/ El establo de Pegaso

miércoles, 12 de mayo de 2010

Poemas japoneses a la muerte

Escritos por monjes zen y poetas de haiku en el umbral de la muerte






Los crisantemos eran amarillos
o eran blancos
hasta la helada.




Quien viene sólo sabe que viene.
Quien se va sólo conoce su final.
Para salvarse del abismo
¿Por qué sujetarse al precipicio?
Las nubes bajas
Nunca saben adónde las llevará la brisa.

Sengai Gibon

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Las sombras de un prolongado sol
se desdibujan en el crepúsculo.
Caen los pétalos del cerezo.

Soko

********************

Cielo claro.
Por el camino por el que vine
vuelvo.

Gitoku

*************************

La noche en que comprendí
que éste es un mundo de rocío,
me desperté del sueño.

Retsuzan

****************
Si alguien preguntara
adonde ha ido Sokan,
decid tan solo:
"Tenia cosas que hacer
en el otro mundo".

Sokan

*****************************
Hoy, pues, es el día
en que el muñeco de nieve que se derrite
es un hombre.

Fusen

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Venas de agua
sombrean los arrozales con distintos
matices de verde.

Seiju

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Vine al mundo con las manos vacías,
descalzo lo dejo.
Venir, partir:
Dos sencillos sucesos
que se entrelazaron.

Kozan Ichikyo

***************************************
Se enciende
tan tenuemente como se apaga:
una luciérnaga.

Chine



Japanese Death Poems: Written by Zen Monks and Haiku Poets on the Verge of Death by Yoel Hoffmann. Traducción de Eduardo Moga.

Yoel Hoffman (autor de la antología, prólogo y comentarios) ha dividido este libro en tres partes: En la primera analiza las diferentes maneras de afrontar la muerte en la cultura japonesa a lo largo de los siglos a través de la tradición del poema a la muerte. En principio, estos poemas adoptaron una forma denominada tanka y estaban escritos sobre todo por monjes budistas, samuráis y estudiosos de la literatura china. A partir del siglo XVI la costumbre se fue popularizando, y muchas personas comenzaron a componer en forma de haiku sus poemas mortuorios.
En las otras dos partes de esta obra se recogen poemas escritos por monjes budistas zen y por poetas de haiku -muchos de ellos con notas explicativas de Hoffman sobre el significado de determinadas imágenes o las circunstancias o que rodearon a la muerte del autor-. La antología recorre un periodo de casi 700 años (1256-1935).

martes, 4 de mayo de 2010

Roberto Juarroz Poesía vertical



1
La vida dibuja un árbol
y la muerte dibuja otro.
La vida dibuja un nido
y la muerte lo copia.
La vida dibuja un pájaro
para que habite el nido
y la muerte de inmediato
dibuja otro pájaro.

Una mano que no dibuja nada
se pasea entre todos los dibujos
y cada tanto cambia uno de sitio.
Por ejemplo:
el pájaro de la vida
ocupa el nido de la muerte
sobre el árbol dibujado por la vida.

Otras veces
la mano que no dibuja nada
borra un dibujo de la serie.
Por ejemplo:
el árbol de la muerte
sostiene el nido de la muerte,
pero no lo ocupa ningún pájaro.

Y otras veces
la mano que no dibuja nada
se convierte a sí misma
en imagen sobrante,
con figura de pájaro,
con figura de árbol,
con figura de nido.

Y entonces, sólo entonces,
no falta ni sobra nada.
Por ejemplo:
dos pájaros
ocupan el nido de la vida
sobre el árbol de la muerte.

O el árbol de la vida
sostiene dos nidos
en los que habita un solo pájaro.

O un pájaro único
habita un solo nido
sobre el árbol de la vida
y el árbol de la muerte.

CUARTA POESÍA VERTICAL [1969]

1
¿Dónde está la sombra
de un objeto apoyado contra la pared?
¿Dónde está la imagen
de un espejo apoyado contra la noche?
¿Dónde está la vida
de una criatura apoyada contra sí misma?
¿Dónde está el imperio
de un hombre apoyado contra la muerte?
¿Dónde está la luz
de un dios apoyado contra la nada?

Tal vez en esos espacios sin espacio
esté lo que buscamos.

45
La parte de sí
que hay en el no
y la parte de no
que hay en el sí
se separan a veces de sus cauces
y se unen en otro
que ya no es sí ni no.

Por ese cauce corre el río
de los cristales más despiertos.

