to mere specks of light if we just gaze at the night sky.
Those other bright spots, that are stars rather than planets, are actually suns. Some of them are of incomparable grandeur, each glowing with the light of a thousand suns like ours; some of them are merely red-hot coals doling out their energy stingily. Some of them are compact bodies as massive as the Sun, but with all that mass squeezed into a ball smaller than the Earth. Some are more compact still, with the mass of the Sun squeezed down into the volume of a small asteriod. And some are more compact still, with their mass shrinking down to a volume of zero, the site of which is marked by an intense gravitational field that swallows up everything and gives back nothing; with matter spiraling into that bottomless hole and giving out a wild death-scream of X-rays.
There are stars that pulsate endlessly in a great cosmic breathing; and others that, having consumed their fuel, expand and redden until they swallow up their planets if they have any (and some day, billions of years from now, our Sun will expand and Earth will crisp and sere and vaporize into a gas of iron and rock with no sign of the life it once bore). And some stars explode in a vast cataclysm whose ferocious blast of cosmic rays, harrying outward at nearly the speed of light, reaching across thousands of light years to touch the Earth and supply some of the driving force of evolution through mutations.
Those paltry few stars we see as we look up in perfect slience (some 2,500, no more, on even the darkest and clearest night) are joined by a vast horde we don’t see, up to as many as three hundred billion – 300,000,000,000 – to form an enormous pinwheel in space. This pinwheel, the Milky Way Galaxy, stretches so wide that it takes light, moving at 186,282 miles each second, a hundred thousand years to cross it from end to end; and it rotates about its center in a vast and stately turn that takes 200 million years to complete – and the Sun and Earth and we ourselves all make that turn.
Beyond our Milky Way Galaxy are others, a score or so of them bound to our own in a cluster of galaxies; most of them small, with no more than a few billion stars in each; but with one at least, the Andromeda Galaxy, twice as large as our own.
Beyond our own cluster, other galaxies and other clusters exist; some clusters made up of thousands of galaxies. They stretch outward and outward as far as our best telescopes can see, with no visible sign of an end – perhaps a hundred billion of them in all.
And in more and more of those galaxies, we are becoming award of violence at the center – of great explosions and outpourings of radiation, marking the death of millions of stars, perhaps. Even at the center of our own galaxy there is incredible violence, masked from our own solar system far in the outskirts by enormous clouds of dust and gas that lie between us and the heaving center.
Some galactic centers are so bright that they can be seen from distances of billions of light years; distances from which the galaxies themselves cannot be seen so that only the bright starlike centers of ravening energy show up – as quasars. Some of these have been detected from over 10 billion light-years away.
All these galaxies are hurrying outward from each other in a vast universal expansion that began 15 billion years ago when all the matter in the universe was in a tiny sphere that exploded in the hugest conceivable shatter to form the galaxies.
The universe may expand forever or the day may come when the expansion slows and turns back into a contraction to re-form the tiny sphere and begin the game all over again so that the whole universe is exhaling and inhaling in breaths that are a trillion years long perhaps.
And all of this vision – far beyond the scale of human imaginings – was made possible by the works of hundreds of learn’d astronomers. All of it; all of it was discovered after the death of Whitman in 1892 and most of it in the last 25 years, so that the poor poet never knew what a stultifed and limited beauty he observed when he look’d up in perfect silence at the stars.
Nor can we know or imagine now the limitless beauty yet to be revealed in the future – by science.

martes, 27 de noviembre de 2018

Si hubiéramos sido un poco más altos de Ray Bradbury

Ray Bradbury lee su poema "If Only We Had Taller Been" en Jet Propulsion Laboratory de la NASA, en 1971, para celebrar la misión Mariner 9, acompañado por Arthur C. Clarke y Carl Sagan.



