El nadador ha pulido su artesanía de joven felino para corresponder a los principios míticos del agua. La coreografía empieza desde un punto aéreo, elastizado, donde el filo del trampolín revela la soledad de una energía concentrada en suspenso y en el cielo. El conjunto se afina hasta crear una mínima carne liberada de carga emocional. Ahora solo basta el pulmón feliz. Suelta su amarra la tensionada fibra, se desprende, salta y en rápida parábola entra como un cuchillo en un reinado lento. El agua vibra al sol como estrellada. Convertida en mujer con un baile en su seno se incorpora una segunda alegría. El huésped cae y largamente se demora abajo como probando la impune gracia de permanecer para siempre en la azul profundidad, palpando sus opciones y sus posibles sueños venideros. Pero aquí vuelve, sacudiendo un resto de ensoñación goteada a su estado mortal, con paso herido, al triste error, vacilando entre rígidos objetos aplastados y su cuadrado peso.
MOMENTO INVERNAL
¿Qué haremos con esta escena accidental -hojas reunidas por el viento del sur hacia la puerta sino aislarla como un conocimiento ilusorio? Todo movimiento es circular en el rincón del muro, allí donde las hojas corren para girar sobre sí mismas al aullido de una ráfaga fría y discontinua. Lugares comunes de la materia invernal. ¿Debemos otorgarles una intención de belleza y resurrección a partir de la confusión del polvo estacional? Tal es nuestro posible conocimiento: un anhelo susurrando en las hojas secas, una horrible tristeza en una tarde de nuestro tiempo. Y en el rincón del muro la certeza y el residuo de una disolución universal.
MOSCA FINAL
Tiesa en el vidrio y su engaño, todavía se aferra a un resto de luz menguante. Calmada forma final ya no tiene razón contra el invierno. Un fracaso a la vista del cielo: veo la dignidad de concluir con la tarde, en un gris moribundo aplastado a lo traslúcido. Una pizca de frío residuo planetario hacia abajo chupado, a lo indistinto. En su descenso cumple una certeza de orden, mientras ignoro la ley de mi propia disolución. La muerte no me reserva esa lógica suave, su tranquila mecánica sino un final inexacto, sometido a un desesperado anhelo personal.
El poeta Yeats podría haber sido ese ave - en las alturas, vigilante; habilidosa; atenta, a través de su propia imagen al fluir de las aguas del río;
poeta orando, tanta concentración y consideración, tantos pasos lentos a través de ese terreno familiar dueño de la más mortal de las intenciones.
En las ramas del aliso, tiras de plástico, trapos en descomposición igual que alrededor de los lugares sagrados y de peregrinación donde los milagros ciertamente sucedieron;
viejo pájaro crujiente, arrastrando el ala destrozada, apelando a nuestra misericordia, dirigiéndose hacia la maleza, donde Dios ha entregado su vida por la garza blanca.
El Serbal
Existe una sensación de esto en tanto imposición el reverdecer, el florecimiento, la brusca, lacónica puesta en escena de los frutos escarlatas. Hasta el retorno de la desnudez
y la quietud, la pulpa oscura resplandeciendo bajo la lluvia y el petirrojo solitario visible nuevamente en su cantar, esa gracia que podrá ser hallada en la absoluta resistencia.
Poemas de John F. Deane (Irlanda, 1943). Traducción de Esteban Moore. Tomados de la revista Prometeo
El cuervo ha varado en el fondo de tu taza, creías que era café amargo y sin notarlo le has devorado el corazón. Veo posos en esa mirada que aletea y se cierne buscando fundirse en azúcar impalpable vísceras de terciopelo en el hueco que todavía late. Iza el reflejo sobre lo funesto eleva la sombra sobre el fuego del arúspice sé dulzura en las entrañas, viento favorable que no esparce la agonía, aroma ritual.
La memoria y el mar es un bálsamo para el espíritu. Me gusta tanto que la cuelgo por partida doble. Léo Ferré y Amancio Prada.
