/ El establo de Pegaso

martes, 8 de septiembre de 2009

Monte Saint-Michel a merced del mar

Mons Sancti Michaeli in periculo mari



El 19 de agosto nos fuimos acercando al Monte Saint-Michel, al atardecer pudimos divisarlo a lo lejos. Al día siguiente, coincidiendo con la luna nueva -sol en Leo, luna en Leo-, pudimos ver este paraje con la marea viva de conjunción. ¡Impresionante! Inmensas extensiones de arena que, unas horas después, serían cubiertas por las aguas. Durante la Edad Media lo llamaban Mons Sancti Michaeli in periculo mari, Monte San Miguel a merced del mar. El nombre no podía ser más apropiado.









domingo, 6 de septiembre de 2009

Alan Stivell, el Golfo de Morbihan, la magia de Bretaña

Música, piedras y palabra

Tras las vacaciones vuelvo a retomar el blog con la Suite des Montagnes de Alan Stivell, un músico que siempre me ha gustado mucho y muy presente durante todo mi viaje por Bretaña.



Añado una actuación de dos músicos en el puerto St. Goustan en Auray, un pueblo situado en el golfo de Morbihan, en Bretaña.




Alineamientos de Carnac




Impresionante conjunto de alineamientos megalíticos situado en las afueras del pueblo Carnak -Karnag en celta-, junto al Golfo de Morbihan. Es el monumento prehistórico más extenso del mundo. Los menhires fueron levantados durante el Neolítico en un proceso de siglos de duración, entre el 4500 y el 2500 a.C.



El druida y el niño

Retomo también una antigua entrada del blog Las Series del druida , un diálogo pedagógico entre un druida y un niño, y contiene una especie de recapitulación, en doce preguntas y doce respuestas, de las doctrinas druídicas. El alumno pide al maestro que le cante la serie de los números, desde el uno hasta el doce, para que así pueda aprenderlos.


El druida
-Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número uno, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-No hay serie del número uno: la Necesidad única, el Óbito, padre del Dolor; nada antes, nada más.
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número dos, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Dos bueyes uncidos a un caparazón. Ellos tiran, ¡qué maravilla!
No hay serie del número uno: la Necesidad única, el Óbito, padre del Dolor; nada antes, nada más.
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número tres, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Tres partes en el mundo hay, tres comienzos y tres fines, tanto para el hombre como para el roble.
Tres reinos de Merlín llenos de frutas de oro, de flores brillantes y de pequeños que ríen.
Dos bueyes uncidos a un caparazón...
No hay serie del número uno: la Necesidad única…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número cuatro, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Cuatro piedras de afilar, piedras de afilar de Merlín, que afilan las espadas de los valientes.
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número cinco, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Cinco zonas terrestres; cinco edades en la duración del tiempo, cinco peñas sobre nuestra hermana.
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número seis, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Seis niños de cera, vivificados por la energía de la luna; si tú lo ignoras, yo lo sé.
Seis plantas medicinales en el pequeño caldero; el enanito mezcla la pócima, con el dedo meñique en la boca.
Cinco zonas terrestres…
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número siete, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Siete soles y siete lunas; siete planetas, comprendida la Gallina. Siete elementos con la harina del aire (los átomos)
Seis niños de cera…
Cinco zonas terrestres…
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número ocho, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Ocho vientos que soplan; ocho fuegos con el Gran Fuego, encendidos, el mes de mayo, en la montaña de la guerra.
Ocho terneras blancas como la espuma, que pacen la hierba de la isla profunda; las ocho terneras blancas de la Señora.
Siete soles y siete lunas…
Seis niños de cera…
Cinco zonas terrestres…
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número nueve, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Nueve manitas blancas sobre la mesa de la era, cerca de la torre de Lezarmeur, y nueve madres que mucho gimen.
Nueve Korrigan que danzan con flores en el pelo y vestidas de lana blanca, alrededor de la fuente, a la luz de la luna llena.
La jabalina y sus nueve jabatos, en la puerta de su revolcadero, gruñendo y hozando, hozando y gruñendo. ¡Pequeños! ¡Corred al manzano!, el viejo jabalí os va a dar la lección.
Ocho vientos que soplan…
Siete soles y siete lunas…
Seis niños de cera…
Cinco zonas terrestres…
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número diez, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Diez navíos enemigos que han sido vistos procedentes de Nantes: ¡Ay de vosotros, hombres de Vannes!
Nueve manitas blancas …
Ocho vientos que soplan…
Siete soles y siete lunas…
Seis niños de cera…
Cinco zonas terrestres…
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número once, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Once sacerdotes armados que vienen de Vannes con las espadas quebradas. Y con la ropa ensangrentada y muletas de avellano: de trescientos sólo ellos once.
Diez navíos enemigos…
Nueve manitas blancas …
Ocho vientos que soplan…
Siete soles y siete lunas…
Seis niños de cera…
Cinco zonas terrestres…
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno…
Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?

