No hay aguja sin punta penetrante No hay navaja sin hoja afilada La muerte llega a nosotros de muchas formas. Con nuestros pies andamos por la tierra del chivo Con nuestras manos tocamos el cielo de Dios Algún día futuro, en el calor del mediodía, seré llevado en hombros a través del pueblo de los muertos Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque, le temo a sus espinas. Cuando muera, no me entierren bajo los árboles del bosque, le temo al agua que gotea. Entiérrenme bajo los grandes árboles umbrosos del mercado Quiero escuchar los tambores tocando Quiero sentir los pies de los que bailan.
Poema anónimo de los Bakuba, pueblo del Congo Central, tomado de Poesía anónima africana de Carlos Yusti
China contemplada a través de un aguacero griego en un café turco
La llovizna cae en mi café hasta que se enfría y se sobra hasta que se sobra y se aclara de forma que se hace visible la imagen del fondo.
La imagen de un hombre con barba larga en China, delante de un pabellón chino bajo la lluvia, una lluvia torrencial que ha cuajado en rayas sobre la fachada azotada por el viento y en la cara del hombre.
Debajo del café, la leche y el azúcar que están a punto de separarse bajo el gastado esmalte los ojos parecen apagados o vueltos hacia dentro hacia China, en la porcelana de la taza la taza que lentamente se vacía de café y se llena de lluvia lluvia clara. La lluvia de primavera se pulveriza sobre la marquesina de la taberna las fachadas del otro lado de la calle semejan un gran muro de porcelana muy gastado cuyo resplandor atraviesa las hojas de la vid hojas de vid que también están gastadas como dentro de una taza. El chino
ve aparecer el sol a través de una hoja verde que ha caído en la taza.
La taza cuyo contenido ahora aparece completamente transparente.
******** En la plaza de Israel
Ojalá nunca hubieras venido así la noche tampoco habría pasado nunca.
Y ojalá no te hubieras quedado así la mañana tampoco habría llegado nunca.
Ojalá no se hiciese nunca verano así el verano estaría siempre acercándose.
****** Nuestro amor es como Bizancio
Nuestro amor es como Bizancio tuvo que haber sido la última noche. Tuvo que haber habido me imagino un resplandor en los rostros de los que se agolpaban en las calles o formaban pequeños grupos en las esquinas de las calles y en las plazas hablando en voz baja, un resplandor que tuvo que haberse parecido al que tiene tu cara cuando te echas el pelo para atrás y me miras.
Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante. El que bajo las nubes se queda silencioso. Pienso: si alguno me tocara las manos se iría enloquecido de eternidad, húmedo de astros lilas, relucientes. Estoy solo de espaldas transformándome. En este mismo instante un saurio me envejece y soy leña y miro por los ojos de las alas de las mariposas un ocaso vinoso y transparente. En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho. De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego con rocío. Sé que en este momento, dentro de mí, nace el viento como un enardecido río de uñas y de agua. Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas. A veces un lapacho me corona con flores blancas y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra. (...) De cara al infinito siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo. Si se me antoja, digo, si esperase un momento, puedo dejar que encima de mis ingles amamante la luna sus colmillos pequeños. Zorros la cola como cortaderas, gualacates rocosos, corzuelas con sus ángeles temblando a su costado, garzas meditabundas yararás despielándose, acatancas rodando la bosta de su mundo, todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste nada y mi alegría. Después, si ya estoy muerto, échenme arena y agua. Así regreso.
En las puertas de las casas, en las puertas de los palacios - que hemos conquistado- por todas partes de la ciudad donde el tumulto se reviste de frío, apático y fuerte, por todas partes en las puertas de nuestras casas las ametralladoras en las esquinas oscuras. Torpes, trayendo la muerte; ciegas, bajas, tocando la tierra. ciegas, frías, de acero, de hierro, con el metal de su odio elemental, con sus dientes de acero listos para morder, su mecanismo, ruedas, tuercas, muelles, sus bocas negras y cortas sobre los montajes agachados... Oh, la máquina trágica, ese objeto de acero, de hierro, inerte, que mutila segundos, en el momento fatal de la batalla, tragando los segundos - tac-tac-tac - los segundos se derraman al infinito - y las vidas caen al gran frío de las tumbas, La máquina que come, rasga, revienta, perfora, excava la carne, se retuerce en la sangre y los nervios, rompe los huesos, hace a los codales cantar por el hueco de los pechos perforados, hace al cerebro sudar rompiendo nobles rostros: materia gris entre sangre ennegrecida. Infame máquina para matar, por todas partes, en la ciudad del sordo disturbio, escondida en las puertas de nuestras casas, contemplando a lo que quiere nacer, observando lo que se eleva desde los corazones humanos y desde las profundidades de la tierra viva, lo que surge de la fe ardiente, de la loca esperanza y de la cólera - del deseo y de la luz- del entusiasmo y de la oración, que hará florecer - actos, gritos - llamas: la rebelión... Baja para cortar el vuelo, la ametralladora emboscada: victoria al hombre de leyes de hierro, victoria al metal sobre la carne - y en el sueño - la ley de la muerte. Y esta máquina, nuestras manos y nuestros cerebros construidos. ¡Padre mío! ¿Sabíamos lo que hacíamos?