Leo Ferre La marée, je l'ai dans le cœur qui me remonte comme un signe La marea, la tengo en el corazón me zarandea como un signo
La marée, je l'ai dans le cœur Qui me remonte comme un signe Je meurs de ma petite sœur, de mon enfance et de mon cygne Un bateau, ça dépend comment On l'arrime au port de justesse Il pleure de mon firmament Des années lumières et j'en laisse Je suis le fantôme jersey Celui qui vient les soirs de frime Te lancer la brume en baiser Et te ramasser dans ses rimes Comme le trémail de juillet Où luisait le loup solitaire Celui que je voyais briller Aux doigts de sable de la terre
Rappelle-toi ce chien de mer Que nous libérions sur parole Et qui gueule dans le désert Des goémons de nécropole Je suis sûr que la vie est là Avec ses poumons de flanelle Quand il pleure de ces temps là Le froid tout gris qui nous appelle Je me souviens des soirs là-bas Et des sprints gagnés sur l'écume Cette bave des chevaux ras Au raz des rocs qui se consument Ö l'ange des plaisirs perdus Ö rumeurs d'une autre habitude Mes désirs dès lors ne sont plus Qu'un chagrin de ma solitude
Et le diable des soirs conquis Avec ses pâleurs de rescousse Et le squale des paradis Dans le milieu mouillé de mousse Reviens fille verte des fjords Reviens violon des violonades Dans le port fanfarent les cors Pour le retour des camarades Ö parfum rare des salants Dans le poivre feu des gerçures Quand j'allais, géométrisant, Mon âme au creux de ta blessure Dans le désordre de ton cul Poissé dans des draps d'aube fine Je voyais un vitrail de plus, Et toi fille verte, mon spleen
Les coquillages figurant Sous les sunlights cassés liquides Jouent de la castagnette tans Qu'on dirait l'Espagne livide Dieux de granits, ayez pitié De leur vocation de parure Quand le couteau vient s'immiscer Dans leur castagnette figure Et je voyais ce qu'on pressent Quand on pressent l'entrevoyure Entre les persiennes du sang Et que les globules figurent Une mathématique bleue, Sur cette mer jamais étale D'où me remonte peu à peu Cette mémoire des étoiles
Cette rumeur qui vient de là Sous l'arc copain où je m'aveugle Ces mains qui me font du fla-fla Ces mains ruminantes qui meuglent Cette rumeur me suit longtemps Comme un mendiant sous l'anathème Comme l'ombre qui perd son temps À dessiner mon théorème Et sous mon maquillage roux S'en vient battre comme une porte Cette rumeur qui va debout Dans la rue, aux musiques mortes C'est fini, la mer, c'est fini Sur la plage, le sable bêle Comme des moutons d'infini... Quand la mer bergère m'appelle.
La memoria y el mar (una traducción casi imposible al castellano) Si las traducciones de poesía son difíciles y traidoras, las de Léo Ferré son casi imposibles. (Ésta está tomada del blog Poemas en francés)
La marea, la tengo en el corazón me zarandea como un signo muero de mi pequeña hermana, de mi infancia y de cisne un barco, depende cómo llegue al puerto preciso llora en mi firmamento años luz y los dejo soy el fantasma con jersey aquél que viene en las tardes de apariencia a lanzarte en la bruma para poseerte y recogerte en sus rimas como el trasmallo de julio) donde resplandecía el lobo solitario aquél que veía brillar en los dedos de arena de la tierra
Acuérdate de ese perro de mar que liberáramos bajo palabra y que ladra en el desierto de las algas de necrópolis estoy seguro que la vida está acá con sus pulmones de franela cuando llora por aquellos tiempos el frío totalmente gris que nos llama me acuerdo de las tardes allá y los alientos ganados al sudor esta baba de cabellos rapados al ras de las rocas que se consumen Oh ángel de los placeres perdidos Oh rumores de otra costumbre mis deseos desde entonces no son más que un pesar de mi soledad