El niño
-Cántame la serie del número doce, hasta que hoy la aprenda yo.

El druida
-Doce meses y doce signos; el penúltimo, Sagitario, dispara su flecha de un dardo provista. Los doce signos están en guerra. La buena Vaca, la Vaca Negra que lleva una estrella blanca en la frente, sale del bosque de los Despojos. En su pecho lleva el dardo de la flecha; la sangre le corre a mares. Ella muge, con la cabeza levantada.
Suena la trompa. Fuego y trueno; lluvia y viento. Trueno y fuego; nada; nada. Nada más ni serie alguna.
Once sacerdotes...
Diez navíos enemigos…
Nueve manitas blancas …
Ocho vientos que soplan…
Siete soles y siete lunas…
Seis niños de cera…
Cinco zonas terrestres…
Cuatro piedras de afilar…
Tres partes en el mundo hay…
Dos bueyes uncidos a un caparazón…
No hay serie del número uno: la Necesidad única, el Óbito, padre del Dolor; nada antes, nada más.

Este canto está recogido en uno de los capítulos del libro El Misterio Celta de Hersart de la Villemarqué, publicado por José J. de Olañeta, editor.

martes, 11 de agosto de 2009

martes, 4 de agosto de 2009

El huevo del pingüino, un poema de Alexis Figueroa

El huevo del pingüino





Contemplo la piel de un pingüino magallánico.
Fue encontrada en la playa hace ya tiempo.
El sol de atardecer teñía de púrpura sus plumas,
Que antes fueron agitadas por lloviznas.

El signo final de los libros es vacío
El signo tan redondo como tortilla voladora;
El signo blaco como un ojo de pescado;
Pulido hasta lo ebúrneo por la arena.

El símbolo furioso como un ojo de huracán,
El símbolo climático que repiten los mandala.
El símbolo es el cero;
Cual sea el ansia de los símbolos dispuestos:
El símbolo total es esa bola que la muerte
Empuja con su taco de billar.

Suma de símbolos inconclusos,
Suma de signos muy feraces,
Suma de signos tan prolíficos,
Como un bosque despertando en primavera.

Suma de símbolos que convocan la danza ritual de los lenguajes,
Y que muestran como el huevo,
En un símbolo arquetípico de vida.

Contemplo otra vez la piel de ese pingüino,
Aquella piel que me encontré sobre una playa;
Aquella piel que permitió que imaginara
Otra vez a este pingüino,
Vestido con la piel que lo cubría,
Rodeado de atributos natatorios.

Piel de pingüino sin pingüino;
Los libros de la historia encontrados en la playa de los tiempos.
Hilo de Ariadna la cominidad final de los discursos,
que nos permite vislumbrar el laberinto detrás de la metáfora.

El símbolo final de los libros es vacío,
El símbolo redondo y excentrico del huevo;
El gozoso arquetípico de la O tan femenina.

Un saludo Janet Bender,
donde estés.

