El 19 de agosto nos fuimos acercando al Monte Saint-Michel, al atardecer pudimos divisarlo a lo lejos. Al día siguiente, coincidiendo con la luna nueva -sol en Leo, luna en Leo-, pudimos ver este paraje con la marea viva de conjunción. ¡Impresionante! Inmensas extensiones de arena que, unas horas después, serían cubiertas por las aguas. Durante la Edad Media lo llamaban Mons Sancti Michaeli in periculo mari, Monte San Miguel a merced del mar. El nombre no podía ser más apropiado.
Tras las vacaciones vuelvo a retomar el blog con la Suite des Montagnes de Alan Stivell, un músico que siempre me ha gustado mucho y muy presente durante todo mi viaje por Bretaña.
Añado una actuación de dos músicos en el puerto St. Goustan en Auray, un pueblo situado en el golfo de Morbihan, en Bretaña.
Alineamientos de Carnac
Impresionante conjunto de alineamientos megalíticos situado en las afueras del pueblo Carnak -Karnag en celta-, junto al Golfo de Morbihan. Es el monumento prehistórico más extenso del mundo. Los menhires fueron levantados durante el Neolítico en un proceso de siglos de duración, entre el 4500 y el 2500 a.C.
El druida y el niño
Retomo también una antigua entrada del blog Las Series del druida , un diálogo pedagógico entre un druida y un niño, y contiene una especie de recapitulación, en doce preguntas y doce respuestas, de las doctrinas druídicas. El alumno pide al maestro que le cante la serie de los números, desde el uno hasta el doce, para que así pueda aprenderlos.
El druida -Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número uno, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -No hay serie del número uno: la Necesidad única, el Óbito, padre del Dolor; nada antes, nada más. Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número dos, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Dos bueyes uncidos a un caparazón. Ellos tiran, ¡qué maravilla! No hay serie del número uno: la Necesidad única, el Óbito, padre del Dolor; nada antes, nada más. Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número tres, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Tres partes en el mundo hay, tres comienzos y tres fines, tanto para el hombre como para el roble. Tres reinos de Merlín llenos de frutas de oro, de flores brillantes y de pequeños que ríen. Dos bueyes uncidos a un caparazón... No hay serie del número uno: la Necesidad única… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número cuatro, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Cuatro piedras de afilar, piedras de afilar de Merlín, que afilan las espadas de los valientes. Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número cinco, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Cinco zonas terrestres; cinco edades en la duración del tiempo, cinco peñas sobre nuestra hermana. Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número seis, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Seis niños de cera, vivificados por la energía de la luna; si tú lo ignoras, yo lo sé. Seis plantas medicinales en el pequeño caldero; el enanito mezcla la pócima, con el dedo meñique en la boca. Cinco zonas terrestres… Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número siete, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Siete soles y siete lunas; siete planetas, comprendida la Gallina. Siete elementos con la harina del aire (los átomos) Seis niños de cera… Cinco zonas terrestres… Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número ocho, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Ocho vientos que soplan; ocho fuegos con el Gran Fuego, encendidos, el mes de mayo, en la montaña de la guerra. Ocho terneras blancas como la espuma, que pacen la hierba de la isla profunda; las ocho terneras blancas de la Señora. Siete soles y siete lunas… Seis niños de cera… Cinco zonas terrestres… Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número nueve, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Nueve manitas blancas sobre la mesa de la era, cerca de la torre de Lezarmeur, y nueve madres que mucho gimen. Nueve Korrigan que danzan con flores en el pelo y vestidas de lana blanca, alrededor de la fuente, a la luz de la luna llena. La jabalina y sus nueve jabatos, en la puerta de su revolcadero, gruñendo y hozando, hozando y gruñendo. ¡Pequeños! ¡Corred al manzano!, el viejo jabalí os va a dar la lección. Ocho vientos que soplan… Siete soles y siete lunas… Seis niños de cera… Cinco zonas terrestres… Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número diez, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Diez navíos enemigos que han sido vistos procedentes de Nantes: ¡Ay de vosotros, hombres de Vannes! Nueve manitas blancas … Ocho vientos que soplan… Siete soles y siete lunas… Seis niños de cera… Cinco zonas terrestres… Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número once, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Once sacerdotes armados que vienen de Vannes con las espadas quebradas. Y con la ropa ensangrentada y muletas de avellano: de trescientos sólo ellos once. Diez navíos enemigos… Nueve manitas blancas … Ocho vientos que soplan… Siete soles y siete lunas… Seis niños de cera… Cinco zonas terrestres… Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno… Despacito, buen hijo del druida; contéstame, despacito, ¿qué quieres que te cante?
El niño -Cántame la serie del número doce, hasta que hoy la aprenda yo.