Solo que hubiéramos sido un poco más altos

La valla que recorrimos durante años,
nos hizo saltar serenos;
era un lugar a mitad de camino del cielo donde,
entre el verde de la hoja y la promesa del fruto
alzábamos las manos para alcanzar, casi alcanzar el cielo,
si pudiéramos estirarnos y tocar, decíamos,
aprenderíamos a no morir nunca.
A duras penas casi pudimos rozarlo
Solo que hubiésemos sido un poco más altos
tocaríamos el puño de la camisa, el dobladillo de Dios,
no tendríamos que ir con ellos.
con los que se fueron antes
Aquellos que, pequeños como nosotros,
se erguieron tanto como pudieron.
Con la esperanza de que al estirarse, podrían mantener su tierra,
su casa, su corazón, su cuerpo y su alma,
Pero, como nosotros, estaban sobre el abismo.
Ay, Tomás, ¿habrá una raza que algún día se alce
a través del vacío, del universo y de todo?
¿Y, medido con el fuego de un cohete
por fin ponga el dedo de Adán más arriba
como en la bóveda de la Capilla Sixtina,
y la mano de Dios vendrá del otro lado
para medir al hombre y hallarlo bueno
y entregarle el día eterno?
Trabajo para eso.
Hombre pequeño, sueño grande
Lanzó mis cohetes más lejos
entre mis oídos
esperando que una pulgada de Bien valga una libra de años
ansiando escuchar una voz que me responda desde el universo:
¡Hemos llegado a Alpha Centauri!
¡Somos altos, oh Dios, somos altos!



If Only We Had Taller Been
The fence we walked between the years
Did bounce us serene.
It was a place half in the sky where
In the green of leaf and promising of peach
We'd reach our hands to touch and almost touch the sky,
If we could reach and touch, we said,
‘Twould teach us, not to, never to, be dead.
We ached and almost touched that stuff;
Our reach was never quite enough.
If only we had taller been,
And touched God's cuff, His hem,
We would not have to go with them
Who've gone before,
Who, short as us, stood tall as they could stand
And hoped by stretching, tall, that they might keep their land,
Their home, their hearth, their flesh and soul.
But they, like us, were standing in a hole.
O, Thomas, will a Race one day stand really tall
Across the Void, across the Universe and all?
And, measured out with rocket fire,
At last put Adam's finger forth
As on the Sistine Ceiling,
And God's hand come down the other way
To measure man and find him Good,
And Gift him with Forever's Day?
I work for that.
Short man, Large dream, I send my rockets forth
between my ears,
Hoping an inch of Good is worth a pound of years.
Aching to hear a voice cry back along the universal Mall:
We've reached Alpha Centauri!
We're tall, O God, we're tall!

La sonda InSight de la NASA aterrizó ayer en Marte y ha enviado la primera fotografía. Pocos han amado tanto el planeta rojo, Bradbury pidió que sus cenizas fueran esparcidas en él. Un buen momento para leer o releer las Crónicas marcianas.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Metamíctico, un estado inusual de la materia


Un estado inusual de la materia

En las arenas de la playa de Kerala,
desgajada de una roca de gneis,
en las arenas de un arroyo de Carolina del Norte
se encuentra la monacita, un raro
mineral. En su origen cristalino
hay orden, hay una red.
Y los átomos -cerio, lantano,
torio, itrio, fosfato- bailaban
alrededor de lugares predeterminados,
sujetos por resortes electrostáticos
sin masa
y por el volumen de sus vecinos.
Vibraban
y cantaban
en armonía cuantizada.
para los oyentes ausentes y para mí.
Pero el enemigo está en el interior.
El núcleo inestable
del torio radiactivo estalla
por el trueno al azar de un martillo
que no es el de ningún dios nórdico.
Los proyectores invisibles
del infierno, rayos gamma,
destellan en la retícula.
Partículas alfa, desechos nucleares enloquecidos,
son empujadas en misiones
de destrucción aleatoria de megavoltios.
El átomo remanente, transmutado, retrocede,
liberándose de su lugar en la retícula,
balas de cañón torcidas
a través de una pista de baile abarrotada.
No hay ninguna salida para escapar.
En las colisiones de rotura en cadena
los vecinos son eliminados de sus lugares.
El cristal, antes límpido, se hincha,
orden de largo y corto alcance,
hasta un amorfismo ocre.
Fallas,
impurezas,
vacantes,
dislocaciones,
intersticiales,
el indefinido estado metamictico.