Alexis Figueroa (Concepción, 1956)

ANTOLOGÍA La poesía del siglo XX en Chile. La Estafeta del Viento. Edición de Julio Espinosa Guerra.

domingo, 2 de agosto de 2009

Un poema de Jackie Kay



Lluvia torrencial

La noticia sobre nosotras se esparce como una tormenta.
De una punta a otra de nuestro pueblo.
Nos quedamos tras las cortinas
entreabiertas como capuchas; vigilamos las miradas de la otra.

Hablamos de cambiarnos al oeste,
esta zona siempre ha sido una caja de zapatos
atada con cordel; pero bueno
tu padre todavía vive en esa casa
donde recalentábamos espagueti a la boloñesa
al mediodía y bailábamos con Louis Armstrong,
su gramófono fuerte como los latidos de nuestros dos corazones
al ritmo de bum didi bum didi bum.

¿Lo sabías entonces? Yo comencé a salir con Davy;
cuando me encontraba contigo sólo decía Hola.
Metí su sonrisa de foto del metro en mi cartera
y la sacaba para enseñarla a mis amigas en el descanso.

Poco después supe que te casaste con Trevor Campbell.
Todas las noches me metía al comedor escolar
totalmente desnuda, hasta que me despertaba el Miss, Miss, Miss
minuto a minuto. Luego me topé contigo en la Cruz.

No has cambiado, dijiste; esa tranquilidad.
Ni tú tampoco; tu risa aún atraviesa la calle.
Te ubico en el pasado, radiante, hasta que
— por qué no vienes a casa, a Trevor le encantaría.

El no estaba. No sé cómo ocurrió.
No nos molestamos con un sarta de te acuerdas.
Pasé mis dedos por las cuentas en tu cabello.
Tu pelo es bonito dije tontamente, bonito, te va bien.

Nos sentamos y nos miramos hasta que nuestros ojos se llenaron
como un vaso de vino. Lo hice, aquello que
soñé un montón de veces. Te desvestí
despacio, cada prenda de vestir caía
con un suspiro. Acaricié tu piel sedosa
hasta que estábamos de vuelta en los Campamentos, bajando
las colinas corriendo bajo una lluvia torrencial,
gritando y riéndonos; totalmente empapadas.

Poema de Jackie Kay (Edimburgo,1961) tomado de Antología La Generación del Cordero. Antología de la poesía actual en las islas británicas, realizada por los escritores Carlos López Beltran y Pedro Serrano

sábado, 1 de agosto de 2009

Philip Larkin





Al mar

Sortear el pequeño muro que separa el camino
de la calzada de concreto que bordea la playa
evoca nítidamente algo conocido hace ya tiempo:
la diminuta algarabía de la orilla del mar.
Todo se agrupa bajo aquel horizonte:
la playa, el agua azul, toallas, rojos gorros de baño,
el renovado derrumbarse de las olas mansas
sobre la arena dorada y, a la distancia,
un vapor blanco clavado en el atardecer.

Y todo esto todavía ocurriendo, ocurriendo por siempre.
Yacer, comer, dormir al arrullo de la resaca.
(escuchar los receptores, aquel sonido todavía doméstico
bajo el cielo) o amablemente llevar de un lado a otro
a los indecisos niños, ornados de blanco,
aferrados al aire inmenso o conducir a los rígidos ancianos
para que disfruten su último verano,
es lo que sencillamente aún ocurre
en parte como un rito
en parte como un placer anual.

Como cuando, feliz de encontrarme libre,
buscaba Famosos del Criket en la arena,
o, mucho antes, cuando oyendo el mismo graznido marino
mis padres se conocían.
Ahora, ajeno a eso, veo la nítida escena:
El mismo agua transparente sobre los suaves guijarros.