El druida -Doce meses y doce signos; el penúltimo, Sagitario, dispara su flecha de un dardo provista. Los doce signos están en guerra. La buena Vaca, la Vaca Negra que lleva una estrella blanca en la frente, sale del bosque de los Despojos. En su pecho lleva el dardo de la flecha; la sangre le corre a mares. Ella muge, con la cabeza levantada. Suena la trompa. Fuego y trueno; lluvia y viento. Trueno y fuego; nada; nada. Nada más ni serie alguna. Once sacerdotes... Diez navíos enemigos… Nueve manitas blancas … Ocho vientos que soplan… Siete soles y siete lunas… Seis niños de cera… Cinco zonas terrestres… Cuatro piedras de afilar… Tres partes en el mundo hay… Dos bueyes uncidos a un caparazón… No hay serie del número uno: la Necesidad única, el Óbito, padre del Dolor; nada antes, nada más.
Este canto está recogido en uno de los capítulos del libro El Misterio Celta de Hersart de la Villemarqué, publicado por José J. de Olañeta, editor.
Contemplo la piel de un pingüino magallánico. Fue encontrada en la playa hace ya tiempo. El sol de atardecer teñía de púrpura sus plumas, Que antes fueron agitadas por lloviznas.
El signo final de los libros es vacío El signo tan redondo como tortilla voladora; El signo blaco como un ojo de pescado; Pulido hasta lo ebúrneo por la arena.
El símbolo furioso como un ojo de huracán, El símbolo climático que repiten los mandala. El símbolo es el cero; Cual sea el ansia de los símbolos dispuestos: El símbolo total es esa bola que la muerte Empuja con su taco de billar.
Suma de símbolos inconclusos, Suma de signos muy feraces, Suma de signos tan prolíficos, Como un bosque despertando en primavera.
Suma de símbolos que convocan la danza ritual de los lenguajes, Y que muestran como el huevo, En un símbolo arquetípico de vida.
Contemplo otra vez la piel de ese pingüino, Aquella piel que me encontré sobre una playa; Aquella piel que permitió que imaginara Otra vez a este pingüino, Vestido con la piel que lo cubría, Rodeado de atributos natatorios.
Piel de pingüino sin pingüino; Los libros de la historia encontrados en la playa de los tiempos. Hilo de Ariadna la cominidad final de los discursos, que nos permite vislumbrar el laberinto detrás de la metáfora.
El símbolo final de los libros es vacío, El símbolo redondo y excentrico del huevo; El gozoso arquetípico de la O tan femenina.
La noticia sobre nosotras se esparce como una tormenta. De una punta a otra de nuestro pueblo. Nos quedamos tras las cortinas entreabiertas como capuchas; vigilamos las miradas de la otra.
Hablamos de cambiarnos al oeste, esta zona siempre ha sido una caja de zapatos atada con cordel; pero bueno tu padre todavía vive en esa casa donde recalentábamos espagueti a la boloñesa al mediodía y bailábamos con Louis Armstrong, su gramófono fuerte como los latidos de nuestros dos corazones al ritmo de bum didi bum didi bum.
¿Lo sabías entonces? Yo comencé a salir con Davy; cuando me encontraba contigo sólo decía Hola. Metí su sonrisa de foto del metro en mi cartera y la sacaba para enseñarla a mis amigas en el descanso.
Poco después supe que te casaste con Trevor Campbell. Todas las noches me metía al comedor escolar totalmente desnuda, hasta que me despertaba el Miss, Miss, Miss minuto a minuto. Luego me topé contigo en la Cruz.
No has cambiado, dijiste; esa tranquilidad. Ni tú tampoco; tu risa aún atraviesa la calle. Te ubico en el pasado, radiante, hasta que — por qué no vienes a casa, a Trevor le encantaría.
El no estaba. No sé cómo ocurrió. No nos molestamos con un sarta de te acuerdas. Pasé mis dedos por las cuentas en tu cabello. Tu pelo es bonito dije tontamente, bonito, te va bien.
Nos sentamos y nos miramos hasta que nuestros ojos se llenaron como un vaso de vino. Lo hice, aquello que soñé un montón de veces. Te desvestí despacio, cada prenda de vestir caía con un suspiro. Acaricié tu piel sedosa hasta que estábamos de vuelta en los Campamentos, bajando las colinas corriendo bajo una lluvia torrencial, gritando y riéndonos; totalmente empapadas.
Sortear el pequeño muro que separa el camino de la calzada de concreto que bordea la playa evoca nítidamente algo conocido hace ya tiempo: la diminuta algarabía de la orilla del mar. Todo se agrupa bajo aquel horizonte: la playa, el agua azul, toallas, rojos gorros de baño, el renovado derrumbarse de las olas mansas sobre la arena dorada y, a la distancia, un vapor blanco clavado en el atardecer.