An unusual state of matter Roald Hoffmann es químico teórico y fue Nobel de Química en 1981. Su investigación, obras literarias y de divulgación pueden consultarse en su web personal




An unusual state of matter

In the beach sands of Kerala,
abraded from the gneiss,
in the stream sands of North Carolina
one finds monazite, the solitary
mineral. In its crystalline beginning
there was order, there was a lattice.
And the atoms – cerium, lanthanum,
thorium, yttrium, phosphate – danced
round their predestined sites,
tethered by the massless springs
of electrostatics
and by their neighbors’ bulk.
They vibrated,
and sang
in quantized harmony.
to absent listeners, to me.
But the enemy is within.
The radioactive thorium’s
nervous nuclei explode
in the random thrum
of a hammer
of no Norse god.
The invisible searchlights
of hell, gamma rays,
flash down the lattice.
Alpha particles, crazed nuclear
debris, are thrust on megavolt
missions of chance destruction.
The remnant atom, transmuted, recoils,
freeing itself from its lattice point,
cannonballs awry through
a crowded dance floor.
There are no exits to run to.
In chain collisions of disruption
neighbors are knocked from their sites.
The crystal swells from once limpid
long-range, short-range order
to yellow-brown amorphousness.
Faults,
defects,
vacancies,
dislocations,
interstitials,
undefine the metamict state.

El nombre monacita proviene del griego «monazein», ‘estar solo’, en alusión a su rareza. Se trata de un mineral accesorio habitual en los granitos y en los gneis. La arena de agunas playas de diferentes partes del mundo está compuesta de monacita, un mineral con alto contenido en torio.
Metamíctico, se aplica a un mineral que se ha hecho amorfo a causa de las perturbaciones de su estructura cristalina provocadas por la radiación emitida por átomos del propio mineral o de otros que lo acompañan.

https://youtu.be/jwOcMmqWZQw

Desde 2001, Hoffman es anfitrión de Entertaining Science, una actividad mensual donde explora la conjunción entre las artes y la ciencia y que se celebra en el Cornelia Street Café de Nueva York.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Éxtasis de Hedy Lamarr



Éxtasis

Comenzó, como suele pasar, en la intimidad,
Hedy Lamarr, la mano derecha sobre las teclas de marfil,
una octava por debajo de ella, George Antheil, delgado
en un banco de cuero. Estaba tocando un riff.
Ella siguió. Una y otra vez más, el impulso
y el eco, llamada y respuesta, y mira,
susurró, -estamos hablando en clave,
nuestro dulce idioma transparente, inalterable.

Justo lo que la nación necesita -lo sabían-
una comunicación secreta, un cifrado
tête-à-tête. Era 1942,
señales de radio simples y bloqueables.
Aquí estaba la respuesta: un riff tictac,
eléctrico, magnético, saltando las frecuencias,
tocando sus dedos brillantes
por el flanco salado de un torpedo hundido.

A lo largo del siglo su espectro se expandió,
del campo de batalla al microchip, un millón de millones
de citas crípticas, mientras Lamarr con su patente,
su premio, se reunió en la oscuridad con otro parpadeo.
Emulsión y luz, tan solo era una niña,
piel de cebolla fina sobre una pantalla de cera.

Y el complemento perfecto del deseo:
sin peso, sin edad, una película sobre el ojo entornado.

Qué inocente es entonces su imagen, ya que a través de
salas de cono iluminado del siglo, una nación se hundió
en sillas de terciopelo. Luego llamada y respuesta,
sinapsis y sonrojo, y mira, ella susurró:
no hay nada entre nosotros, hasta que nada
detuvo su toque aireado, y nada
se agita, y nada emite sus clics rítmicos
un alto en la oscuridad sobre ellos.

Linda Bierds aparece de su libro First Hand

En 1942, cuando el mundo estaba en guerra y las imágenes de Hedy Lamarr llenaban las pantallas, la actriz desarrolló, junto con el compositor George Antheil, un sistema de comunicaciones por radio que no podía ser interceptado por el enemigo, pues cambiaba constantemente de frecuencia. Crearon una primera versión del denominado espectro ensanchado, que se utiliza en diferentes sistemas de telecomunicaciones.

Ecstasy

It began, as it will, in privacy,
Hedy Lamarr, right hand on the ivory keys,
an octave below her, George Antheil, slim
on a leather bench. He was playing a riff.
She followed. Again, then again, impulse
and echo, call and response, and Look,
she whispered, we are talking in code,
our sweet locution seamless, unbreakable.

And just what the nation needed-they knew-
a secret-spun articulation, a ciphered
téte-à-téte. It was 1942,
radio signals simple and jammable.
Here was the answer: a ticking riff,
electric, magnetic, hopping the frequencies,
tapping its glossy fingertips
down a slumped torpedo’s salty flank.