Allá en la orilla las débiles protestas de lejanos bañistas,
y luego los cigarros baratos,
papel de estaño, hojas de té y,

entre las rocas, latas oxidadas de sopa, hasta que
las primeras familias inician el regreso hacia sus autos.
El vapor blanco ya sea ha ido. Como un cristal empañado
la luz se ha tornado lechosa. Si lo peor de un clima perfecto
es nuestro traje de baño suelto
puede ser que por hábito éste haga lo mejor,
llegar al agua desordenadamente desvestidos cada año;
enseñar a los niños mediante esa suerte de payaseo
y ayudar como se merecen a los viejos.


To the Sea

To step over the low wall that divides
Road from concrete walk above the shore
Brings sharply back something known long before
The miniature gaiety of seasides.
Everything crowds under the low horizon:
Steep beach, blue water, towels, red bathing caps,
The small hushed waves' repeated fresh collapse
Up the warm yellow sand, and further off
A white steamer stuck in the afternoon:

Still going on, all of it, still going on!
To lie, eat, sleep in hearing of the surf
(Ears to transistors, that sound tame enough
Under the sky), or gently up and down
Lead the uncertain children, frilled in white
And grasping at enormous air, or wheel
The rigid old along for them to feel
A final summer, plainly still occurs
As half an annual pleasure, half a rite,

As when, happy at being on my own,
I searched the sand for Famous Cricketers,
Or, farther back, my parents, listeners
To the same seaside quack, first became known.
Strange to it now, I watch the cloudless scene:
The same clear water over smoothed pebbles,


The distant bathers' weak protesting trebles
Down at its edge, and then the cheap cigars,
The chocolate-papers, tea-leaves, and, between

The rocks, the rusting soup-tins, till the first
Few families start the trek back to the cars.
The white steamer has gone. Like breathed-on glass
The sunlight has turned milky. If the worst
Of flawless weather is our falling short,
It may be that through habit these do best,
Coming to the water clumsily undressed
Yearly; teaching their children by a sort
Of clowning; helping the old, too, as they ought.

Philip Larkin, poema perteneciente al libro Altas Ventanas. Versión de David Miralles.

jueves, 30 de julio de 2009

Dos poemas de Márquez San Martín





Puré

Hoy que eres feliz haciendo un puré
no estoy realmente seguro que haya mucho más.

Suena Neil Young
hablando, oh, del café del Abuelo
una y otra vez
Greendale, Greendale.

Realmente, qué más podríamos escuchar?

Así, con todos los relojes a las espaldas
tendré que preguntarte:
Lo más importante del mundo, lo tienes?
Pues no hay mucho más.

Si no estás yendo hacia Acapulco
si no vas hacia Loncura
si no conoces lo que hay que conocer
por favor no te marchites
no desesperes
sal a regar las plantas
invéntate unas plantas que sacarás cuando llueva
y sonríe y llora
para reír fuerte.
Yo nunca volveré
yo nunca volveré no por creerme importante
ni por ser El Loco del Recuerdo
sino porque yo nunca volveré.
Hoy que eres feliz pelando papas
eres cariñosa hasta con las cáscaras que resbalan
impregnadas de tus manos
ya lo sé
la confianza no se compra
ya sé que la neblina es otro tipo de lluvia
y quien no te ama no merece amarte
quien te hace esperar
será derrotado en duelo por el Mundo.
Tus padrinos trasnochadores
se levantarán a la Hora Indicada
y vigilarán tras los árboles
vestidos de carcajadas.
Todo esto que digo es real
y ya ha pasado mil veces.
Nunca más nos veremos
pero esto ya ha pasado mil veces
y siempre a favor.

@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@@

Pantalones


Llegaremos a los últimos edificios, a
los últimos bosques
aunque tengamos los peores pantalones del universo.
Ellos fueron telas para las piernas
y hoy son sólo estas pronunciaciones.
Esos pantalones
eran la cojera que hace importantes a las mesas
y ese amado defecto maravilloso
nos hizo también correr
y retornar
hacia nuestros únicos amores.

Jorge Leonardo Márquez San Martín, Chile.

Blog en el rodea y circunda racionalmente la poesía