Y todo esto todavía ocurriendo, ocurriendo por siempre. Yacer, comer, dormir al arrullo de la resaca. (escuchar los receptores, aquel sonido todavía doméstico bajo el cielo) o amablemente llevar de un lado a otro a los indecisos niños, ornados de blanco, aferrados al aire inmenso o conducir a los rígidos ancianos para que disfruten su último verano, es lo que sencillamente aún ocurre en parte como un rito en parte como un placer anual.
Como cuando, feliz de encontrarme libre, buscaba Famosos del Criket en la arena, o, mucho antes, cuando oyendo el mismo graznido marino mis padres se conocían. Ahora, ajeno a eso, veo la nítida escena: El mismo agua transparente sobre los suaves guijarros.
Allá en la orilla las débiles protestas de lejanos bañistas, y luego los cigarros baratos, papel de estaño, hojas de té y,
entre las rocas, latas oxidadas de sopa, hasta que las primeras familias inician el regreso hacia sus autos. El vapor blanco ya sea ha ido. Como un cristal empañado la luz se ha tornado lechosa. Si lo peor de un clima perfecto es nuestro traje de baño suelto puede ser que por hábito éste haga lo mejor, llegar al agua desordenadamente desvestidos cada año; enseñar a los niños mediante esa suerte de payaseo y ayudar como se merecen a los viejos.
To the Sea
To step over the low wall that divides Road from concrete walk above the shore Brings sharply back something known long before The miniature gaiety of seasides. Everything crowds under the low horizon: Steep beach, blue water, towels, red bathing caps, The small hushed waves' repeated fresh collapse Up the warm yellow sand, and further off A white steamer stuck in the afternoon:
Still going on, all of it, still going on! To lie, eat, sleep in hearing of the surf (Ears to transistors, that sound tame enough Under the sky), or gently up and down Lead the uncertain children, frilled in white And grasping at enormous air, or wheel The rigid old along for them to feel A final summer, plainly still occurs As half an annual pleasure, half a rite,
As when, happy at being on my own, I searched the sand for Famous Cricketers, Or, farther back, my parents, listeners To the same seaside quack, first became known. Strange to it now, I watch the cloudless scene: The same clear water over smoothed pebbles,
The distant bathers' weak protesting trebles Down at its edge, and then the cheap cigars, The chocolate-papers, tea-leaves, and, between
The rocks, the rusting soup-tins, till the first Few families start the trek back to the cars. The white steamer has gone. Like breathed-on glass The sunlight has turned milky. If the worst Of flawless weather is our falling short, It may be that through habit these do best, Coming to the water clumsily undressed Yearly; teaching their children by a sort Of clowning; helping the old, too, as they ought.
Philip Larkin, poema perteneciente al libro Altas Ventanas. Versión de David Miralles.
Hoy que eres feliz haciendo un puré no estoy realmente seguro que haya mucho más.
Suena Neil Young hablando, oh, del café del Abuelo una y otra vez Greendale, Greendale.
Realmente, qué más podríamos escuchar?
Así, con todos los relojes a las espaldas tendré que preguntarte: Lo más importante del mundo, lo tienes? Pues no hay mucho más.
Si no estás yendo hacia Acapulco si no vas hacia Loncura si no conoces lo que hay que conocer por favor no te marchites no desesperes sal a regar las plantas invéntate unas plantas que sacarás cuando llueva y sonríe y llora para reír fuerte. Yo nunca volveré yo nunca volveré no por creerme importante ni por ser El Loco del Recuerdo sino porque yo nunca volveré. Hoy que eres feliz pelando papas eres cariñosa hasta con las cáscaras que resbalan impregnadas de tus manos ya lo sé la confianza no se compra ya sé que la neblina es otro tipo de lluvia y quien no te ama no merece amarte quien te hace esperar será derrotado en duelo por el Mundo. Tus padrinos trasnochadores se levantarán a la Hora Indicada y vigilarán tras los árboles vestidos de carcajadas. Todo esto que digo es real y ya ha pasado mil veces. Nunca más nos veremos pero esto ya ha pasado mil veces y siempre a favor.
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Pantalones
Llegaremos a los últimos edificios, a los últimos bosques aunque tengamos los peores pantalones del universo. Ellos fueron telas para las piernas y hoy son sólo estas pronunciaciones. Esos pantalones eran la cojera que hace importantes a las mesas y ese amado defecto maravilloso nos hizo también correr y retornar hacia nuestros únicos amores.
Imaginistas, futuristas, bio-cósmicos o forjadores, durante las primeras décadas del siglo XX Rusia fue un hervidero de tendencias artísticas. Sus miembros se reunían en el café el Establo de Pegaso.