Y el diablo de las tardes conquistadas con sus pálidos socorros y el escualo de los paraísos en el ambiente mojado de espuma vuelve la muchacha verde de los fiordos vuelve, violín de las violonadas en el puerto hacen fanfarria los cornos por el retorno de los camaradas ¡Oh! perfume raro de las salinas en la pimienta de fuego de las grietas, cuando iba geometrizando mi alma en la hendidura de tu herida en el desonden de tu culo posaba en paños de alba fina veía un vitral de más y tú, mi muchacha verde, mi spleen
Las conchas que figuran bajo las puestas de sol rotas líquidas tocan la castañuela de encina que uno pensaría en la España lívida dioses de granito, tengan piedad de su vocación de ornamento cuando el cuchillo viene a inmiscuirse en su castañuela figura y veía lo que se presiente cuando se presiente la entreabertura entre las persianas de sangre y cuando los glóbulos figuran una matemática azul sobre este mar jamás quieto de donde remonto poco a poco esta memoria de estrellas
este rumor que viene de allí bajo el arco compañero donde me ciego estas manos que me hacen ostentación estas manos que rumian, que mugen este rumor me sigue desde hace mucho tiempo como un mendigo bajo el anatema como la sombra que pierde su tiempo diseñando mi teorema y bajo mi maquillaje rojo viene a golpearse como una puerta este rumor que va de pie en la calle, en las músicas muertas se acabó la mar, se acabó sobre la playa la arena bala como ovejas del infinito cuando la mar pastora me llama.
La memoria y el mar, versión de Amancio Prada, del disco Vida de artista. Canciones de Léo Ferré
Las generaciones se desvanecen y pasan, otras ya son polvo desde el tiempo de los ancestros. Los dioses antiguos reposan en sus pirámides. Los nobles y los bienaventurados están enterrados en sus tumbas. Y ya no existe el lugar donde edificaron sus casas. ¿Qué ha sido de ellas? He escuchado las palabras de Imhotep y de Hardedef son proverbios que han sobrevivido al paso del tiempo. ¿Qué ha sucedido con sus moradas? Los muros se han desplomado, han desaparecido como si nunca hubieran existido. Ninguno vuelve de allá abajo para contarnos su suerte, ni lo que necesitan, ni para tranquilizar nuestro corazón hasta que lleguemos a ese lugar donde ellos ya han llegado. Asi pues, que tu corazón se calme. El olvido es favorable. Se fiel a tu espíritu en la medida de lo posible. Unge tu frente con mirra, vístete con lino fino, perfúmate con los ungüentos que ofrendas a los dioses. Disfruta para que tu espíritu no languidezca. Sigue tu deseo y tu felicidad. No inquietes tu corazón hasta el día en que llegue el lamento fúnebre. Aquel cuyo corazón está cansado no oye su grito. Y su grito a nadie salva de la tumba. Haz, pues, de cada día una celebración y no te sientas harto. pues nadie lleva consigo sus bienes. y ninguno de los que se han ido regresa.
El Canto del arpista es un poema egipcio que apareció en la capilla funeraria del faraón Intef (siglo XVI a. C.) y recibe este nombre por estar escrito junto a la imagen de un músico tocando el arpa. Este tipo de composiciones, conservadas en las tumbas, estelas y papiros, se interpretaban con acompañamiento musical en diferentes celebraciones, entre ellas los banquetes funerarios. No deja de ser curioso la idea de vive el momento en una cultura que siempre se le ha relacionado con el más allá. "No inquietes tu corazón hasta el día en que llegue el lamento fúnebre", puede ser una buena consigna.
Primero tracé un círculo, hice crecer un árbol, puse un nido en su copa, más arriba una nube: hice brotar el agua, apenas un arroyo, para que árbol y nube y pájaro bebieran.
El árbol, es fatal, se propagó en un bosque, y los pájaros pronto volaron en bandadas: la nube se hizo inmensa, se hizo la tempestad, y el arroyo en un río se desbordó de súbito.
Y en medio de la selva yo tracé una cabaña, y una mujer adentro para sentirla mía: la choza se hizo pueblo, pronto, una gran ciudad, en la que busco a ciegas, a la joven perdida.