Out through the century its spectrum spread,
battlefield to microchip, a million million
cryptic trysts-while Lamarr with her patent,
her prize, met in darkness her flickering other.
Emulsion and light, she was less than a girl,
onion-skin thin on a waxy screen.

And desire’s perfect complement:
weightless, ageless, a film on the upturned eye.

How innocent her image then, as out through
the century’s cone-lit rooms, a nation sank
into velvet chairs. Then call and response,
synapse and blush, and Look, she whispered,
there is nothing between us-until nothing
stopped her airy touch, and nothing
stirred, and nothing cast its rhythmic clicks
high in the darkness above them.

Ectasy de Linda Bierds


martes, 30 de octubre de 2018

Placeres desconocidos en la constelación de la Zorra



Placeres desconocidos en la constelación de la Zorra

A Jocelyn Bell

Una taza puede ser un placer desconocido,
si tus manos acarician las ondas de un púlsar
de la constelación de Vulpecula.
El café impacta contra el fondo y,
mientras se vierte,
PSR B1919+21 ya ha dado una vuelta
-un giro cada 1,33730113 segundos-.
Aunque una taza nada tiene que ver con una estrella pulsante,
ni el chorro de café con una señal electromagnética,
fantaseo imaginando alguna leyenda interesante
de la constelación de la Zorra que,
según la Wikipedia, no tiene ninguna referencia mitológica.
Pero, en agosto de 1967, cuando Jocelyn Bell
detectó una señal de radio extraterrestre
que se repetía periódica cada 1,3 segundos.
la bautizó como Little Green Men 1 (LGM1),
los hombrecillos verdes.
Más tarde, descubrió que el origen del bip-bip regular
era un cadáver estelar rotando como un faro fantasma.
No había duendes galácticos.
La constelación de la pequeña Zorra regaló a Jocelyn
el primer electrocardiograma del latido
de una estrella pulsante de neutrones;
un buen currículum para la discreta Vulpecula.
El patrón de líneas del corazón errante PSR B1919+21
se convirtió en un icono,
alguien pensó que el perfil de sus ondas,
también era un placer desconocido
(Unknown Pleasure)
y el sonido cósmico acabó en la portada de un disco.
A miles de años luz de Vulpecula,
vuelvo a los rituales cotidianos,
al café y a la taza terrestres,
un ajuste fino al echar el azúcar
me ayudará en los cálculos cósmicos.
Los expertos dicen
que una cucharadita de su materia estelar
pesa tanto como el Everest.

Elena Soto

En el verano de 1967, la astrofísica Jocelyn Bell descubrió un patrón de señales de radio muy cortas y regulares, que procedían de un exótico objeto localizado en la constelación de Vulpecula (la pequeña Zorra); el origen de las ondas era una estrella pulsante (púlsar), la primera que se había detectado y que se bautizó como PSR B1919+21.
Doce años después, la banda de post-punk Joy Division utilizó el gráfico de las ondas del púlsar, con los colores invertidos, como portada de su álbum Unknown Pleasures (Placeres desconocidos). Actualmente el diagrama de los latidos de PSR B1919+21 es un icono del merchandising.


Unknown pleasures in the constellation of the Vixen


To Jocelyn Bell



A cup can be an unknown pleasure,
if your hands caress the waves of a pulsar
the constellation of Vulpecula.
The coffee hits the bottom and,
while pouring,
PSR B1919 + 21 has already come around
-one turn every 1.3737303 seconds-.
Although a cup has nothing to do with a pulsating star,
nor the jet of coffee with an electromagnetic signal,
I fantasize imagining some interesting legend
about the constellation of the Vixen that,
according to Wikipedia, it has no mythological reference.
But, in August of 1967, when Jocelyn Bell
detected an extraterrestrial radio signal
that was repeated periodically every 1.3 seconds.
He named it Little Green Men 1 (LGM1),
los hombrecitos verdes.
Later, she discovered that the origin of the regular beep-beep
it was a star corpse rotating like a ghost beacon.
There were no galactic goblins.
The constellation of the little Vixen gave Jocelyn
the first heartbeat electrocardiogram
of a pulsating neutron star;
a good curriculum for the discrete Vulpecula.
The pattern of wandering heart lines PSR B1919 + 21
he became an icon,
someone thought that the profile of their waves,
it was also an unknown pleasure
(Placer desconocido)
and the cosmic sound ended up on the cover of a record.
Thousands of light years away from Vulpecula,
I return to daily rituals,
to coffee and the terrestrial cup,
a fine adjustment when pouring sugar
It will help me in the cosmic calculations.
The experts say
than a teaspoon of your star stuff
it weighs as much as Everest.