OCTAVA POESÍA VERTICAL [1984]

Roberto Juarroz, Poesía vertical; antología esencial
Buenos Aires: Emecé, 2001.


Yo me he sentido atraído en primer lugar por los elementos de la naturaleza. Nací en un pueblo al borde del campo. Mi padre era jefe de la estación de ferrocarril y teníamos enfrente el horizonte abierto. En esa pequeña ciudad de Coronel Dorrego me acostumbré desde muy chico a los silencios. Esas noches abiertas en donde se veían las estrellas, la luna nítida, los vientos, el agua, el árbol que para mí es un protagonista de la vida. Comencé mis lecturas muy temprano. Me atrajeron cada vez más y dediqué buena parte de mi vida a eso. Mientras tanto se fue configurando como lenguaje predilecto, o elector (tal vez me eligió a mí), la poesía.

Leí mucha poesía, de todos los tiempos y en varias lenguas, y poco a poco se fue formando ese hecho de vida que es escribir. Hasta que sentí que la poesía era un poco flácida, repetitiva, aún en los grandes poetas, con zonas en las cuales cedía la tensión interior, ese rango de intensidad que para mí tiene siempre el poema. Eso me llevó a concebir una poesía más ceñida, más estricta o rigurosa, en donde cada elemento fuera irremplazable. La inclinación fue la de recoger de las situaciones extremas eso que llevamos escondido en nuestro silencio, lo que barajamos y pocas veces decimos. Para eso necesitaba un tipo de lenguaje diferente que dejara de lado lo que las palabras tienen de ornamento, de euforia. Buscar formas de síntesis poética, que no es síntesis intelectual, en donde confluyeran emoción, sensibilidad, inteligencia.

Una forma de expresión que penetrase en las zonas aparentemente prohibidas. Zonas que mucha gente se veda a sí misma por temor. Albert Béguin, en El alma romántica y el sueño, dice que no se lee poesía porque se le tiene miedo. Es que la gran poesía desnuda las cosas. Es la búsqueda de lo abierto, no de una realidad cercada, estrecha, confortable que ya conocemos, sino un territorio que a veces el hombre ignora de sí mismo y en donde surgen, a veces, sus más ricos instantes.


Fragmento del reportaje “La poesía de Roberto Juarroz. Un rigor para la intensidad”, publicado en el Semanario Brecha de Montevideo el 3 de septiembre de 1993,

domingo, 2 de mayo de 2010

Poema bakuba sobre la vida y la muerte

No hay aguja sin punta penetrante


De la serie Totems de Mayte Bayón


No hay aguja sin punta penetrante
No hay navaja sin hoja afilada
La muerte llega a nosotros de muchas formas.
Con nuestros pies andamos por la tierra del chivo
Con nuestras manos tocamos el cielo de Dios
Algún día futuro, en el calor del mediodía,
seré llevado en hombros
a través del pueblo de los muertos
Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque,
le temo a sus espinas.
Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque,
le temo al agua que gotea.
Entiérrenme bajo los grandes árboles umbrosos del mercado
Quiero escuchar los tambores tocando
Quiero sentir los pies de los que bailan.

Poema anónimo de los Bakuba, pueblo del Congo Central, tomado de Poesía anónima africana de Carlos Yusti


Totems hipnópticos de Mayte Bayón

martes, 27 de abril de 2010

Nuestro amor es como Bizancio



China contemplada a través de un aguacero griego en un café turco

La llovizna
cae en mi café
hasta que se enfría
y se sobra
hasta que se sobra
y se aclara
de forma que se hace visible
la imagen del fondo.

La imagen de un hombre
con barba larga
en China, delante de un pabellón chino
bajo la lluvia, una lluvia torrencial
que ha cuajado
en rayas
sobre la fachada azotada por el viento
y en la cara del hombre.

Debajo del café, la leche y el azúcar
que están a punto de separarse
bajo el gastado esmalte
los ojos parecen apagados
o vueltos hacia dentro
hacia China, en la porcelana de la taza
la taza que lentamente se vacía de café
y se llena de lluvia
lluvia clara. La lluvia de primavera
se pulveriza sobre la marquesina de la taberna
las fachadas del otro lado de la calle
semejan un gran
muro de porcelana muy gastado
cuyo resplandor atraviesa las hojas de la vid
hojas de vid que también están gastadas
como dentro de una taza. El chino

ve aparecer el sol a través de una hoja verde
que ha caído en la taza.