Juegos De Dormitorio
La lámpara reía a los ángeles sangrando por las narices la lámpara semejaba un cerezo (un cerezo no sé porqué) Yo abrí los brazos como quien cierra con prisa una ventana en un abrazo aprendí a nadar en un beso aprendí a vivir Yo dormía una bandada de palomas voló de súbito estas palomas provenían de un internado de hechiceras Las jovencitas en corpiño frente al espejo alucinante se habían clavado la cabeza con un pernicioso alfiler negro Pronto en palomas convertidas por este infantil acto mágico salieron volando por el cielo rumbo a mi abierto dormitorio Yo dormía como quien vive una noche para siempre la noche semejaba un alfiler (un alfiler no sé porqué)
La Casa Fantasma
Casa para vivir, casa que el hombre busca desde que el mundo es mundo, desde que el hombre es hombre, desde que el techo es cielo.
¿Es la casa este techo, es esta viga que sale afuera como un hueso puro, es la ventana para aguardar el tiempo de su vidrio?
¿Es la casa esta noche, es el ave que trina la trinidad del vidrio, es el jardín de la caverna loca, es la huella del niño que siembra la aventura a cada paso?
Desde que el mundo es canto: la aventura, desde que el hombre es viaje: la morada, desde que solo estoy: la compañía; puesto que el hombre está, como transido, siempre entre la intemperie y la muralla.
La casa está en la tierra, está como la fruta esperando que el sol nutra su cáscara, nutra su techo y lo perfume con toda la experiencia del espacio.
La casa está en el mar, llena de espumas, la casa choca y se transforma en blanca lección de cortesía: ella que fue arrecife.
La casa está en el cielo, arraigada en la nube y en el orden del loco génesis de las escalas: como un Valparaíso en miniatura ella dice el adiós, la bienvenida.
La casa sí, la casa está naciendo, misteriosa ella va, de oscura noche vestida, rumbo al día que la aclama, ella es pura, y por tanto va al cimiento, queriendo ser la casa, no el fantasma.
Ella, la casa, es pura, y por tanto se orienta a las paredes, se orienta al coro juvenil del vidrio, se orienta al subterráneo, a la techumbre.
Ella está al exterior, como nosotros, y busca su razón, como nosotros, es su propio fantasma y quiere ser la casa, en la medida que nosotros queremos habitarla.
Ella, la casa, es pura y quiere ver la criatura humana, quiere latir su corazón al ritmo del corazón del niño, y busca, busca corazones que quieran habitarla.
La casa está en su casa, casa, casa, ¡cuántas casas ausentes para el hombre, cuánta miseria atroz, cuánta intemperie, cuánta casa fantasma!
No comprende la casa su silencio, su vacío de barco abandonado, no comprende esta paz de cementerio, ¿dónde está mi habitante, se pregunta, dónde está mi habitante, se pregunta, dónde el niño sin techo del que hablaban?
La casa yace, yace sin remedio, fantasma de sí misma, yace, yace, la casa pasa por sus vidrios rotos, penetra al comedor que está hecho trizas, anida en las paredes desplomadas.
Penetra al dormitorio y se detiene, ¿quién duerme aquí?, pregunta, nadie, nadie, ni un dedal en la pieza de costura, ni un plato en la cocina abandonada.
¿Y dónde están los hombres?, no han venido, no han llegado más bien, pero a lo lejos: llegaremos, se oye, llegaremos un día hasta la casa.
Llegaremos un día, y tanta ruina de la fantasmal casa será esplendor, puesto que el hombre entonces vendrá a morarla.
Braulio Arenas (La Serena, 1913 - Santiago 1988). Poeta chileno de las vanguardias , fundador del grupo surrealista Mandrágora.
Imaginistas, futuristas, bio-cósmicos o forjadores, durante las primeras décadas del siglo XX Rusia fue un hervidero de tendencias artísticas. Sus miembros se reunían en el café el Establo de Pegaso.