sábado, 20 de octubre de 2018

Breves charlas de Anne Carson


Breve charla sobre el homo sapiens

Con pequeñas muescas, el hombre de Cro-Magnon marcaba
las fases de la luna en el mango de las
herramientas, pensando en ella mientras trabajaba.
Animales. Horizonte. Su rostro reflejado en un recipiente con
agua. En cada historia, que cuento llegó a
un punto en el que ya no puedo ver más.
Detesto ese momento. Esa es la razón por la que
llaman ciegos a los contadores de historias — una burla.


Short Talk on Homo Sapiens

With small cuts Cro-Magnon man recorded
the moon's phases on the handles of his
tools, thinking about her as he worked.
Animals. Horizon. Face in a pan of
water. In every story I tell comes
a point where I can see no further.
I hate that point. It is why they
call storytellers blind—a taunt.


Breve charla sobre Van Gogh

La razón por la que bebo es para entender el cielo amarillo el gran cielo amarillo, dijo Van Gogh. Cuando contemplaba el mundo veía los clavos que clavan los colores a las cosas y veía el dolor de los clavos.

Short Talk on Van Gogh

The reason I drink is to understand the yellow sky the great yellow sky, said Van Gogh. When he looked at the world he saw the nails that attach colours to things and he saw that the nails were in pain.


Breve charla sobre las reglas de perspectiva 

Un mal truco. Un error espantoso. Un completo
fraude. Estas son las opiniones sobre Braque.
¿Por qué? Braque rechazaba la perspectiva. ¿Por qué?
Alguien que se pasa la vida dibujando perfiles
terminará creyendo que el hombre tiene un solo ojo,
pensaba. Braque quería adueñarse de los objetos
por completo. En entrevistas publicadas
lo había dicho en muchas ocasiones. Ver los pequeños y
resplandecientes planos de paisajes alejarse de su alcance,
le embargaba de pérdida. Entonces,
los destrozaba. “Naturaleza muerta”, decía Braque.

Short Talk on The Rules of Perspective

A bad trick. Ghastly mistake. Downright
dishonesty. These are the views of Braque.
Why? Braque rejected perspective. Why?
Someone who spends his life drawing profiles
will end up believing that man has one eye,
Braque felt. Braque wanted to take full
possession of objects. He has said as much
in published interviews. Watching the small
shiny planes of the landscape recede out of
his grasp filled Braque with loss. So he
smashed them. "Nature morte," said Braque.

Anne Carson (Toronto, 1950). Algunos de sus poemas en Poem hunter

jueves, 4 de octubre de 2018

Del rigor en la ciencia


En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

Suárez Miranda: Viajes de varones prudentes
Libro Cuarto, cap. XLV, Lérida, 1658

Cuento corto de Jorge Luis Borges, del libro  El hacedor (1960) en el que trata la relación mapa-territorio.


Mapas y fractales

En el artículo ¿Cuánto mide la costa de Gran Bretaña? (How Long Is the Coast of Britain? Statistical Self-Similarity and Fractional Dimension), el matemático Benoit Mandelbrot trata la paradoja derivada de la observación contra-intuitiva de que el perímetro costero de una masa de tierra carece de longitud definida, ya que esta depende de la escala de medida, por lo que que cuanto mayor es la precisión, más grande es el resultado y menos útil el dato.
En 1967, cuando publicó este artículo, no existía el término fractal, y dice que se le ocurrió mientras hojeaba el diccionario de latín de su hijo y encontró el adjetivo “fractus” del verbo “frangere”: romper. Un fractal podría definirse como un objeto semigeométrico cuya estructura básica, fragmentada o irregular, se repite a diferentes escalas.
Mandelbrot se interesó por cuestiones como los patrones por los que se rigen la rugosidad o las grietas en la naturaleza y sostuvo que, en muchos aspectos, los fractales son más naturales que los objetos basados en la geometría euclidiana.
“Las nubes no son esferas, las montañas no son conos, las costas no son círculos, y las cortezas de los árboles no son lisas, ni los relámpagos viajan en una línea recta.
Mandelbrot, de su libro Introduction to The Fractal Geometry of Nature