La taza cuyo contenido
ahora aparece completamente transparente.

********
En la plaza de Israel

Ojalá nunca hubieras venido
así la noche tampoco habría pasado nunca.

Y ojalá no te hubieras quedado
así la mañana tampoco habría llegado nunca.

Ojalá no se hiciese nunca verano
así el verano estaría siempre acercándose.

******
Nuestro amor es como Bizancio

Nuestro amor es como Bizancio
tuvo que haber sido
la última noche. Tuvo que haber habido
me imagino
un resplandor en los rostros
de los que se agolpaban en las calles
o formaban pequeños grupos
en las esquinas de las calles y en las plazas
hablando en voz baja,
un resplandor que tuvo que haberse parecido
al que tiene tu cara
cuando te echas el pelo para atrás
y me miras.

Henrik Nordbrandt (Copenhague, 1945) Traducción de Francisco Uriz

jueves, 22 de abril de 2010

El gozante de Manuel Castilla


Paul Klee

EL GOZANTE

Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.
El que bajo las nubes se queda silencioso.
Pienso: si alguno me tocara las manos
se iría enloquecido de eternidad,
húmedo de astros lilas, relucientes.
Estoy solo de espaldas transformándome.
En este mismo instante un saurio me envejece y soy
leña
y miro por los ojos de las alas de las mariposas
un ocaso vinoso y transparente.
En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.
De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego con rocío.
Sé que en este momento, dentro de mí,
nace el viento como un enardecido río de uñas y de
agua.
Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.
A veces un lapacho me corona con flores blancas
y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo
de la tierra.
(...) De cara al infinito
siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.
Si se me antoja, digo, si esperase un momento,
puedo dejar que encima de mis ingles
amamante la luna sus colmillos pequeños.
Zorros la cola como cortaderas,
gualacates rocosos,
corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,
garzas meditabundas
yararás despielándose,
acatancas rodando la bosta de su mundo,
todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste
nada y mi alegría.
Después, si ya estoy muerto,
échenme arena y agua. Así regreso.

Manuel Castilla (Salta,1919-1980) El gozante e-book

martes, 20 de abril de 2010

Víctor Serge



Ametralladora

En las puertas de las casas, en las puertas de los palacios - que hemos conquistado-
por todas partes de la ciudad
donde el tumulto se reviste de frío, apático y fuerte,
por todas partes en las puertas de nuestras casas
las ametralladoras en las esquinas oscuras.
Torpes, trayendo la muerte;
ciegas, bajas, tocando la tierra.
ciegas, frías, de acero, de hierro,
con el metal de su odio elemental,
con sus dientes de acero listos para morder,
su mecanismo,
ruedas, tuercas, muelles,
sus bocas negras y cortas sobre los montajes
agachados...
Oh, la máquina trágica, ese objeto de acero, de hierro, inerte, que mutila segundos,
en el momento fatal de la batalla,
tragando los segundos - tac-tac-tac -
los segundos se derraman al infinito - y las vidas
caen al gran frío de las tumbas,
La máquina
que come, rasga, revienta, perfora,
excava la carne, se retuerce en la sangre y los nervios,
rompe los huesos, hace a los codales cantar por el hueco de los pechos perforados,
hace al cerebro sudar rompiendo nobles rostros:
materia gris entre sangre ennegrecida.
Infame máquina para matar, por todas partes, en la ciudad del sordo disturbio,
escondida en las puertas de nuestras casas, contemplando a lo que quiere nacer,
observando
lo que se eleva desde los corazones humanos y desde las profundidades de la tierra viva,
lo que surge de la fe ardiente, de la loca esperanza y de la cólera - del deseo y de la luz-
del entusiasmo y de la oración,
que hará florecer - actos, gritos - llamas: la rebelión...
Baja para cortar el vuelo, la ametralladora emboscada: victoria al hombre de leyes de hierro,
victoria al metal sobre la carne - y en el sueño - la ley de la muerte.
Y esta máquina, nuestras manos y nuestros cerebros construidos. ¡Padre mío! ¿Sabíamos lo que hacíamos?

Petrogrado, 22 de julio de 1919
Versión castellana de Pello Erdoziain

Victor Lvovich Kibalchich (В.Л. Кибальчич) (Bruselas, 1890-México DF , 1947), conocido como Victor Serge.

Textos de Víctor Serge

Susan Sontag Perfil de Víctor Serge