Petrogrado, 22 de julio de 1919 Versión castellana de Pello Erdoziain
Victor Lvovich Kibalchich (В.Л. Кибальчич) (Bruselas, 1890-México DF , 1947), conocido como Victor Serge.
Coral Bracho leyendo sus poemas en Noches de Poesía Internacional en Hong Kong.
Agua de bordes lúbricos
Agua de medusas, agua láctea, sinuosa, agua de bordes lúbricos; espesura vidriante —Delicuescencia entre contornos deleitosos. Agua —agua suntuosa de involución, de languidez
en densidades plácidas. Agua, agua sedosa y plúmbea en opacidad, en peso —Mercurial; agua en vilo, agua lenta. El alga acuática de los brillos —En las ubres del gozo. El alga, el hálito de su cima;
—sobre el silencio arqueante, sobre los istmos del basalto; el alga, el hábito de su roce, su deslizarse. Agua luz, agua pez; el aura, el ágata, sus desbordes luminosos;
Fuego rastreante el alce huidizo —Entre la ceiba, entre el cardumen; llama pulsante; agua lince, agua sargo (El jaspe súbito). Lumbre entre medusas. —Orla abierta, labiada; aura de bordes lúbricos, su lisura acunante, su eflorescerse al anidar; anfibia, lábil -Agua, agua sedosa en imantación; en ristre. Agua en vilo, agua lenta -El alumbrar lascivo
en lo vadeante oleoso, sobre los vuelcos de basalto. -Reptar del ópalo entre la luz, entre la llama interna. -Agua de medusas. Agua blanda, lustrosa; agua sin huella; densa, mercurial
su blancura acerada, su dilución en alzamientos de grafito, en despuntar de lisa; hurtante, suave. -Agua viva su vientre sobre el testuz, volcado sol de bronce envolviendo -agua blenda, brotante. Agua de medusas, agua táctil fundiéndose en lo añil untuoso, en su panal reverberante. Agua amianto, ulva El bagre en lo mullido -libando; en el humor nutricio, entre su néctar delicado; el áureo embalse, el limbo, lo trasluce. Agua leve, aura adentro el ámbar -el luminar ungido, esbelto; el tigre, su pleamar bajo la sombra vidriada. Agua linde, agua anguila lamiendo su perfil, su transmigrar nocturno -Entre las sedas matriciales; entre la salvia. - Agua entre merluzas. Agua grávida (-El calmo goce tibio; su irisable) -Agua sus bordes - Su lisura mutante, su embeleñarse entre lo núbil cadencioso. Agua, agua sedosa de involución, de languidez en densidades plácidas. Agua, agua; Su roce -Agua nutria, agua pez. Agua de medusas, agua láctea, sinuosa; Agua,
Luz derramada sobre un estanque de alabastro
Una pequeña piedra transparente y en ella, la deslumbrada alegría del sol. Eres el canto del agua y entre sus hebras, el canto fresco de la alondra, el viento suave al amanecer. Luz derramada sobre un estanque de alabastro. Sobre sus aguas: el azahar y el jazmín.
Mariposa
Como una moneda girando bajo el hilo de sol cruza la mariposa encendida ante la flor de albahaca.
El sol languidece sobre las colinas, y el labrador, moroso, endereza sus pasos a casa; las vacas mugen, pesadas de leche, y la hierba exuberante se doblega a su paso.
Se remueven y revolotean los sinsontes, con dorado frenesí en el vetusto roble; las ovejas como olas contra un acantilado de laderas verdes, fluyen y refluyen, despacio.
Entonces se hunde el sol y con él desaparece una magnificencia cuyas espadas por fin se envainan, al igual que antaño abandonaron los guerreros sus armas legendarias, y respiraron
este aire y abrazaron esta paz, como este hombre que, con el crepúsculo, se retira a descansar, y no halla sino aromas sencillos y sonidos sencillos; y eso es todo, y lo mejor.
Poesia Reunida de William Faulkner Traducción y prólogo de Eduardo Moga y Daniel C. Richardson. Bartleby editores
Imaginistas, futuristas, bio-cósmicos o forjadores, durante las primeras décadas del siglo XX Rusia fue un hervidero de tendencias artísticas. Sus miembros se reunían en el café el Establo de Pegaso.